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Opinión

  • | 1996/09/30 00:00

    EL REGRESO DE ANDRES

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El regreso de Andrés Por María Isabel Rueda Es hora de que el país le ofrezca una disculpa a Andrés astrana. De que los colombianos, independientemente del color político, analicemos por qué lo condenamos al ostracismo a partir de su derrota política, que se produjo en medio del comienzo del gran escándalo que más adelante se llamaría el proceso 8.000, en el que ni él, ni su campaña -ambos investigados hasta la saciedad por la justicia y por sus enemigos políticos- tuvieron absolutamente nada que ver. Sin embargo, los colombianos lo graduamos en ese momento como ave de mal agüero, por haber sido el receptor original de los famosos narcocasetes, cuya divulgación fue hábilmente manipulada por Ernesto Samper como la prueba de que su contendor era, sencillamente, un pésimo perdedor. Pero si repasamos la historia hacia atrás, y ya es hora de que lo hagamos, tendríamos la obligación de reconocer que en el manejo de esa delicada información Andrés hizo lo que tenía que hacer, y que su única equivocación pudo haberla cometido al final. El miércoles anterior al domingo de las elecciones, Pastrana recibe en Cali los narcocasetes. Después de escucharlos y comprender que lo que insinuaban las conversaciones allí registradas era de extrema gravedad, visita el jueves al presidente Gaviria, quien estaba acompañado por el entonces ministro de Defensa Rafael Pardo, y lo hace depositario de la información, poniendo en sus manos la responsabilidad política de lo que esos narcocasetes pudieran representar para las elecciones presidenciales. El viernes, el ministro Pardo se comunica con Pastrana y le dice que el cotejo de las voces del político Eduardo Mestre, del periodista Alberto Giraldo y de los hermanos Rodríguez indica que son auténticas. Aún así, Pastrana no divulga los narcocasetes, sino que reta públicamente al candidato Ernesto Samper a que jure que bajo su conocimiento no ingresaron dineros del narcotráfico a su campaña. Samper elude la respuesta hasta el día siguiente, cuando presionado por las cámaras de televisión sencillamente responde que para eso nombró un fiscal ético en su campaña. El domingo por la noche, una vez conocidos los resultados electorales, Andrés se dirige al país reconociendo su derrota, y en ella advierte que le queda el consuelo de que de su campaña estuvo totalmente ausente cualquier dinero del narcotráfico. Al día siguiente, lunes, los periodistas le preguntan qué quiso decir con esa frase. El sencillamente responde: "Pregúntenle a Ernesto Samper". Para algunos observadores políticos, hasta ahí debió haber llegado el papel del candidato perdedor en el espinoso tema. Pero cuando los medios de comunicación, el martes inmediatamente siguiente, comienzan a divulgar a cuentagotas el contenido de los narcocasetes, en los que también aparecía mencionado el intento de los narcotraficantes de meterle dinero a la campaña pastranista, Samper hábilmente pone ese punto en el tapete, y Andrés, retado en su honor, organiza la controvertida rueda de prensa (y muy probablemente su equivocación táctica mayor) en la que toma la decisión de divulgar el contenido de las cintas. Eso ocurrió dos horas antes de que Colombia, enfrentada a un partido por la copa mundo contra Estados Unidos, sufriera una dolorosa derrota futbolística que puso al país en un estado de ánimo pésimo, unido al que habían dejado en la opinión esa misma tarde las confusas, pero gravísimas, insinuaciones de los narcocasetes acerca de la campaña del nuevo Presidente de Colombia. De este cronograma, lo único que podría reprochársele a Andrés es haber cometido el error de involucrarse en la divulgación personal de los narcocasetes. La razón es que nadie creía que su contenido pudiera ser verdad, pero en cambio, pensamos equivocadamente que retrataba a Andrés como un político inmaduro, malcriado y carajito. La película del 8.000, que por cuenta de los narcocasetes comenzó por el final, habría de desarrollarse posteriormente ante la incredulidad del país confirmando lo que en ellos se revelaba. Pero Andrés ya estaba condenado. Hasta lo acusamos -desde esta misma columna- de estar calumniando a la patria en el exterior. Y él, seguramente desconcertado por la reacción que la divulgación de las cintas había creado en su contra, se dedicó a pedir la renuncia de Samper cada vez que esporádicamente se le abrían los micrófonos de los medios, con lo que remató la impresión de que su situación era sencillamente la de un pésimo perdedor. En los últimos días, recuperada parcialmente su serenidad por cuenta de la fuerza de los acontecimientos, Andrés ha comenzado un tímido regreso a la arena nacional. Se ha puesto a la cabeza de un proceso de oposición a la reforma constitucional que actualmente cursa en el Congreso, ha reanudado una correría nacional para retomar contactos con líderes locales, está concentrado en la tarea de hacerle nuevos planteamientos políticos al país, y ha conminado al Presidente para que fije claramente su posición frente al tema de la extradición, sobre el cual se ha salido por la tangente con la frase de cajón de que el tema "no está en la agenda del gobierno". Las encuestas aún le son tremendamente desfavorables, pero no lo suficiente como para sugerir que tiene liquidado su futuro político. Mantiene un 23 por ciento de imagen positiva (según encuesta de mayo de la firma Yankelovich) y un 26 por ciento de imagen regular, en el que podríamos denominar todavía uno de sus peores momentos políticos. Su aceptación se da entre el 25 por ciento de los colombianos que siempre vota, mientras que el otro 25 por ciento de los colombianos que a veces vota parece estarse inclinando por su contendora: Noemí Sanín. Pero fue en esta última franja donde Andrés logró una fuerte votación en las elecciones del 92, por lo que no es improbable que allí logre reconquistar a un grueso de votantes, si a partir de ahora la gente realmente recibe el mensaje de que Andrés regresó, de que está haciendo política, y de que tiene propuestas distintas a la de la simple renuncia de Samper.
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