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Columna de opinión Marc Eichmann
Columna de opinión Marc Eichmann - Foto: Cortesía

El discurso Prozac

Es hora de que nuestro discurso cambie desde lo profundo. Tenemos que empezar a creer que somos los forjadores de nuestro destino, que como sociedad nos podemos movilizar para solucionar nuestros problemas.

Por: Marc Eichmann

El discurso de Petro en las Naciones Unidas nos hizo sentir bien. La comparación entre el agua de nuestros ríos contaminados por el glifosato y la sangre que ha causado la guerra contra la planta amazónica ancestral de la coca retumba en nuestras mentes recordando la deuda histórica que tiene el norte consumista, nazi y degollador con nuestra nación de mariposas amarillas, pulmón de vida y de nuestra selva amazónica que absorbe callada los excesos del mundo desarrollado.

A causa de ese norte plástico, de esas sociedades fracasadas y sin amor, Colombia hoy en día explota y exporta los venenos del mundo, el petróleo y el carbón, que lejos de generar electricidad y movilizar a la gente son la razón primordial de la extinción de la especie humana. El calentamiento global destructor de la humanidad, generado por la insaciable hambre del capital y las ganancias, se cierne sobre nuestras cordilleras y nuestros océanos, nuestros valles y planicies.

Existe una deuda histórica…

Aguante un momento, paremos ahí por un rato, reflexionemos.

¿No les llega un fresco y no los hace sentir bien desechar de nuestra conciencia cualquier culpabilidad sobre nuestra realidad? ¿No se identifican con un cuerpo virginal que está siendo atacado por los malignos poderes foráneos? ¿No es agradable ver cómo el discurso nos desprende de cualquier responsabilidad en la génesis de los lazos de sangre que pervierten nuestra nación?

La prosa de nuestro presidente nos tranquiliza la conciencia, como un Prozac que adormece el pecado que queremos evitar ver. Con él ya no tenemos el yugo de la responsabilidad de actuar para mejorar nuestra realidad, solo el imperio del mal puede mejorar nuestro diario vivir, moderando sus prácticas clientelistas y sus cuentas bancarias.

Dice Serrat en una de sus canciones, con lucidez destacable, que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Como olvidar que los colombianos como nación hemos sido violentos desde hace más de un siglo. Las guerras civiles internas entre liberales y conservadores no fueron causadas por las mafias del poder foráneo, sino por nosotros mismos. El conflicto interno en que miles de guerrilleros y paramilitares asesinaron masivamente compatriotas, ejercieron poder territorial fuera de la ley, secuestraron, reclutaron niños y niñas que de paso violaban, tampoco fueron causados por el capital y el dinero externo. Fuimos nosotros como pueblo, con nuestros dirigentes, nuestra clase política y nuestra cultura, los que definimos en grandísima parte nuestra realidad violenta y fallida.

Somos nosotros, los colombianos, los que tenemos un sistema educativo mediocre que requiere intervenciones decisivas para que los profesores se puedan medir y recompensar. Somos nosotros, los colombianos, los que tenemos implementada una justicia inoperante que se demora décadas en solucionar los conflictos. Somos nosotros, los colombianos, los que tenemos un congreso clientelista cuya mayoría de miembros, como los elegidos por el Partido Conservador, solo buscan participar del presupuesto. Somos nosotros, los colombianos, los que hemos sido incapaces de construir una infraestructura productiva que nos dé un mejor nivel de vida. Somos nosotros, los colombianos, los que permitimos que nuestro territorio esté plagado de mafias del narcotráfico, la minería ilegal, la pobreza y la desigualdad.

El diagnóstico plasmado en el discurso del Prozac es en gran parte una profecía autocumplida. Echarles la culpa a jugadores y factores que no controlamos y no nos pertenecen, se siente bien, pero cohíbe que actuemos para mejorar nuestra realidad. ¿Para qué intentar mejorar la justicia, la educación y la desigualdad si todo depende del imperio del norte? ¿Para qué emprender la creación de empresas, educar, construir infraestructura, generar empleo si la causa de nuestra desgracia es externa y nuestros esfuerzos serían estériles?

Es hora de que nuestro discurso cambie desde lo profundo. Tenemos que empezar a creer que somos los forjadores de nuestro destino, que como sociedad nos podemos movilizar para solucionar nuestros problemas. Seguir esquivando nuestra responsabilidad individual y colectiva en la mejora de nuestras condiciones es el peor error que podemos cometer. Soltemos el Prozac y empecemos a meterle ritalina a la solución de nuestros problemas. Creemos empresas, demos empleo, garanticemos una justicia ágil, ayudemos y obliguemos a nuestros maestros a elevar el nivel educativo, construyamos infraestructura, limpiemos nuestro corrupto sistema político. Solo así cambiará nuestra realidad. Todo lo demás son disculpas que nos impiden empoderarnos y actuar.