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Opinión

  • | 1990/03/26 00:00

    EL PICO

    Un picó es una especie de escaparate con música. Es una pared que suena. Se compone, por lo general, de una mesa rectangular llena de cables, tubos y bujías, en cuya parte superior se pone el disco. Esa es simple tecnología japonesa

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Desde hace varios días me estoy devanando los sesos --que en mi caso, lo reconozco, no son muchos-- en busca de una definición apropiada. O de la mejor manera de explicarle a usted lo que es un picó. O de hacerme entender de aquellos que no tienen la fortuna de conocer ese aparato descomunal e incomparable que ya forma parte de las mejores tradiciones costeñas.

Llamarlo "tocadiscos" sería tan irrespetuoso como poner a Pegaso a arrastrar un arado. Decirle "equipo de sonido" seria desabrido, y además injusto, porque un equipo de sonido se consigue en cualquier lado, pero no conozco el primer Sanandresito donde vendan un picó.

Hasta ahora, la Academia de la Lengua se ha negado tercamente a reconocer la palabra en su diccionario. Eso se debe, según mis sospechas, a que los venerables académicos jamás han movido el esqueleto en una enramada de Turbaco. No saben de lo que se pierden.

En inglés, la palabra pick-up, que parece ser el origen de nuestra búsqueda, tiene varias acepciones. Una de ellas se refiere a un camión pequeño; es decir: a una camioneta. A lo mejor, el picó heredó su nombre del camioncito que se utilizaba para transportarlo de fiesta en fiesta. Eso era antes, porque los picós han llegado a ser tan gigantescos que ahora, para cargarlos, lo que se necesita es una tractomula.

Una amiga mía, que me está ayudando en estas penosas investigaciones de la picología, descubrió que en las modernas discotecas de París se usa el anglicismo pick-up para calificar a los jovencitos galantes que seducen a las clientas. Aqui les dicen gallinazos. Y, por extensión, los franceses también llaman pick-up a esas mujeres que se sientan en los bares esperando que alguien las invite. Aqui les dicen otra cosa.

A ver, pues, si logro explicarme ante los neófitos y las almas virginales. Un picó es una especiede escaparate con música. Es una pared que suena. Se compone, por lo general, de una mesa rectangular llena de cables, tubos y bujías, en cuya parte superior se pone el disco. Esa es la simple tecnología japonesa.

Lo que hace de él una obra de arte es el juego de los amplificadores. Pueden ser dos, diez o veinte parlantes diferentes, y se sabe de algunos que llegan a tener quince metros de altura. La gracia está en el que retumbe más. Cada armario de esos está pintado por artistas populares y según el gusto del dueño: con dibujos de muchachas desnudas, de los jugadores del Junior, de las comparsas del carnaval, de selvas plagadas de tigres y caimanes.

Un picó que se respete tiene más potencia que una emisora de radio. Cuando yo era cronista judicial en las calles de Barranquilla, había un picó, El Gran Pijuán, que se volvió legendario. Debía su fama al hecho insólito de haber tumbado una casa. Lo recuerdo bien porque yo cubri la noticia para "El Heraldo". Era domingo por la tarde. En el barrio Sevillar había un baile. Cuando prendieron El Gran Pijuán fue tal la mandarria de la onda sonora que se desplomaron una pared, medio techo y dos baños.

Las brigadas de rescate de la Cruz Roja llegaron a sacar borrachos de entre los escombros. Lesiones leves, apenas, y la gente siguió su fiesta porque el picó no dejó de tocar ni siquiera cuando el caballete le cayó encima. A aquel episodio, como es obvio, le hicieron versos, le compusieron canciones y fue motivo para unos disfraces de carnaval. Desde ese día, El Gran Pijuán se anunciaba a sí mismo, a través de sus altavoces, como El único picó del mundo que ha tumbado una casa .

Cuando yo era joven, en cambio, el asunto era distinto. En San Bernardo del Viento había un sólo picó, el de mi compadre Lucas Pineda que era muy pobre y modesto. tenía su propia plantica de energía porque en esos tiempos no había luz eléctrica en el pueblo. Se oía a duras penas, y la voz se le iba apagando a medida que se agotaba la gasolina del motor. Para colmo, mi compadre apenas tenía tres discos: dos de Pedro Infante y uno de Alejandro Durán. Estaban tan rayados que la gente bailaba más con el ruido que con la música.

Me he acordado del picó y de sus historias porque en estos días empieza el carnaval de Barranquilla y los picós están atronando en barrios y vecindarios. Salen a la calle los cumbiamberos del torito, los parranderos del congo grande, la comparsa de los gallinazos, las muchachas bonitas, los borrachos incorregibles, los pervertidos que hacen bailar un trompo en el pavimento para tener el gusto de agacharse a cogerlo con la uña, pero no llevan ropa interior y tienen el pantalón descosido.

Y me acuerdo de mi tío Moisés. Se casaba un hijo suyo. Los amigos de San Bernardo del Viento le aconsejaron que fuera a Montería a contratar una orquesta para que el festejo quedara más lucido. Mi tío se negó a buscar músicos con un argumento salomónico:

--Es mejor el picó de Lucas Pineda--dijo, con cara de filósofo.
El picó ni se emborracha ni forma problemas...-
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