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Opinión

  • | 2006/06/24 00:00

    El nuevo liberalismo

    Con la derrota en las elecciones pasadas, el liberalismo superó sus problemas internos y sobrevivió al caudillismo. Por lo tanto, cualitativamente salió fortalecido, opina Álvaro Forero Tascón.

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A pesar de que algunos celebran el advenimiento del multipartidismo y afirman que el sistema político colombiano se está reinstitucionalizando, al grado de creer que el próximo paso puede ser instituir un régimen parlamentario, tanto optimismo puede estar motivado más por intereses políticos que por realidades.

La realidad podría ser que, por el contrario, el gran perdedor de las pasadas elecciones fue el sistema partidista en su conjunto, a manos de un caudillismo que recorre al sistema político colombiano como un huracán. El triunfo de Álvaro Uribe y la votación de Carlos Gaviria serían la confirmación del apego fervoroso de los colombianos a figuras carismáticas, en desmedro de los partidos políticos, incluidos los uribistas y el Polo Democrático.

De ser así, podría resultar que sólo el liberalismo haya sobrevivido al ciclón personalista, precisamente por su falta de contagio. Contrariamente al uribismo y al Polo, el liberalismo ha tenido menos candidato que partido en las dos últimas elecciones presidenciales, pues las encuestas demuestran que el sentimiento liberal se mantiene mayoritario. Por esa razón, las fuerzas uribistas apelaron a su pasado liberal en las elecciones parlamentarias, y tanto Uribe como Carlos Gaviria buscaron identificarse con el pensamiento liberal.

La precariedad de los últimos resultados liberales puede ser coyuntural, pues obedece en buena parte a errores políticos de Horacio Serpa. Primero, cuando reinando en las encuestas, le cedió a Uribe la bandera anti-Farc que reclamaba a gritos el electorado, y luego, cuando insistió en una tercera candidatura pese a haber caído en la trampa de Álvaro Uribe. Trampa que consistió en nombrarlo embajador para erosionar la consistencia de la oposición liberal, y así poder sonsacarle los caciques políticos, señalándolo, encima, como el representante de la politiquería. Porque si en lugar de abrir la puerta al burocratismo yéndose para Washington, Serpa se hubiera dedicado a mantener cohesionado el partido mediante una oposición sensata, muy seguramente Uribe no habría podido armar una coalición suficiente para hacerse aprobar la reelección.

La supervivencia liberal es meritoria en vista del fin del bipartidismo. Si se comprueba la tesis de que Colombia no pasó de un sistema bipartidista a un vigoroso multipartidismo, sino a un modelo caudillista en el que sobrevive el liberalismo y luchan por superar su dependencia del personalismo algunos partidos nacientes de derecha y de izquierda, estaríamos ante una hazaña liberal, pues, en el caso venezolano, los partidos tradicionales desaparecieron completamente cuando sobrevino el personalismo. Es más, con la derrota en las elecciones pasadas, el Partido Liberal superó las condiciones internas que no le han permitido ganar en las últimas contiendas, y por lo tanto, en términos cualitativos salió fortalecido de este proceso electoral.

El domingo 28 terminó una hegemonía serpo-samperista de 12 años en el interior del Partido Liberal, y con ello las cuatro circunstancias que más contribuyeron a su caída del poder: el desprestigio por el vínculo con el proceso 8.000, la falta de nuevos candidatos presidenciales, la inclinación exagerada hacia la izquierda que lo alejó de las soluciones de seguridad, y la dependencia del clientelismo que lo desidiologizó y mutiló cuando los grandes caciques lo abandonaron. Esto hace que el liberalismo de hoy sea radicalmente distinto a los de 1998 y 2002.

Las nuevas condiciones del Partido Liberal son, fundamentalmente, las siguientes: i.) la ausencia de vínculos clientelistas importantes, fruto de la salida de los dirigentes con mayor afición burocrática y de la falta de participación en el gobierno Uribe y en buena parte de los departamentos y municipios; ii.) una plataforma política moderna y de consenso, en la medida en que los sectores radicales fueron acallados electoralmente con Serpa y el sector gavirista ha evolucionado hacia posturas socialdemócratas en algunos temas sociales; iii) un director respetado, capaz de conducirlo pragmáticamente por el trayecto político difícil que tiene por delante; y iv) nuevas caras, pero, sobre todo, la necesidad de acudir a ellas en las elecciones de 2008, lo que le permitirá presentarse como un sector auténticamente renovado.

Así como la polarización estimulada por Uribe y el Polo fue fatal para el liberalismo en las elecciones, se puede convertir en el tiquete de regreso del centro político. Una vez el país vea la cara amarga de la confrontación política que se dará con virulencia en el segundo gobierno Uribe, la posición constructiva de centro que anunció César Gaviria después de elecciones podría llegar a cautivar de nuevo al electorado. Los extremos están de moda, pero en un país en guerra, amenazado por el terrorismo y la confrontación entre Hugo Chávez y Estados Unidos, erizado por las posturas divisionistas del Presidente y la vocación extremista del sector predominante de la izquierda, y sitiado por grandes necesidades sociales y humanitarias, se puede encontrar en el centro político un bálsamo y una salida, especialmente si la seguridad democrática se agota sin haber alcanzado la paz.

Si el futuro político de Colombia es el afianzamiento del caudillismo, en 2010 ganarán las elecciones presidenciales hombres aptos para ese modelo, como Germán Vargas Lleras o Gustavo Petro. Pero si en este gobierno, la ausencia de soluciones, la polarización y el poder desmesurado del Presidente preocupan a los colombianos, el liberalismo podría reconquistar el poder como alternativa verdaderamente partidista. Como el Apra peruano que, gracias a su organización partidista, la única que sobrevivió al fujimorismo, entró segundo en la primera vuelta, y por ser la expresión de centro ganó en la segunda.
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