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Opinión

  • | 2019/01/21 23:29

    El futuro de la Amazonia: ¿vorágine o tierra de promisión?

    No se debe seguir tratando de manejar la Amazonia como se ha venido haciendo. Es indispensable entender las causas de fondo de los problemas y diseñar y aplicar una nueva política disruptiva

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La Amazonia colombiana ocupa casi la mitad del territorio continental del país. Sin embargo, la relación del país con ella ha estado mediada históricamente por el desconocimiento y el temor. Desde los distantes y miopes despachos oficiales se la ha visto como un territorio remoto, peligroso, marginal y poco atractivo desde el punto de vista económico; es decir, como una región tan lejana y extraña como si casi fuera otro planeta.

Es notoria la carencia de una visión de estado para integrar efectivamente al progreso del país su  región más extensa y muy posiblemente la más valiosa, investigándola, entendiéndola y respetando sus características culturales y ecológicas,  lo que ha causado a lo largo del tiempo la pérdida paulatina de grandes extensiones de cuenca amazónica a manos de los países limítrofes, que han entendido mejor su valor estratégico y su potencial.

Las dificultades de comunicación y las difíciles condiciones climáticas y ambientales actuaron  durante mucho tiempo como escudo protector de la integridad de nuestra Amazonia, que se consideraba hasta hace poco como una de las partes menos intervenidas de la gran cuenca multinacional. Los espasmódicos períodos de desarrollo económico de la región, originados en coyunturas con altos  precios en el mercado internacional de varios de sus productos como el caucho y la madera, trajeron bonanzas monetarias pasajeras, así como impactos graves y perversos sobre la población indígena y la biodiversidad.

Testigo de la guerra

Mirando el pasado reciente, durante la segunda mitad del Siglo XX la región se utilizó como zona de retaguardia de las FARC y espacio de otros grupos ilegales, lo cual frenó en muy buena medida los procesos espontáneos de poblamiento y  conquista por migrantes expulsados del interior del país, basados en formas de aprovechamiento de los recursos naturales que empleaban en sus regiones de origen, que son en general inadecuados para la Amazonia.

Sin embargo, en desarrollo de su visión política y económica  las FARC estimularon asentamientos en los territorios que controlaban y construyeron vías que actuaron como inductores de procesos de colonización y actividades económicas insostenibles como la ganadería y la agricultura de gran escala,  incluyendo en forma creciente los narcocultivos. Sin embargo, la magnitud de estas actividades no alcanzó la dimensión necesaria para afectar significativamente la región en su conjunto, por lo cual se conservó en relativo buen estado.

La experiencia internacional muestra que la intensificación de la deforestación en períodos de posconflicto ha sido un común denominador en países de Centroamérica, África y Europa como consecuencia no prevista en los acuerdos de paz. A pesar de ello  en Colombia esta experiencia no se tuvo en cuenta y el retiro de las FARC de su retaguardia amazónica produjo un vacío de poder, que ante la ausencia de presencia estatal, está siendo ocupada por poderosos intereses, tanto legales como ilegales, que mediante la quema  del irremplazable bosque tropical, impulsan la praderización del arco amazónico cercano al piedemonte, especialmente en el sur del Meta, Guaviare y Caquetá, para apoderarse de la tierra, desarrollando actividades ganaderas y agrícolas, incluyendo los narco cultivos y generando además  una gravísima contaminación del agua y el suelo con mercurio por la minería ilegal de oro y coltan.

Futuro incierto

Hoy en día, después de la cuarta negociación de paz que la involucra, la  región presenta una problemática muy compleja, desordenada y confusa que el estado no ha sabido cómo afrontar. En ella se confrontan visiones opuestas sobre el futuro de la Amazonia e intervienen  multitud de actores tanto públicos, privados, legales e ilegales con pluralidad de intereses, que abarcan desde ambiciosos planes viales nacionales e internacionales, la expansión sobre el bosque de los cultivos de palma africana, la exploración y explotación de hidrocarburos, hasta la minería ilegal y los cultivos ilícitos.  

