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Opinión

  • | 2018/11/17 16:15

    El fiscal fiscalizado

    A Martínez lo defienden todos los políticos, y todos los cacaos, empezando por Sarmiento, el hombre más rico del país, de quien ha sido el más cercano consejero.

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Si tuviera alguna vergüenza, el fiscal gene-ral de la Nación, Néstor Humberto Martínez, ya habría renunciado a su cargo. Un cargo que, si tuviera alguna vergüenza, nunca hubiera debido aceptar, y para el cual el presidente Juan Manuel Santos –si tuviera él por su parte alguna vergüenza– nunca lo hubiera debido ternar. Porque de todos los juristas de Colombia el que más intereses tiene o representa y el que en consecuencia tendría que declararse impedido para intervenir en más asuntos sometidos a la vigilancia de la Fiscalía es Néstor Humberto Martínez: uno que ha sido ministro de todos los gobiernos y abogado de todos los grandes negocios de este país. Pero, como no tiene vergüenza, no se declara impedido en ninguno.

Y es ahora cuando, más que nunca, debería renunciar Néstor Humberto Martínez a su inmerecido cargo de vigilante supremo. Ahora que, con las revelaciones del noticiero de televisión Noticias Uno que dirige Cecilia Orozco, ha venido a confirmarse clamorosamente –y con el remate macabro de dos posibles asesinatos– la sospecha que hace dos años y medio tenía el senador Jorge Enrique Robledo, a quien desde entonces le hicimos eco algunos periodistas: la sospecha de que Martínez estaba “untado hasta el alma” en las turbiedades locales de la corrupta y corruptora multinacional brasileña Odebrecht. Las grabaciones de las conversaciones del fiscal con el hoy sospechosamente fallecido auditor de las obras emprendidas por esta en asociación con empresas locales de propiedad del constructor y banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo, uno de los más notorios clientes de su bufete de abogados, revelan que Martínez estaba al tanto desde hace años de las corruptelas de ambos socios. Y no solo no las denunció (como es el deber de todo ciudadano: no se necesita que sea fiscal general de la Nación) sino que las cohonestó entre risotadas, advirtiéndole jocosamente al auditor Jorge Enrique Pizano: “Ya usted se metió en esto, y el único huevón que va a terminar… es usted, hijueputa”. Y aconsejándole el silencio de la “omertá” mafiosa: “Entre los dos, tranquilo: discreción total”.

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Si tuviera alguna vergüenza, ya digo, el malhablado pero muy callado fiscal Martínez debería renunciar, para permitir que las investigaciones sobre Odebrecht y su socio Sarmiento las haga alguien que no esté “untado hasta el alma” en sus negocios. Y para que quien adelante las referidas a la doble y súbita muerte del auditor Pizano y de su hijo, debidas al parecer a un envenenamiento con cianuro, no sea la misma persona a quien Pizano declaró tenerle miedo. La madeja de Odebrecht, que en Colombia está todavía por desenredar en su mayor parte, es tal vez la red de corrupción más amplia de la historia del país, junto a la cual palidecen todos los carruseles delincuenciales descubiertos en los últimos años. Y la repentina muerte del denunciante de Odebrecht y de sus empresas asociadas en Colombia parece formar parte de la siniestra epidemia de testigos incómodos asesinados en los últimos tiempos.

A Martínez lo defienden todos los políticos, y todos los cacaos, empezando por Sarmiento, el hombre más rico del país, de quien ha sido el más cercano consejero.

Pero Martínez no renunciará. Lleva toda la vida remando por llegar al cargo que ahora ocupa, del que espera además que le servirá de trampolín final para llegar al que ambiciona, que es el de presidente de la república. Y para mantenerse en él contará con el respaldo del Establecimiento en pleno, que no solo le debe muchos favores sino que sabe que le conoce desde adentro sus peores secretos. Salvo excepciones que se pueden contar con los dedos, como el senador Robledo, a Martínez lo defienden todos los políticos, encabezados por todos los expresidentes para quienes trabajó –que, con excepción de Belisario Betancur, son todos los que están vivos– y por los jefes de todos los partidos, en varios de los cuales ha militado. Y todos los grandes cacaos, empezando por Sarmiento, el hombre más rico del país, de quien ha sido –y en vista de las revelaciones póstumas del difunto Pizano, sigue siendo ahora desde la Fiscalía– el más cercano consejero. Y casi toda la prensa, escrita o hablada: El Tiempo, para empezar, que es de propiedad de Sarmiento. Solo quedarán por fuera de su anillo defensivo unos cuantos columnistas independientes: golondrinas sueltas que, como en el refrán, no hacen verano.

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De modo que Martínez puede dormir tranquilo en su Fiscalía. Lo más grave que puede temer es una indigestión de tanto recibir banquetes de desagravio. Peor le irá a su acusador Jorge Enrique Pizano: lo acusarán a él, después de muerto, de pertenecer al cartel de los testigos falsos.

NOTA: Muchos se han escandalizado de que el fiscal Martínez haya soltado en las grabaciones tantos castizos hijueputazos. No he visto que a nadie le haya parecido mal que al auditor de las obras lo llamen anglicadamente “controller”. 

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