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Opinión

  • | 1996/11/25 00:00

    EL PODER PARA QUE

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Hay un estilo de manejar las cosas que, como dicen las señoras bogotanas, me enerva. Se trata de la costumbre de considerar que la responsabilidad del gobierno consiste en permitir que se discutan las cosas entre los distintos sectores para ver qué rumbo toma el asunto, y asumir entonces una actitud frente a esa realidad. En el caso de la administración del presidente Samper ha sido frecuente ese estilo, y la última de sus manifestaciones se vio en toda su dimensión la semana pasada en el debate sobre la extradición que tuvo lugar en el Congreso.Ante semejante tema, el gobierno se hizo a un lado. Es muy posible que no exista ningún otro asunto que despierte más intereses y pasiones en Colombia que el de la extradición. Por temor, por conveniencia, por convicción o por comodidad, la discusión acerca de si se debe enviar o no a los narcotraficantes colombianos a purgar sus penas en Estados Unidos es la más caliente de cuantas se puedan encontrar en lo que ahora se ha dado en llamar la agenda de las prioridades nacionales.Pues resulta que frente a la inminencia del debate sobre la extradición, el gobierno expresó cinco posturas distintas, una por cada uno de los cinco funcionarios que de una manera se refirieron al tema: cuatro ministros y el Presidente. Desde la mención a la falta de oportunidad del debate, pronunciada por el presidente Samper hasta la sí, sí, sí y 10 veces sí del Ministro de Justicia hubo una gama demasiado amplia de mensajes, para un gobierno cuya responsabilidad primordial es la de orientar y conducir.Pero no. El gobierno dejó subir el globo y no consideró su responsabilidad adoptar una postura seria, que habría podido ser cualquiera de las dos: empujar con fuerza la reinstalación de la extradición o atravesarse en su camino con patas y manos.El resultado está ahí. Se dejó el asunto al libre juego de la oferta y la demanda, y tal vez no haya nadie que esté contento con lo que salió de la discusión de la comisión primera. No le gustó al ponente, que terminó votando contra su propio proyecto, no les gustó a los demás miembros de la comisión que lo consideraron enredado en extremo, no les gustó a los abogados de los narcos presos, no le gustó al gobierno y no les gustó a los gringos.Se sabe que hay temor entre los detenidos pues con los debates que quedan por delante, bien puede quedar la norma con retroactividad y sin condiciones. Se sabe que a Estados Unidos tampoco le parece un texto serio, y algunos de sus funcionarios han dicho que si así van a ser los artículos sobre expropiación de bienes y aumento de penas, las sanciones no se harán esperar.Y menos le gustó al gobierno, pues quedó el tema en el filo de la navaja, con la amenaza del terrorismo por haber quedado la puerta de la extradición abierta, y sin complacer a quienes estaban exigiendo el regreso del mecanismo, como Estados Unidos.El peor escenario posible, pero sin nadie a quién echarle la culpa. El artículo quedó como quedó, porque había que sumarle más votos a los ocho que tenía garantizados Luis Guillermo Giraldo desde el comienzo. Y cada nuevo voto se logró mediante la inclusión de un nuevo párrafo en el texto, para llegar a la colcha de retazos que el país conoce.Lo que pasa es que el gobierno no puede, en términos generales, sustraerse de las discusiones sobre temas nacionales, y mucho menos si los temas son claves para el funcionamiento del país. Esta actitud se parece a la adoptada frente al tema de la prórroga de los contratos de televisión para los adjudicatarios, frente al cual el gobierno ha creído que el asunto se puede manejar dejando que el Congreso tramite la solución al problema de uno de los servicios públicos de mayor impacto en la vida nacional.Hay temas sobre los cuales el gobierno no puede no opinar. Es un exabrupto pretender que el Presidente de la República y sus ministros pueden ser observadores pasivos de asuntos sobre los cuales le va la vida a la Nación.Para eso es mucho más fácíl y menos traumático contratar una firma encuestadora y adoptar las decisiones que diga la mayoría. Y para eso no se necesita un gobierno.
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Enrique Santos Calderón cuenta las últimas cinco décadas en Colombia a través de su papel en el movimiento estudiantil de los sesenta, su militancia en la izquierda en los setenta, su pluma en ‘Contraescape’, su oficialismo como director de ‘El Tiempo’ y su relación con el hermano-presidente.

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