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Opinión

  • | 1994/05/16 00:00

    EL CRUCIFICADO GUSTAVO DE GREIFF

    De Greiff no es penalista, y es probable que a ello se deba el error que cometió en el caso de la carta a la `Quica'

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CORRIA 1989, Y LA MINISTRA DE JUSticia, Mónica de Greiff, acababa de ser sentenciada por el cartel. Fuí en busca de su padre, el entonces anónimo consejero de Estado, Gustavo de Greiff, para preguntarle sobre la posibilidad de que su hija, como se rumoraba, renunciara a su cargo. Me sorprendió, y aún me sorprende, la firmeza con la que ese padre respondió sobre el riesgo que corría la vida de su hija, sentado frente a un modesto escritorio típico de la justicia colombiana, y con su clásica pipa en la boca: "Mónica no puede renunciar, así la maten".
Ese mismo hombre es el hoy Fiscal General de la Nación, hace dos años el 'Superman' de la justicia, pero que hoy se ha convertido para el gobierno en el hombre -cuya torpeza verbal y jurídica está abortando las relaciones de Estados Unidos con Colombia. La caída en desgracia de De Greiff con Estados Unidos, y, en consecuencia, con el gobierno Gaviria, en momentos en que el apoyo estadounidense a las aspiraciones del Presidente a la secretaría de la OEA era cuestión de vida o muerte, comenzó con una conferencia en una Universidad de EE.UU. En ella, De Greiff, una de cuyas funciones es proponer políticas criminalísticas, dijo algo que muchos colombianos pensamos: que la guerra contra el narcotráfico, tal y como estáplanteada, fracasó. Que es inútil seguir atacando el frente de la producción y tráfico de drogas, y no el del consumo. Que en el mundo siguen aumentando los cultivos de coca, que hay pocos narcos en la cárcel y muchos en la calle, desconocidos aún por los organismos de inteligencia. Que hay poca interdicción sobre cargamentos de droga y narcodólares. Y que después de la muerte de los dos grandes capos de la droga colombiana, el mercado continúa intacto. Datos que confirma un estudio -el más respetable del tema- de la Universidad de Michigan, según el cual el consumo de drogas en EE.UU ha aumentado considerablemente en el caso de la marihuana, y significativamente en el caso de la cocaína y de la heroína.
La entrevista del Fiscal terminó en la misma conclusión que abandera hace años el Nobel de economía estadounidense Milton Friedman, y, más recientemente (la semana pasada), la Surgeon General estadounidense Joycelyn Elders (la ministra de Salud gringa). Pero más sorprendente aún, la entrevista del fiscal De Greiff con la TV gringa terminó con la misma conclusión que expuso en su sermón dominical el reverendo Walter Shropshire Jr., de la Iglesia Metodista de Washington, adonde Clinton asistió a misa hace dos domingos, para encontrarse con la incómoda sorpresa de que el reverendo compartía la tesis esgrimida por el Fiscal colombiano, que tanto daño les ha causado a las relaciones colombo-estadounidenses: la conclusión de que contra el narcotráfico hay que estudiar otras fórmulas de combate, entre ellas la posibilidad de que algún día se podría legalizar el tráfico de drogas, porque no existe otra manera en el mundo de atacar el poder económico del narcotráfico. En este punto de los acontecimientos, no he leído que Clinton haya dejado de ir a misa. Pero sí he léído, y con insistencia, que EE.UU ya no cree, como no creía antes, en la lucha de Colombia contra el narcotráfico. A partir de estas declaraciones de De Greiff, y en plena campaña de Gaviria por la OEA, vino a sumarse el proceso de sometimiento del cartel de Cali, con unas reglas de juego provenientes de un Código de Procedimiento Penal que el presidente Gaviria, hace una semana, expresó públicamente que había que reformar por la aparente blandura de sus sanciones. Hace solamente cuatro meses el propio Presidente había sancionado el mismo código, calcado de una valiente y a la vez osada fórmula de sometimiento a la justicia basada en un sistema de rebaja de penas regido por la delación. insDirado nor demás en el sistema estadounidense. Ahora al gobierno, en particular, le preocupa que De Greiff aplique el código, porque "los de Cali" pueden terminar recibiendo una pena relativamente flexible, lo que aumentaría el complejo de culpa internacional que tiene vivo el gobierno colombiano por la flexibilidad con la que Pablo Escobar alcanzó a vivir en la cárcel de La Catedral.
Finalmente vino a jugar contra De Greiff la carta "a favor" de 'La Quica'. Un hombre que prefiere ver muerta, antes que renunciada, a la Ministra de Justicia, su hija, es un hombre aue también es capaz de reconocer que uno de los peores delincuentes que ha tenido Colombia es inocente por lo menos en uno de los múltiples delitos que se le achacan. De Greiff no es penalista, y como algunos otros errores que ha cometido en su gestión, en este caso cometió uno evidente: entregarle una constancia al abogado de 'La Quica' sobre la falta de evidencia de su vinculación en el caso del atentado contra el avión de Avianca (a lo que estaba obligado en virtud del derecho de petición, que consagra la ley colombiana, y en virtud de la verdad probatoria que le constaba), solo que le añadió un pequeño editorial que confundió su deber jurídico con una especie de intención de "abogar" por 'La Quica'. ¿Grave equivocación? Sí. Y quizá hay otras muchas, como se equivocan en este país desde el Presidente para abajo.
Este hombre, para muchos terco, vanidoso, obsesivo, poderosísimo y a veces arrogante, es un ciudadano a prueba de toda sospecha. Y esa, para mí, sigue siendo la mejor garantía de un Fiscal General de la Nación. -
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