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Opinión

  • | 2005/01/16 00:00

    El santanderismo bolivariano

    El gobierno colombiano miente porque tiene que mentir, como lo haría cualquier gobierno. Y miente también el gobierno de Chávez

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En el caso de la captura ilegal -que otros llaman secuestro- del guerrillero Rodrigo Granda en Caracas, y su posterior entrega y detención legal en Cúcuta o en cualquiera otro lugar del territorio colombiano, se han derramado lágrimas de cocodrilo, se han dado golpes de pecho y sobre todo se han vertido ríos de babas y mentiras, a un lado y a otro de la frontera. Deje- mos tanta hipocresía. Las policías secretas de todos los países realizan operaciones encubiertas y pagan recompensas poco santas en el mundo entero. Lo hacen -en mayor o menor medida- los países democráticos y los dictatoriales, los de izquierda y los de derecha, los laicos y las teocracias. Lo han hecho Fidel y Carter, De Gaulle y los ayathollas. Las policías secretas y las operaciones encubiertas son secretas y encubiertas, precisamente, porque no son legales. Violan el territorio, mueven dinero negro, usan documentos falsos, sobornan, etc. Por 'razones de Estado' se olvidan de la legalidad y se mueven en espacios de actuación que la muy flexible moral humana llamaría 'ilegales pero justos'. Quienes actúan o fingen actuar legalmente son los ministros de exteriores, los embajadores o los comandantes de policía muy visibles. A ellos les toca negar a rajatabla todas las operaciones encubiertas e ilegales que muy bien saben que existen. Y mienten para las cámaras y para la prensa, porque ese es parte de su oficio. Para comentar el caso de la captura ilegal del 'canciller' de las Farc en Caracas, el columnista Antonio Caballero -al defender la tesis del 'crimen de Estado' en el caso de Granda- puso el ejemplo de Eichmann, el criminal nazi secuestrado por Israel en Argentina. Caballero, que tiene tan buen oído, pone un mal ejemplo para defender su tesis, pues si alguna operación encubierta es típicamente ilegal, pero nada injusta, es la de la captura en otros territorios de genocidas nazis. Si hoy Estados Unidos capturara en cualquier territorio del mundo al terrorista Ben Laden, es cierto que la captura sería ilegal, pero pocos se atreverían a decir que es injusta. La moralidad humana suele ser muy tolerante cuando se trata de defender los propios puntos de vista, y muy rigurosa cuando juzgamos las actuaciones de nuestros enemigos. Vamos a suponer que en este momento el presidente de Colombia fuera Lucho Garzón, el alcalde de Bogotá. Como es un gobernante de izquierda, estaría enfrascado en un generosísimo proceso de paz con las Farc y al mismo tiempo estaría persiguiendo a sangre y fuego a los criminales de las AUC. Supongamos que al mismo tiempo gobierna en Venezuela una especie de gusano ultraderechista de Florida y que Mancuso asiste libremente a congresos falangistas en Caracas, con cédula venezolana. Como Garzón quiere juzgar a Mancuso en Bogotá por sus horrendos crímenes, organiza una operación encubierta, les unta las manos a algunos militares ex chavistas y consigue que le entreguen -ilegalmente, claro- a Mancuso en la frontera. En tal caso, los santanderistas de la ley no serían los bolivarianos (que se están rasgando las vestiduras por esta violación legal) sino los otros. Hoy es al revés, claro. El gobierno colombiano miente porque tiene que mentir, y como lo haría cualquier otro gobierno. De dientes para afuera los gobernantes son siempre respetuosos de las leyes internacionales. Y miente también el gobierno de Chávez al ocultar que, por favorecer al ala más extremista del movimiento bolivariano, ha tenido una política de gran tolerancia con el ala menos militar de la guerrilla colombiana. Por eso hay guerrilleros que se pasean por las calles de Caracas y a veces hasta los nacionalizan. Y si la policía secreta de Chávez hiciera una operación encubierta en Bogotá y se llevara en el baúl de un carro, hasta Maracaibo, a un peligroso conspirador antichavista que la policía colombiana tolera en sus calles, también nuestros ministros y diputados se rasgarían las vestiduras por el acto inamistoso de Caracas, y los ministros de Chávez, a su vez, jurarían por sus santas madrecitas que la captura ocurrió en el calor de Maracaibo y no en el frío de Bogotá. El gobierno colombiano no cayó en este caso en un acto de horrenda injusticia -como ha hecho otras veces con desapariciones y ejecuciones sumarias- sino en un acto de guerra contra los enemigos del Estado. Y por eso las Farc, que durante decenios han jugado con candela, no pueden ponerse ahora de santanderistas a exigir que, cuando los combatan, lo hagan con pañitos de agua tibia. Yo considero un avance que a los guerrilleros los estén juzgando los tribunales y no que los estén desapareciendo los tenientes.
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