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El dueño del balón

La discusión se debe centrar en cómo aumentar el gasto público en el ámbito nacional y local, para proteger empleos y crear nuevos cargos que aumenten la demanda.


Por: Juan Ricardo Ortega

En 1933, las Fuerzas Armadas estadounidenses asumieron la gestión del Cuerpo Civil de Conservación, un programa emblemático de Franklin D. Roosevelt para emplear jóvenes en la construcción de obras civiles durante la Gran Depresión. La disciplina, entrenamiento y valores con los que los militares formaron a esos jóvenes fueron trascendentales para rehacer sus quebrantadas vidas. Douglas MacArthur, futuro comandante supremo de las fuerzas aliadas de ocupación en el Japón –y posterior arquitecto de su renacer–, fue el artífice de esta estrategia. Oficiales –como George C. Marshall– lideraron la preparación y el manejo de civiles para la construcción de infraestructura pública en Estados Unidos. Esta experiencia fue la semilla del Plan Marshall, que sirvió para reconstruir Europa en la posguerra y dio origen a la Ocde.

Vuelvo a la Gran Depresión porque las políticas públicas que ayudaron a sacarlos de la crisis siguen siendo relevantes. Japón logró salir finalmente de su estancamiento en los noventa, cuando aumentó el gasto público. Le tomó diez años entender que bajas tasas de interés y crédito a empresas, que ya estaban muy endeudadas, no resuelven el problema. Porque cuando la deuda se eleva demasiado, no hay inversión, y eso contrae aún más la demanda. Y la caja de las empresas se destina en su totalidad a prepagar la deuda.

Por esto, la discusión se debe centrar en cómo aumentar el gasto público en el ámbito nacional y local, para proteger empleos y crear nuevos cargos que aumenten la demanda. El crédito, aunque cuente con garantías importantes, no tiene cómo generar suficiente palanca para que la economía salga del hueco. Los niveles de endeudamiento ya son altos. Unas 1.600 empresas de las 5.000 más grandes del país tienen, en promedio, deudas por encima del 89 por ciento de sus activos. Pasivos que suman ya 180 billones de pesos, por lo que cualquier cesación de pagos puede quebrar a mucha otra gente. Los bancos son un canal esencial para poder atender masivamente a mucha gente, su colaboración es necesaria en el diseño de cualquier paquete que funcione, pero sus clientes, en particular pymes y microempresas, no aguantan deuda. Y su concentrada cartera depende de las 5.000 empresas más grandes, que representan el 85 por ciento de todo el crédito al sector privado.

Estamos ante un desastre natural; como cuando ocurre un deslave o un terremoto, solo el Estado y su capacidad de cobrar impuestos a generaciones futuras pueden hacerle frente a esto. Con el agravante de que el consumo seguirá estancado por una mezcla de desempleo, miedo al virus, incertidumbre y pérdida de riqueza. Todos gastaremos muchos menos. En la Gran Depresión se esfumó el 50 por ciento de la demanda. En Colombia, tan solo los costos de la cuarentena van a rondar por los 60 a 90 billones de pesos en menor consumo en peluquerías, restaurantes, cines, turismo, etcétera. Desangre que en algunos sectores va a continuar indistintamente de los esfuerzos que se hagan. Los cruceros en Cartagena no volverán por años; restaurantes y bares abrirán de últimos, y su capacidad quedará restringida por muchos meses; las ventas de automóviles y viviendas se contraerán; los joyeros y vendedores de bienes de lujo atravesarán su peor año. Esta contracción en la demanda y pérdida en el valor de activos va a dejar a muchas empresas bajo el agua, por lo que pensar en créditos distintos a tolerar que los existentes se refinancien una y otra vez sin castigos no va a crear valor.

Sectores con gran impacto en el empleo, como la construcción, ya llegan a esta crisis bastante endeudados; 161 de sus más grandes empresas tienen pasivos por más del 86 por ciento de sus activos (23 billones). La contracción de la demanda no tiene cómo frenarla el sistema financiero. Solo el Estado puede evitar una espiral contraccionista como la de la Gran Depresión.

Créditos a tasa real cero, condonables en algún monto, pueden ayudar a defender empleos y proteger a las más sanas pymes y microempresas; pero esto no va a ser suficiente. Como en Japón, algún programa de obras públicas intensivas en empleo va a ser necesario. Los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDETS) son una buena alternativa, en particular, las inversiones en carreteras terciarias que las comunidades han determinado ya de forma participativa. Estas son inversiones necesarias y urgentes –intensivas en mano de obra– en todo el país, con importantes externalidades positivas. El agro mejoraría su acceso a mercados en momentos en los que la autosuficiencia alimentaria cobra relevancia. El consejero Archila estima que se necesitaría adecuar unos 10.000 kilómetros de vías terciarias para llevar oportunidades, orden y justicia a las regiones más vulnerables del país: difícil una mejor y más oportuna inversión.