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Opinión

  • | 2006/07/15 00:00

    El síndrome de Alan García

    Todos los que creían que después del fracaso del Caguán, la vida pública de Andrés Pastrana a los 50 años se iba a reducir a ‘Nohra, los niños y yo’, puede que estén muy equivocados

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Alan García es considerado unánimemente el peor Presidente en la historia del Perú. Pero por ese dicho de corte 'pambeliano' que indica que es mejor malo conocido que bueno por conocer, resultó reelegido, y en los próximos días se posesionará por segunda vez como Presidente de su país.

Por las mismas anda Alberto Fujimori, que en el momento de la reelección de García tenía más popularidad que él en las encuestas. Fujimori tuvo que volverse otra vez japonés y casarse con una japonesa para que no lo metieran a la cárcel, y está aspirando nuevamente a la presidencia.

El caso sirve para patentar un fenómeno que podríamos bautizar, en homenaje al reincidente Presidente peruano, pero que no lo afecta exclusivamente a él: es más popular de lo que se cree. Lo llamaremos 'el síndrome de Alan García', y consiste en que mandatarios profundamente cuestionados por su desempeño presidencial creen que a la vuelta del péndulo político la opinión los habrá perdonado y que no se puede por ello descartar la posibilidad de hacerse reelegir, con un poco de paciencia.

Tal cual está sucediendo con Andrés Pastrana. Aunque es cierto que su retiro de la Embajada en Washington se produjo por la indignación personal que le causó el nombramiento de Ernesto Samper como embajador en Francia, suspicaces observadores de la política no descartan que entre sus intenciones esté la de regresar a hacer campaña política para una eventual reelección. Es más: yo diría que desde que Pastrrana dejó de ser Presidente, no ha pasado un día en el que no haya pensado en volver a serlo. Y con el estreno de la reelección, por lo menos ya tiene el camino constitucional despejado, y su gente ha comenzado a ambientar la cosa, aprovechando el golpe de dignidad política que dejó evidenciado con su renuncia.

El caso de Andrés Pastrana, sin embargo, no es tan grave como el de Alan García, quien dejó quebrado el país y en manos de la guerrilla. Pastrana dejó el país en manos de la guerrilla, pero no quebrado. Aunque en términos estadísticos, su desprestigio es aun mayor que el de Ernesto Samper, lo cual no deja de ser una curiosidad nacional.

No sé si Andrés lo logre, pero hay otros muchos ejemplos de reencauches inverosímiles.

El presidente norteamericano Harry Truman, por ejemplo, se hizo reelegir después de que estuvo políticamente liquidado. Este provinciano que arrojó dos bombas atómicas y que llegó a ser el Presidente menos respetado de su país, le ganó a Thomas Dewey, y es famosa la foto en la que sale, carcajeándose, con la primera plana de un periódico que anunciaba: 'Dewey, President'. Claro: en ese momento no había encuestas.

El general Perón tuvo que ser derrocado por una junta militar porque su populismo fascista dejó a Argentina en la ruina, derrotando la leyenda de que el país no se podía hundir por cuenta de sus recursos agrícolas inagotables. Veinte años de exilio en España y una nueva esposa cabaretera en reemplazo de Evita le permitieron volver a ser Presidente con un eslogan que si no hubiera sido utilizado de verdad, parecería una solemne calumnia: "Ladrón o no ladrón, queremos a Perón".

Algo parecido pero menos ofensivo sucedió en Colombia con Rojas Pinilla. Fue un dictador benévolo cuyos actos de corrupción recayeron principalmente en unas tierritas con ganado que le regalaron por allá en Melgar. Cayó como un dictador corrupto, tumbado por quien por estos días se conmemora un centenario de su nacimiento, Alberto Lleras Camargo. Doce años después casi lo reeligen, aunque hay quienes sostienen que en realidad lo reeligieron, secreto que se llevó a su tumba el célebre registrador de entonces, el 'Tigrillo' Noriega.

Así que todos los que creían que después del fracaso del Caguán, la vida pública de Andrés Pastrana a los 50 años se iba a reducir a "Nohra, los niños y yo", puede que estén muy equivocados. Por lo menos así piensan los pocos seguidores que lo han acompañado en su exilio.

Pero lo grave no es eso. ¿No será que en este mismo juego están Ernesto Samper y su esposa Jacquin, que, afectados por el síndrome de Alan García, también están creyendo que no hay presidente, por malo que haya sido, que no sea susceptible de reencaucharse?

ENTRETANTO… ¿Tendrá la nueva canciller María Consuelo Araújo la paciencia y la constancia que tuvieron sus dos antecesoras, Noemí Sanín y María Emma Mejía, para aprender todo lo que no sabe acerca de su nuevo cargo? Porque 'boleando pelo' no se manejan las relaciones con Venezuela…
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