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Opinión

  • | 1995/02/27 00:00

    EL PENDULO

    Con los cultivadores de coca, las Farc lograron el sueño de compartir un enemigo con el pueblo: el estado.

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UNA DE LAS SORPRESAS DE LOS ULtimos movimientos cívicos en Guaviare y Putumayo, lo mismo que otros que se están gestando en otros lugares del sur del país, es la capacidad de movilización popular que ha demostrado la guerrilla. Nadie duda ya de la participación de los grupos guerrilleros en estas movilizaciones campesinas. La discusión en este momento es de qué manera influyen en ellos. Hay quienes sostienen que los campesinos de esas regiones obedecen las órdenes de los frentes guerrilleros por la intimidación que produce su poderío militar. Ese elemento ha funcionado históricamente, y seguirá existiendo siempre que se esté hablando de gente armada.
Sin embargo la espontaneidad de los campesinos y su compenetración con la guerrilla en los casos de Guaviare y Putumayo están lejos de ser el reflejo de una situación en la que unos agricultores intimidados salen de sus parcelas y se instalan en el casco urbano de una capital por el temor a la muerte. Aquí se vio a una masa, homogénea y convencida, permanecer en paro durante varias semanas hasta negociar una solución con el gobierno, a pesar que desde la Presidencia de la República se estaba denunciando la participación guerrillera en las dos protestas.
Y no sólo la participación guerrillera. Desde un comienzo se supo que también estaban allí los narcotraficantes. Aunque no de cuerpo presente, claro. Pero el hecho de tratarse de campesinos dedicados exclusivamente al cultivo de la coca le daba piso a la segunda parte de la fórmula narco-guerrillera, que hace años denunciara un embajador de Estados Unidos, y que provocara la consabida indignación nacional. Como en el caso de Joe Toft.
Esa simbiosis entre narcotráfico y guerrilla, por un lado, y un cierto simplismo en el análisis por parte de los funcionarios estadounidenses encargados del tema, han convertido en lugar común aquello de que el dinero del narcotráfico corrompió a la guerrilla. Ahora se dice que la guerrilla dejó su interés por el poder político y lo cambió por el dinero que le reporta el control territorial de las áreas que cultivan los narcotraficantes.
Sin embargo lo que están demostrando los frentes de las Farc de las zonas coqueras es que después de muchísimos años -tal vez desde las épocas de la guerrilla liberal del Llano- la subversión encontró una base popular definitivamente sólida. Las Farc descubrieron un respaldo social en la defensa de los campesinos cultivadores de coca, y esa defensa funciona tanto en relación con el Ejército, que busca erradicar los cultivos, como con los narcos, que pueden abusar de los campesinos.
Con los cultivadores de coca las Farc lograron el sueño eterno de la guerrilla, que es el de compartir un enemigo con el pueblo: el Estado. Eso no se lograba desde las primeras décadas del siglo, cuando la guerrilla del Llano compartía con los campesinos liberales el odio hacia el gobierno conservador.
Todo esto no es un azar de la historia. Esa estrategia de lucha fue propuesta por uno de los frentes de las Farc que opera en el Caquetá para una de las últimas conferencias de ese grupo guerrillero, hace un par de años. Y fue aprobada por unanimidad. Además, fenómenos similares a este se registran en ciertas zonas del Perú, donde aún tiene un sólido control territorial la guerrilla de Sendero Luminoso.
Eso para hablar sólo de los ejemplos cercanos. Porque esa misma estrategia, implementada en otras partes lejanas del mundo, ha terminado en auténticas repúblicas independientes manejadas por el narcotráfico, como ha ocurrido en vastas regiones de Afganistán.
Este tema, lo mismo que el del secuestro, debe estar presente en el marco de las negociaciones de paz con la guerrilla si de lo que se trata es de desmontar no sólo el negocio sino el arraigo social de los grupos guerrilleros. Y. por supuesto, también debe estar presente cada vez que el gobierno envía a las zonas coqueras una comisión para negociar las reivindicaciones campesinas, pues cada acta firmada en nombre de la comunidad estrecha aún más los lazos entre el pueblo y la guerrilla.
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