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Opinión

  • | 2019/06/19 11:38

    El peligro subversivo del populismo.

    La semana pasada se le dio vía libre a un nuevo proyecto subversivo. Bajo la engañosa sigla que retoma el lema de nuestro escudo, “Libertad y Orden” un grupo liderado por un locutor de radio convertido en activista pretende destruir el orden republicano y democrático.

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La iniciativa tiene como objetivo adelantar un referendo agitando las banderas populistas para irse lanza en ristre contra el Estado de Derecho. Contra las cortes y los magistrados, pretenden no solo unificar todas las cortes – incluyendo la JEP—en una sola, sino también revocar el nombramiento de todos los magistrados. Serían remplazados por jueces elegidos popularmente, logrando así el fin último de politizar la justicia. Los jueces se convertirían en candidatos, elegidos por sus eslóganes más populistas y no por sus conocimientos jurídicos o su trayectoria. Ya no importará su respeto por los derechos sino sus alianzas políticas electoreras.

 Incluyen también el muy facilista recurso de atacar al congreso y proponen su reducción a la mitad, seguramente para “roben menos”. Con un congreso disminuido, tendremos menos democracia, menos representación política de las regiones más pobres y de las minorías. Tener un sistema bicameral, con mecanismos de elección distintos, garantiza un proceso legislativo más democrático y más sereno, en el que las iniciativas demagogas e inconvenientes pueden ser identificadas y derrotadas gracias a los procesos de discusión y aprobación separados. 

 Pero el verdadero blanco de esta andanada es el acuerdo de paz. Pretenden desmontar la Justicia Especial de Paz para socavar uno de sus pilares, generando incertidumbre entre miembros de la fuerza pública que se han acogido a esta justicia transicional y excombatientes de las farc. Pretenden así desconocer no solamente la palabra dada por el Estado colombiano sino también las decisiones mayoritarias del congreso y los fallos de la corte constitucional.

 Esos caudillos pregoneros de catástrofes incendian la opinión recurriendo al miedo, la rabia, y ofrecen falsas  soluciones simplistas a problemas complejos. Se escudan en un supuesto malestar ciudadano (que ellos crean y alimentan) para subvertir las instituciones, desprestigiarlas y sobre todo crear “enemigos del pueblo” a los que satanizan.

 El populismo termina siempre en regímenes autoritarios que destruyen la separación de poderes y los equilibrios institucionales. En América Latina los hemos padecido. Desde Juan Domingo Perón en Argentina, hasta Hugo Chavez en Venezuela o Rafael Correa en Ecuador, todos han se han arropado en la bandera del pueblo para acumular poder y construir sistemas a su medida.

 Esa es la esencia del populismo agitador y subversivo, hoy disfrazado de “estado de opinión” que quieren hacer pasar por una forma superior del estado de derecho. Es al revés. El Estado de Derecho se ha venido construyendo a lo largo de los últimos siglos precisamente para frenar los abusos de poder, el capricho del gobernante. Surgió para poner talanqueras a la demagogia, a aquellos tribunos que se autoproclaman la voz del pueblo y del bien común.

 El Estado de Derecho es el pilar hoy más que nunca de la democracia, de la defensa de los derechos, en particular de las minorías de toda índole. Por supuesto que se necesitan reformas. Por ejemplo, Colombia debe mejorar la justicia para hacerla más efectiva, rápida y cercana al ciudadano, pero no para someterla a una visión ideológica partidista ni para ser suplantada por el populismo que sirve intereses particulares en contra del interés general.

 Iniciativas como esta aun si no tienen éxito, polarizan y dividen, en lugar de construir acuerdos y consensos. Mala cosa.

 

 

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