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Opinión

  • | 2003/06/01 00:00

    El debate

    'En el mejor de los casos' Londoño fue un avivato que aprovechó la intención chueca de otros para hacerse a una fortuna

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Gustavo Orjuela Hidalgo, profesor que fuera de Fernando Londoño y de este columnista, nos repetía en sus clases que "decir la verdad es la versión más simple". Pues luego de nueve horas de discursos, actas, certificados, encuestas y editoriales, la explicación más simple sigue siendo la verdad.

Y la verdad no es nada misteriosa. El doctor Londoño ha sido abogado del industrial José Urbina desde hace años y en varias empresas. Una de ellas era Invercolsa, holding creado en 1990 como simple titular de acciones en varias distribuidoras de gas, mientras Urbina y Ecopetrol resolvían sus diferencias. Ecopetrol tenía el 52 por ciento de Invercolsa, Urbina tenía cerca del 35 por ciento y Londoño estaba a cargo de liquidar el holding. En 1996, Ecopetrol decide salir del negocio, pero lo hace de modo que sea una ganga y que la ganga beneficie a un "cacao": las acciones se valoran en 40 por ciento del precio real, a sabiendas de que la ley exige que se vendan a un solo comprador. Pero la ley también manda que el negocio se ofrezca antes a los trabajadores, por aquello de "democratizar la propiedad". Entonces el "empleado" Londoño, cuyo patrimonio era de 332.000 dólares, compra el 20 por ciento de las acciones con un préstamo de nueve y medio millones de dólares del Banco del Pacífico, donde él y Urbina son codirectores.

Más claro no canta un gallo: Londoño se le atravesó a un "cacao" (dice él que a Luis Carlos Sarmiento) y compró acciones que valían 15.000 millones de pesos más de lo que pagó por ellas. En el mejor de los casos, fue un avivato que aprovechó la intención chueca de otros para hacerse a una fortuna, que abusó de información privilegiada (sobre las verdaderas finanzas de la empresa) y que torció el espíritu de una ley pensada para el conjunto de los trabajadores, no para que el gerente se alzara con la empresa.

En un país de avivatos, esas cosas de pronto pasarían como "un buen negocio". Pero quienquiera tenga el sentido de lo público sabe bien que a Londoño le obligaba una cosa muy distinta: enjuiciar a los presuntos timadores (él, que sabe tanto derecho), armar un escándalo (él, con tanto acceso a los medios), hacer subir así el precio de las acciones (él, como representante de Invercolsa) y lograr que Ecopetrol recibiera su dinero (él, como ciudadano -y ciudadano prominente-).

Eso en el mejor de los casos, porque la otra hipótesis que casaría con los hechos es todavía peor: el doctor Londoño habría puesto su nombre para que un ricachón le saliera adelante al otro ricachón. No me consta ni es mi oficio averiguarlo; pero suena raro que a uno le presten 30 veces su patrimonio, y raro suena que uno entregue las acciones al Banco que le hizo el préstamo para que éste a su vez se las entregue a una firma panameña sin dueño conocido.

En cualquiera de los dos casos, los demás pasos de Londoño apuntan, no a un jurista, sino a un rábula que camina por el filo de la ley. Primero, lo de "trabajador" de Invercolsa, que era hechizo a ojos vistas y que claro, le tumbaron el juez y el Tribunal Superior de Bogotá. Segundo, haber excedido en 40 veces el tope de compra que tendría como empleado 46 míseros millones de pesos). Tercero, transferir las acciones al Banco del Pacífico cuando ellas ya tenían medida cautelar. Cuarto, no dejarse notificar en nueve ocasiones. Quinto, asistir a reuniones de Invercolsa después de ser Ministro. Sexto, presionar el reparto de utilidades y del dinero en caja de Invercolsa, por si las moscas y cuando el juez lo había prohibido.

Pero digamos que esas sean cosillas de abogado recursivo. Quedaría faltando el abecé: Fernando Londoño no ha debido ser ministro mientras hubiera pleito con Ecopetrol. Sencillo: su sola presencia en el alto gobierno limita la autonomía de la empresa o se presta a que el país así lo crea -lo que viene a ser idéntico-. Esta misma semana Ecopetrol rechazó la oferta de Londoño; supongo que para bien, pero ¿cómo sabemos si influyó el temor de las habladurías?

Ahora, en todo caso, sigue el pleito. Y si Londoño pierde -como debe perder- vendrá un dilema de padre y señor mío: o la firma panameña devuelve las acciones -o sea, admite que Londoño fue un firmón- o las devuelve a través de Londoño -o sea que el Ministro recibe una fortuna de una firma extranjera-.

A Londoño, según dicen, le fue bien en el debate. Yo me pregunto cómo le habrá ido en el examen con Gustavo Orjuela Hidalgo.
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