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Opinión

  • | 1995/02/13 00:00

    EL PAIS DEL COPIADO CORAZON

    En este país la historia se repite cada tanto tiempo...

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LOS ACCIDENTES AEREOS SON LA NOTIcia más deprimente que puede sobrevolar a un país. Con frecuencia preferimos negarlo, pero todos tendemos a ejercer nuestro polo a tierra. Nos horroriza el avión, aunque no quisiéramos bajarnos de uno. Comprendemos que lo de volar constituye otro desafio del hombre a las reglas excluyentes de la física y de la astronomía. Y entendemos que todo accidente aéreo conlleva, para la naturaleza humana, una discreta pero contundente advertencia sobre la brevedad de la vida.
Por eso, insisto, las noticias de accidentes aéreos nos deprimen sobremanera. Más aún si traen incluida la historia de una niña de 10 años que sobrevive, la única entre 51 víctimas, como si Dios la hubiera ahorrado para algo grande, aunque ella aún no lo comprenda porque no ha recibido todavía las instrucciones pertinentes.
Pero como yo llevo rato pensando que en este país se repite la historia cada tanto tiempo, no me sorprendió demasiado enterarme de que este accidente tuvo un antecedente prácticamente gemelo en Colombia.
Hace 29 años otra niña había sobrevivido milagrosamente a un tramacazo de un avión de Avianca en el mar. Ambos sucedieron a pocos minutos de Cartagena, ambos en enero -con dos días de diferencia-, ambos dejaron medio centenar de muertos, en ambos sobrevivieron niñas de edades semejantes, ambas fueron rescatadas por pescadores y canoeros de la región y en ambos perecieron oficiales de la Armada.
El del accidente aéreo es apenas uno de los muchos casos que en Colombia parecen calcados del pasado. Al cierre del año 94 me vino a la memoria, a la raíz de las súplicas del ministro Serpa en la Cámara de Representantes para que no se aprobara la llamada 'narcoley', el antecedente de Carlos Lemos como ministro, también de Gobierno, rogando ante la misma corporación que no se aprobara un mico que apareció sorpresivamente en el proyecto de reforma constitucional del gobierno Barco. Mediante él se prohibía la extradición de colombianos, por inspiración del entonces representante Norberto Morales, e impulsado por la comisión primera de la Cámara. Confluyeron entonces los casos de dos ministros de Gobierno, ambos rogando, en dos épocas distintas, por cuenta de un mismo enemigo...
Pero si la historia del jaque de los narcos se repite, la de los tiburones también. Merecerían multa las autoridades de las playas de Coveñas que prefirieron tapar la existencia de los carnívoros bichos, danzando al lado de las lycras de baño de los turistas, para no acabar con la bonanza de las vacaciones de fin de año. Este es el único país que orquesta una campaña de descrédito contra un bañista que asegura haber perdido una pierna en las fauces de un tiburón que vio y tocó. "Imposible", dijimos todos "Debe ser basuco". Pero la pesadilla del tiburón hambriento que se acerca a la playa para calmar su 'filo ' ya había sucedido en Colombia, y en manada, en otras concurridas playas al lado del Hotel Caribe de Cartagena, hace 40 años. En aquella ocasión también fueron devorados varios turistas y mutilados otros tantos hasta que la Armada, en cuerpo presente, recibió la orden de cazar tiburones y de alertar a los bañistas para evitar futuras tragedias.
La debacle de los paros cívicos recientes en Guaviare y Putumayo, manejados muy prudentemente desde el punto de vista militar pero de manera deshilvanada desde el punto de vista político, tampoco obedece a un fenómeno de generación espontánea. La población de ambos departamentos protestaba por las acciones del Estado contra la siembra de amapola y otras hierbas de marras, producto del abandono oficial de tantos años y de la indiferencia de las administraciones locales. En 1986, el 20 de diciembre, también había habido un paro cívico en el Guaviare, en contra -adivinen- del abandono oficial de la población y de la lucha del gobierno por erradicar los cultivos de droga. Carlos Ossa manejó en ese entonces el conflicto y, ¡oh sorpresa!, logró terminarlo prometiéndoles a los campesinos lo mismo que Serpa. Otro antecedente similar lo constituyó el paro cívico del nororiente el 20 de febrero del 87, en el que la población se sublevó, ya lo habrán adivinado, por lo mismo: contra las acciones del Ejército y la lejanía del gobierno central.
Pero donde realmente se me colmó la copa y comprendí que era el país del copiado corazón, fue en el episodio del fallido intento contra la vida del fiscal Alfonso Valdivieso Sarmiento. Me recordó de inmediato el caso de Rodrigo Lara, de la entraña del Nuevo Liberalismo, al igual que el actual fiscal. Lara se suicidó, o se hizo matar, para demostrar que él no era el hombre sin idoneidad moral ni honestidad profesional que había recibido del señor Evaristo Porras un cheque para la campaña de Galán. Valdivieso lleva rato imitando a Rodrigo Lara con posiciones desafiantes para demostrar que él no era ese patito feo de la terna para la Fiscalía que se ganó el cargo por una carambola del destino.
Eso, para no hablar más de Evaristo Porras, que crucificó a Rodrigo Lara el día en que le reclamó favores políticos a cambio del cheque de la donación. Porque ahora, en el país del copiado corazón, las cosas han cambiado un poco: Porras anda reclamándole al gobernador de Amazonas... lo mismo.
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