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Opinión

  • | 2019/04/13 22:00

    Game of Thrones

    Parece como si a los colombianos nos gustaran los presidentes en pie de lucha. Eso no es Duque ni su círculo cercano, y sin duda alguna, esa calma es una gran virtud.

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Es, tal vez, el mejor momento de una administración: nombrar el primer gabinete ministerial. Todo son promesas. Todo está por hacerse. De alguna manera, es la primera y última vez para seleccionar sin pensar en los aliados. El gabinete tiene, además, la ventaja de estrenar. 

El primer gabinete de Iván Duque es un equipo que refleja las prioridades del nuevo presidente. Es un grupo de personas escogidas por sus trayectorias profesionales y sus cualidades personales, más que por su identidad política.

Iván Duque así lo jugó. Cada uno de sus ministros tiene algo en común con él mismo. Además, es un gabinete que, de acuerdo con el pensamiento y la promesa del presidente, es paritario: 50 por ciento mujeres, 50 por ciento hombres. 

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Al inicio del Gobierno, eran hasta tiernos. Como buenos estudiantes, iban todos juntos. Tomaban notas. Planteaban soluciones y explicaban lo que harían. El futuro era asequible.

 Se les ofrecía tiempo para que conocieran su cartera. Hoy el objetivo es que logren cumplir cuatro años. Eso es clave, pero difícil en la era de 2019 y la necesidad de gratificación inmediata. Esta no es tarea fácil para cualquier empleado público, y menos para los ministros. 

Al gabinete de Iván Duque no le dieron tregua. A las pocas semanas, ya estaban exigiendo la renuncia de Alberto Carrasquilla por hechos que ocurrieron hace muchos años, cuando ocupó por primera vez el Ministerio de Hacienda. Fue un debate álgido contra el ministro. No fue censurado, pero su imagen quedó golpeada. 

Los ministros llevan ocho meses en el cargo. En el mundo real, apenas se están conociendo. No se ha aprobado el plan de desarrollo ni sus fuentes de financiación. Pero eso no ha impedido que varios políticos exijan renuncias. La primera en la fila es la ministra de Justicia. Se le acusa de no haber defendido las objeciones a la JEP con suficiente valor y alegan que debe asumir el costo político de la derrota. Gloria Borrero tiene, además, el perfil ideal para el sacrificio: votó sí por el plebiscito. 

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Espero que Duque no les haga caso. Esa costumbre de utilizar a los ministros como fusibles es nefasta. Asumir que una derrota requiere un cordero sacrificado va en contravía de la promesa del presidente. El presidente ha cambiado las relaciones con el legislativo –nada de mermeladas–, por eso, estos reveses son de esperarse. Hay que resistir.

Es evidente que en la Casa de Nariño y en el Centro Democrático no todos están de acuerdo. En el pasado, el presidente simbolizaba la habilidad de resolver con urgencia. En la Colombia de hoy ya no hay ese afán. Es el nuevo país que Duque heredó.  

Que hay retos, sí. Pero ya no son de la supervivencia misma del Estado. Duque comprende que la horrible noche pasó –por eso impone políticas de largo plazo– y muestra increíble paciencia en sus confrontaciones. No invita a peleas.

El gabinete ha escuchado a Duque. No hay miembro conocido por rencillas o discusiones acaloradas, más bien parecen rehusarlas. Ni los ministros más cercanos al expresidente Álvaro Uribe obran así. Todos saben que no están para rebajarse a los rounds baratos. 

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Eso, obviamente, le genera dificultades al Gobierno en el contexto político de las luchas intestinales por el poder en las redes sociales. No es fácil mantenerse incólume ante las crisis 24/7, y la expectativa de que cada una es de seguridad nacional.  Aceptarlo así –no todo es de vida o muerte– ya quizás sea la mayor enseñanza de esta joven administración.  

La calma de Duque es un atributo de esos que rara vez son elogiados. Parece como si a los colombianos nos gustaran los presidentes en pie de lucha. Eso no es Duque ni su círculo cercano y, sin duda alguna, esa calma es una gran virtud.

No significa que no puedan defenderse sin contratiempos. Sin embargo, el problema de fondo es otro: hay un déficit de duquistas pura sangre. Pueden contarse con los dedos de la mano. Y es lógico dada la particular carrera de nuestro presidente: más internacional que nacional.

A Duque y a sus ministros hay que darles tiempo. Ocho meses no son nada. El gabinete ya tiene forma y sus planes están en acción. Si hay una lección que han dejado los 200 años de vida republicana, es lo ineficiente que terminan siendo los ministros de corto plazo.

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