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Opinión

  • | 1996/01/08 00:00

    EL PERSONAJE DEL AÑO

    Entre los candidatos a personaje del año sólo hay uno que congrega en lugar de dividir: Carlos Vives.

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LA HORA DE LOS BALANCES INEVItables de fin de año, y cuando se empieza a hacer memoria de lo que sucedió en el alborotado 1995, surge una lista de nombres obvios para definir el personaje del año, la mayoría de ellos relacionados con el proceso 8.000: el fiscal Alfonso Valdivieso, el general Rosso José Serrano, Andrés Pastrana, Heine Mogollón, Santiago Medina...
Valdivieso es el más popular de todos. El menudo fiscal se ha convertido en el símbolo de la purificación de las costumbres públicas en Colombia, y eso gusta. El equipo de este hombre, al lado del vicefiscal Salamanca e incluso de Sarmiento, el jefe de Fiscalías, aparece como la fuerza élite a través de la cual se puso el dedo en la llaga de la corrupción política en Colombia.
Con mayor razón con un plato suculento como el de la Fiscalía, pues aparte de parlamentarios y ex congresistas tiene como ingrediente central el de la campaña que llevó al poder a Ernesto Samper Pizano.
El representante Mogollón -quien a la hora de escribir esta columna no ha producido su decisión- tiene una aceptación mucho menor que la de los fiscales. Heine es el antihéroe, puesto que la mayoría de la gente asume que sólo quiere favorecer a Samper. Si el fallo es inhibitorio, su categoría como personaje del 95 se limitará a la medida de su papel como presidente de la Comisión de Acusaciones.
Pero si Mogollón decide que sí hay mérito para investigar al Presidente, recibirá una ovación de jonronero que lo pondrá de finalista entre los favoritos de los medios de comunicación como hombre del año.
El presidente Samper, por supuesto, estará en todas las listas, pero es casi seguro que en muy pocas terminará en el primer renglón. Por un lado, porque en Colombia el Presidente figura tanto que lo declaran fuera de concurso por competencia desleal con los demás nominados. Y, por el otro, porque hasta que se produzcan los resultados de las distintas investigaciones contra él, al Presidente le tocó el papel de villano, que lo descalifica como héroe, aunque puede meter en su balance la captura de la cúpula del cartel de Cali.
El general Rosso José Serrano puede ser gran candidato para personaje del 95. Los logros antinarcóticos se los puede escriturar casi solito (de la mano del Presidente y de Fernando Botero), pero es además un hombre simpático y franco que logró además, con su nadadito de perro, una purga ultrarrápida al interior de la Policía.
El general Harold Bedoya, con menos brillo público que Serrano, también va a tener adeptos, aunque los votos van a corresponder mucho más al talante de este recio militar que al balance de sus operaciones militares.
Para algunos, el propio Santiago Medina clasifica a las finales, aunque esto promueve el debate de si un personaje encarcelado amerita estar al lado de los buenos. Pero su canto de ruiseñor enjaulado es atractivo para quienes ya tomaron partido en contra de Samper antes del veredicto de la justicia.
Así se puede seguir, mencionado nombres más o menos destacados en el 95. Pero todos estos tienen a mi juicio el inconveniente de que pueden ser premiados por hacer lo que están obligados a hacer, es decir, cumplir con su deber.
En el caso de otros, su papel protagónico ha tenido más una función de división en el seno de una sociedad que se ha dividido durante este año aún más de lo que estaba. Por esa razón, y a riesgo de ser injusto con destacadas personalidades nacionales, yo me inclino por los colombianos cuvo papel durante este período ha sido más el de unir que el de disociar.
Y Carlos Vives es quien ha cumplido con mayor seriedad, talento y eficiencia con ese objetivo. Cuando se suponía que era difícil alcanzar una meta superior a la que ya había tenido con su producción musical anterior, Vives le demostró al país que tiene mucho más.
El año 1995 termina con un fenómeno sin antecedentes en Colombia. Este músico colombiano llena los escenarios más grandes de cada ciudad como nunca antes se había visto, y despierta un fervor delirante en gentes de dos o tres generaciones, superior al único antecedente conocido: él mismo.
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