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Opinión

  • | 1982/07/26 00:00

    EL FUTBOL, UN POEMA A LA INTELIGENCIA

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Albert Camus solía decir que el único lugar del mundo donde se sentía plenamente feliz era el estadio de fútbol. La frase es literaria, claro, pero también es deportiva. Ello se debe a que el hombre que la escribió no era sólo el más portentoso escritor de su generación, sino también, y esto es lo que asombra, el centro delantero de la selección nacional de Argelia, su patria natal.
Un día, cuando le otorgaron el Premio Nóbel de Literatura por obras tan magistrales como "La peste" y "El extranjero", uno de esos periodistas sin imaginación, que tienen siempre la mala costumbre de formular las preguntas más obvias del mundo, le hizo una entrevista a Camus en Estocolmo, en la propia cara del rey de Suecia.
¿El Premio Nóbel es lo más maravilloso que le ha ocurrido en su vida? -Preguntó el reportero, con la esperanza inútil de conseguir una respuesta afirmativa-.
"De ninguna manera" -se apresuró a responder el escritor-. "Lo más grande que yo he hecho en mi vida fue un gol de tiro libre. Mi equipo perdía uno por cero. Faltaban cinco minutos para que se acabara el partido. Le pegué a la pelota con la cara interna del zapato, y...".
Entonces los ojos, los grandes ojos tristes de Camus, que parecían tan quietos como agua de pantano, se llenaron de nostalgia. Allí, ante los beneméritos caballeros de la Real Academia Sueca que se prepararon para aplaudirlo, debió recordar los años felices y sudorosos en que hacía temblar a los arqueros adversarios. El fútbol, para él, era un auténtico poema de sol y aire.
Ahora estaba en Estocolmo esa ciudad gélida, en la ceremonia de premiación, vestido como un pinguino con el sacoleva y el pantalón rayado con una ridícula corbata de pajarita. Atuendo de señor feudal, tan diferente a sus guayos de largos cordones y betún retostado, las medias que huelen a linimento, la pantaloneta que se desgarra con una media volea y la camiseta empapada en ese sudor agrio y espeso de los futbolistas, que se parece tanto al sudor de los caballos.
Ahora que lo pienso bien: el suelo de los estadios es fértil y la hierba crece verde y bella, porqué se le riega con el mejor abono del mundo, que es el sudor de los jugadores. Por la razón contraria se mueren las plantas ornamentales de las oficinas públicas. Porque los burócratas no sudan. Porque no tienen una divisa que defender. Porque en los melancólicos peladeros de la nómina oficial no se cobra un tiro de esquina.
Aquí, metido de cabeza en estas correndillas del campeonato mundial de España, lo menos que uno puede hacer es acordarse de Camus. Como un homenaje al futbolista, no al escritor. Como un homenaje al hombre que escribió las páginas más desgarradoramente hermosas de la literatura de post-guerra casi con la misma habilidad con que hacía una gambeta frente al defensa contrario.
Después de la gloria, aplastado por el peso de su propia grandeza, alabado por la crítica, exaltado por sus lectores (que eran hombres y mujeres de la montonera), arrastrando la pesada carga del Premio Nóbel, Camus prefirió hacer un "dribling" a su propio destino. Se fue a vivir en una aldea francesa, donde no había tertulias de escritores ni suplementos literarios. Fundó un pequeño equipo de fútbol con el boticario, el panadero, el señor cura párroco, el maestro de la escuela, el empleado de correos, pagó los uniformes con plata de su bolsillo y todas las tardes jugaba su partidito en la plaza del pueblo. El mismo confesaba que nunca antes se había sentido tan feliz como entonces. Hasta el día en que se accidentó su viejo automóvil, y tuvo que irse a cobrar sus tiros libres en ese estadio gris donde los otros muertos ovacionan a los futbolistas que llegan a hacerles compañía.
Nadie, en la historia de las artes humanas, ha logrado combinar ambas cosas con la destreza de Camus. El fútbol y las letras. Es probable que la gloria del Premio Nóbel, para un hombre taciturno como él, tenga un cierto sabor a mierda. Pero la gloria de un gol, marcado con este pie mio, con este zapato mio, con este sudor mío, solo puede compararse al néctar de ambrosía con que se refrescaban los dioses del Olimpo griego.
Alfredo di Estéfano dijo un día: "Nadie que no haya marcado un gol puede saber lo que es esó". Un gol es como un hijo de uno, que sale de las entrañas después de tanto soñarlo, de tanto desearlo, de tanto planearlo, de tanto buscarlo.
Nunca podré olvidar aquella escena memorable, el día del partidofinal entre Italia y Brasil, en el campeonato mundial de 1970 en México. Gerson, ese genio calvo, el mariscal supremo del medio campo brasilero, de rodillas sobre el césped, con las manos abiertas como un Cristo, con un gesto de agonía pintado en la cara, mirando al cielo, cuando acababa de vencer la portería italiana. No dijo nada, pero yo sé lo que estaba diciendo en ese instante. Estaba diciendo: "Gracias, Dios mío, por este gol. Gracias por hacerme brasilero...".
Brasil como ha podido verse en los primeros partidos de este mundial 82 es la última reliquia que le queda al fútbol. Brasil es más que un equipo: es un poema. Es una danza. Nada de pendejerías tácticas, ni de estrategias pintadas en el tablero de los camerinos, ni de dibujitos que enseñan a no jugar uno ni dejar que los otros jueguen. El fútbol es eso que hacen los brasileros: repentismo, inventiva, gracia humana. Es la imaginación del hombre puesta en medio metro de gramilla. Es el talento que se necesita para resolver lo que hay que hacer en un cuarto de segundo. Es el tambor africano que resuena en la graderías entre los coros de la macumba lúgubre. Es la mulata de tetas descomunales que baila lujuriosamente en las tribunas. Es el negro de la camiseta amarilla y la pantaloneta azul que suda como una bestia con la pelota pegada al botín, la pelota como si fuera una prolongación de su propio pie.
He necesitado muchas palabras para decirlo. Maurois, que era tan frío, supo decirlo con su poder de síntesis: "El fútbol es la inteligencia en movimiento". Breve y certero. Como un golazo...
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