Todos ellos plantean procesos de desarrollo que van en contra de la visión de la conservación y aprovechamiento sostenible de la excepcional biodiversidad de la Amazonia. Otra de las causas fundamentales de ésta situación ha sido la falta de capacidad para estabilizar la frontera agrícola, pues el problema de fondo radica en la expansión incontrolada del latifundio y que los migrantes en busca de un mejor futuro, no reciben la debida atención del estado, por lo cual tienen que derivar su sustento de la deforestación y los narcocultivos.  

La situación implica además una profunda incoherencia en el ordenamiento territorial, pues la una tendencia favorece la explotación de recursos naturales no renovables y la implantación de formas insostenibles de desarrollo derivados de la construcción de vías y la  destrucción del bosque, mientras que la otra busca favorecer su conservación y la de sus servicios ecosistémicos. La Amazonia no debe ser espacio para el extractivismo, ni para grandes infraestructuras y proyectos transformadores; si se llevan a cabo desaparecerá irremediablemente. Debe ser, eso sí, el espacio que ofrece todavía la invaluable y excepcional oportunidad de materializar un nuevo concepto de desarrollo, basado en la integración armónica de la sociedad con la naturaleza, el respeto a la vida, al buen vivir y al ambiente y el aprovechamiento sostenible y equitativo de su excepcional riqueza natural.

La principal orientación del estado para tratar de conjurar la crisis descrita  ha sido por una parte la aplicación de normas penales y la generación de nuevos instrumentos legales y por otra  la gestión de recursos de cooperación internacional para financiar programas de control de la deforestación. Sin embargo, estas estrategias han probado ser incompletas y poco  efectivas para lograr aminorar la deforestación e inadecuadas, considerando que en la práctica la región Amazónica ha estado por fuera del alcance de la ley y que carece de una institucionalidad que permita una gobernanza adecuada del territorio.

Un nuevo trato

En conclusión, no se debe seguir tratando de manejar la Amazonia como se ha venido haciendo. Es indispensable entender las causas de fondo de los problemas y diseñar y aplicar una nueva política disruptiva, basada en el conocimiento socio natural de la región y el diálogo  que supere la visión de los intereses económicos del corto plazo. Solamente una concepción diferente y nueva de la importancia de la Amazonia para el país permitirá su incorporación exitosa y pacífica al devenir nacional.

La especial sensibilidad y percepción de poeta y escritor de José Eustasio Rivera, le permitió crear hace un siglo obras que transcurren en la Amazonia y  que prefiguraron las dos caras extremas de lo que puede pasar en la región dependiendo de cómo se entienda, se planifique y se gestione. La primera e infortunadamente la más probable de acuerdo con lo que está ocurriendo, es que se materialice una nueva Vorágine, que ésta vez no será impulsada por la explotación del caucho y la mano de obra indígena, sino por el extractivismo,  la minería ilegal, la apropiación de tierras por la fuerza, los narcocultivos y los proyectos transformadores que acarrean la destrucción de la biodiversidad y amenazan a los líderes sociales y a los defensores del medio ambiente.

La segunda, es la de la tierra de promisión, en la cual la conservación de las culturas, de la naturaleza y la oferta de servicios ecosistémicos, conduce a que la Amazonia se consolide como un espacio para aprovechar la biodiversidad mediante la integración del conocimiento tradicional con el conocimiento innovativo y moderno, que se gestione mediante formas de gobernanza incluyentes,  participativas y articuladoras que beneficie a la región, a Colombia y al planeta. En ella la Amazonia se plantea como la tierra del futuro.

Si el estado no ejerce rápidamente una presencia inteligente, firme y respetuosa en la Amazonia basada en el conocimiento cercano de su realidad cultural y natural y no comprende su complejidad y su potencial como espacio para la sostenibilidad y la armonía,  los factores actuales de riesgo se intensificarán, perdiendo así irremediablemente los ecosistemas más biodiversos del planeta, no a manos de terceros países sino de las propias.

(*) Miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

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