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Opinión

  • | 1986/06/02 00:00

    EL MEFISTOFELES ATOMICO

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"Los EE.UU. saben que el poder pacífico de la energía atómica no es un sueño del futuro. Ese potencial, ya experimentado, existe aquí y ahora. (...) Debemos apresurar el día en el que el temor por el átomo desaparezca de las conciencias de la gente, y de los gobiernos de Este y Oeste (...) Esta suma de fuerzas destructivas pueden convertirse en una bendición para la especie humana". Eisenhower ante las Naciones Unidas, Dic.8,1953.
Han pasado 33 años desde entonces. Pero, ni el temor por el átomo ha desaparecido de las conciencias de la gente, ni el poder nuclear ha demostrado ser "esa bendición para la especie humana" que Eisenhower vaticinaba con tanta seguridad.
Aún más. A 14 años del 2000, la famosa "era nuclear" es una realidad del presente que "alumbra" el futuro como una gran sombra negra. Para entenderlo no hay que forzar la imaginación hasta los umbrales del apocalipsis: muerte, desolación, soledad; cadáveres, incendios, ruinas y caos; radiación, frío, oscuridad.
No. Basta con la noticia del accidente nuclear de Chernobyl, en la URSS, para entender que los beneficios de la energía nuclear no compensan todavía, y quizás no lleguen a hacerlo jamás, los monstruosos riesgos que ella plantea para la humanidad.
Para hablar en términos cotidianos, la URSS fue "pichoneada" antes de que se animara a informarle al mundo acerca del accidente. Se requirió que sus vecinos suecos detectaran la presencia amenazante de la radiactividad para que la URSS se viera obligada a aceptar oficialmente lo que extraoficialmente ya era una realidad. Aun así, el planeta ignora, todavía, las verdaderas magnitudes del desastre.
El fin del mundo podría haber comenzado debajo de la cama de los soviéticos, y al resto del planeta, sencillamente, se le habria vedado el derecho a saberlo.
Parecería que hemos perdido mucho tiempo discutiendo sobre el tema en el lado equivocado de la mesa. Si usted es uno de los que inmediatamente piensan en la bomba atómica a la sola mención de "energia nuclear", pues es uno de los que ha contribuido a juzgar el iceberg por el tamaño de su punta. El armamento nuclear tiene, muchas veces, propósitos disuasivos. por eso el peligro mayor de la "euforia nuclear" no está, irónicamente, en su amenaza bélica, sino en su amenaza filosófica.
La energía nuclear no necesariamente es buena mientras no se destine a la guerra. Una vez que un reactor nuclear (con fines pacifistas) ha echado a andar, su acción será eternamente irreversible. Los desperdicios que genera estarán con nosotros por décadas, centurias, miles de millones de años.
Hay, pues, un riesgo más próximo, más inmediato, más profundamente filosófico que el que depende simplemente de que un país active o no la bomba atómica. Y es el del trato "mefistofélico" que se nos ha obligado a hacer con el átomo.
En virtud de él, podemos contar con una fuente inagotable de energía. Pero, a cambio, cualquier día de estos la energía nuclear puede presentarse a reclamarnos el alma.
El asunto se resume en una sola frase: jamás será posible eliminar todos los riesgos inherentes a esta nueva forma de energía. Y son estos riesgos, por hipotéticos que puedan sonar, los que le dan ese carácter "mefistofélico" a los beneficios que la era nuclear ha representado para la humanidad.
Un accidente atómico-causado por una falla técnica, un error humano o un impulso terrorista podría asolar el planeta por miles de años.
Esta posibilidad, cada vez más evidente, hace que estén cada día más de moda los movimientos antinucleares alrededor del mundo. Para ellos constituye un auténtico símbolo de barbarie el hecho de que la humanidad viva tan amenazada, por el único mérito de mantener la luz prendida.
Y proponen alqo que suena irreverente, para una generación como la nuestra, desbocada en una loca carrera tecnológica: ¡paren! ¡Desandemos el camino nuclear! ¡Lleguemos al futuro más despacio, pero más seguros! Y sugieren pasarnos a tecnologías "más suaves", como las derivadas del Sol, del viento, de la fotosíntesis o de las olas del mar.
Sin embargo, en la otra escuela, los apologistas del progreso nuclear sostienen que renunciar al poder del átomo sería "un crimen que la próxima generación jamás nos perdonaría".
Pues bien, la controversia nuclear ya no es sólo "chévere", sino vital. Eso lo entienden muy bien los suecos, que la semana pasada abrieron las ventanas de sus casas y se encontraron de narices con una radiación ajena.
Aquí no más en el patio trasero, los colombianos tenemos tres reactores nucleares instalados en Brasil y tres en Argentina. Los accidentes nucleares de Chernobyl, en la URSS, y antes el de la Isla de Tres Millas, en EE.UU, y antes el de La Hague, en Francia, nos llegaron contados, y no untados.
Pero nada garantiza que un día de estos abramos nuestras ventanas y descubramos, sorprendidos, que también nosotros firmamos un contrato con Mefistófeles, y que le habíamos quedado debiendo el alma la última vez que prendimos la luz.
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