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Opinión

  • | 2002/11/10 00:00

    El dimorfismo sexual colombiano

    Hablo de las mujeres que pasan, las que van en bus, las que hacen fila en el banco... Qué cosa. Este es el reino de las mujeres bonitas y los hombres horribles

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Voy a exponer una tesis vagamente racista y sexista. Les ruego que se precipiten a pasar esta página si son hipersensibles a pecados de este tipo. Ya lo dije, quedan advertidos. No es ni siquiera una tesis, es más bien una observación casi casual para la que no tengo pruebas científicas. Ni siquiera estadísticas. Antes de exponerla les voy a recordar qué es, según los biólogos, el dimorfismo sexual. Este se verifica en casi todas las especies, ya sean mamíferos, aves, insectos o reptiles: los machos no son iguales a las hembras ni en tamaño, ni en vistosidad, ni en esa otra noción tan humana y tan vaga que llamamos belleza. Un caso célebre es el del pavo real: el macho carga con una cola que casi no lo deja ni moverse; la pava tiene una colita coqueta pero insignificante comparada con la de su consorte. Los toros también son bastante más grandes y pesados que las vacas, y los leones terrestres y marinos, más grandotes que las leonas marinas y terrestres. No siempre el dimorfismo enaltece a los machos: entre las hienas las hembras son más fuertes y dirigen la manada; hay una especie de peces en la que la hembra mide dos metros y pesa 100 kilos, mientras el macho es del tamaño del dedo meñique de un niño. Los evolucionistas sostienen que estas diferencias tienen que ver con la disponibilidad que haya de uno u otro género, con lo promiscuas o castas que sean las hembras, y con lo cornudos o prepotentes que sean los machos.

Digamos que los humanos, en la clase de los mamíferos, presentan un dimorfismo sexual bastante moderado. Somos como los caballos: casi iguales en alzada y pelambre. Nadie niega, eso sí, que las mujeres, en promedio, son un tris más chiquitas que los hombres. También en promedio -porque de todo hay en la viña del Señor- los machos humanos tienen más vello, más masa muscular y más barbas que las hembras. Pero no es este obvio dimorfismo sexual el que quiero señalar. El dimorfismo que me interesa es el más humano de todos, el estético.

Seguramente ustedes habrán notado que hay países que se caracterizan por producir bellezas, en mayor número, de uno u otro sexo. Sé de muchas mujeres que se enloquecen en Italia y Argentina, por lo apuestos que les parecen los varones; allá las mujeres son más feas que los hombres. También sé que muchos hombres se enloquecen en Hungría y en la República Checa por la belleza inaudita de las mujeres de allá; en el centro de Europa los hombres son más feos que las mujeres. Sin ánimo de ofender a nadie, y hablando de promedios, un paseo por las calles de Lima o de Ciudad de México deja en los machos de cualquier otra latitud una honda sensación de sosiego sexual: las mujeres son tan feas que no despiertan malos pensamientos; los hombres, son mejorcitos. El caso étnico más extraño se da en la provincia de Yinchuán, en el norte de la China, donde, según el lógico y sinólogo Juan Vélez, los hombres son más feos que las mujeres y las mujeres más feas que los hombres, siempre, en una espiral infinita.

Pero vengamos a Colombia, y a mi tesis. Sostengo que en Colombia el dimorfismo sexual estético favorece, de lejos, por mucho, por kilómetros, a las mujeres. No he visto un país con tantos tipos feos, desagradables, flacuchentos, desabridos, toscos, bigotuditos, habladores de fútbol, entecos, contrahechos, borrachos, pobretones, haraganes, raquíticos, sosos, incultos, al lado de semejante desfile continuo de mujeres bonitas. No crean que escribo esto por las divas de la televisión; a mí esas peladas me parecen apenas bonitejitas y pendejitas. Hablo de las mujeres normales que pasan por la calle, las que van en el bus, las que hacen fila en el banco, las que pasan a toda debajo de un paraguas, las que están en este momento comiendo en el restaurante en compañía de algún macho-renacuajo colombiano. Qué cosa. Este es el reino de las mujeres bonitas y de los hombres horribles. Basta comparar dos grupos de jóvenes exitosos: las reinas de Cartagena y la Selección Colombia de fútbol. Son la representación estadística precisa del país: hay un buen mozo por cada 20 feos y una fea por cada 20 bonitas. Y eso por no mencionar el Congreso de la República: la mayor concentración planetaria de sapos humanoides por metro cuadrado.

Este país es tan terrible, entre otras cosas, por la pavorosa escasez de varones que valgan la pena desde un punto de vista ético y estético. Las mujeres, lindísimas, responsables, buenas (en todos los sentidos de la palabra), saben que no hay de qué hacer un caldo. Qué escasez. Y de ahí que vivan a los codazos disputándose los pocos machos que en Colombia han sido. Poquiticos. En el reino animal, cuando los machos crecen, se adornan y se aliñan mucho (tipo el pavo real), estos excesos corresponden a una lucha feroz por las pocas hembras. De ahí que no sea raro que, al revés, las mujeres colombianas sean tan majestuosas, tan despampanantes, incluso tan operadas (se mandan a hacer colas de pavorreal artificiales en el pecho, en los labios y en las nalgas): para poder competir por los pocos hombres decentes que hay en el mercado. A los jóvenes los matan en la guerra o en atracos. Otro porcentaje alto son viejos, gays o casados. Queda un grupito de nada, en el que la mayoría son feos, feítos, feúchos. Cómo estará la patria que para los desfiles y las telenovelas, en el caso de los hombres, nos toca importar modelos y galanes porque aquí de eso no existe.
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