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Opinión

  • | 2003/12/21 00:00

    El sonámbulo de Tikrit

    Estados Unidos se esforzó por dar un mensaje con la captura de Saddam Hussein. Pero el mundo recibió otro. Ahora de lo único que se habla es de los desastrosos resultados de la guerra y del poder de las imágenes. Sobre el tema escribe Fernando Estrada Gallego, director del Centro de Estudios Regionales de la UIS.

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Entre la estatua arrastrada por las calles de Bagdad tras el ingreso de las tropas aliadas y el anciano piojoso mostrado ante el mundo, como Saddam Hussein, media una ruta hiperbólica del poder que deja la extraña sensación del alivio procurado por un cosquilleo. Si cree el gobierno Bush que el viejo decrépito encontrado en una fosa representa un trofeo de guerra contra el sistema de inteligencia del terrorismo, está equivocado.

El hallazgo de un anciano diezmado en un refugio de cucarachas y murciélagos, no le dice nada al mundo que contraríe su indignación sobre los desastrosos resultados de una guerra a todas luces mal planificada. Luego, los cantos de victoria de la administración Bush sólo convencen a la novelería.

Cierto que desde Clausewitz, las condiciones de toda guerra extrema contienen un efecto simbólico. CNN tiene tanta capacidad de poder, como ejércitos una nación poderosa. Mostrar a un anciano con ese rostro paranoico, devela un motivo de victoria propio de las nuevas guerras. Un vencedor que necesita persuadir masivamente sobre su omnipotencia y un vencido que se debe reducir hasta lo infrahumano. Pero las cosas no son así para todo el mundo. Y es posible advertir que lo expresado por la soledad del dictador Hussein, refleje más bien qué tan insignificante era ya para la propia causa insurgente del terrorismo. Una soledad propia del formidable ensayo novelado del Otoño del Patriarca.

También tiene sentido afirmar que la inteligencia militar de las tropas aliadas puede por fin liberar uno de tantos fracasos. Los severos desaciertos y las complejas condiciones de su misión entre gente que comenzaba a detestarlos, odiarlos y atacarlos se ven compensados por un momento de respiro. La relación más cercana con la población local y el despliegue de mayor estrategia dirigida contra los objetivos militares han ayudado considerablemente. La conquista del laberinto del dictador y su parafernalia ante los medios, es un paso importante. Pero sólo uno.

Si como hemos referido, Hussein estuvo abandonado a su suerte sin grandes redes de apoyo a su alrededor. Cuando el informante pudo traicionarlo como una rata, no resulta complicado derivar que los contactos del dictador con los insurgentes iraquíes fue casi nula. Sólo y acompañado por un maletín con papeles (dólares) inútiles, el viejo decrépito, Hussein, había perdido toda noción de tiempo y lugar. Lo que permite especular que el hombre que mostraron las cámaras no era en verdad, Saddam Hussein, sino un sonámbulo, el sonámbulo de Tikrit. Por este motivo el principal efecto del escándalo armado por Bush, es darle al mundo un tratamiento psicológico. Masificar las imágenes de un sonámbulo que abre su boca impotente ante el médico es parte del teatro. Veamos más allá, detrás de cámaras.

Probablemente en Irak los brotes de insurrección bajarán gradualmente durante un tiempo. Estamos lejos de una estrategia por bloques de los comandos terroristas en las calles de Bagdad. Pero los golpes puntuales contra blancos estratégicos no pueden descartarse. Ahora veremos cómo las tropas aliadas pueden servirse de esta coyuntura para avanzar políticamente, y de qué manera, una injustificada invasión militar da lugar al empoderamiento que deben tener los iraquíes sobre su propio destino. La guerra perdida políticamente expande ahora una oportunidad psicológica. Un paso en falso sobre la fase de reconstrucción que el propio pueblo iraquí debe dar, significaría postergar indefinidamente un conflicto infernal contra el terrorismo.

Haber encontrado a Saddam Hussein no es entonces suficiente. La campaña que tiene que darse en el terreno de la política está por verse. Ahora todas las tropas aliadas tienen el compromiso de preparar con cálculo su retirada. Asunto más complejo que la invasión. Forjar unas condiciones adecuadas para confiar en un sistema político distinto al que reinaba con el dictador, y a la vez interiorizar la propiedad con que un pueblo fragmentado pueda rehacerse, es el desafío.

Clausewitz repetía que la guerra era una expresión de la política por otros medios. Una concepción que supuestamente ha llevado a interpretar las dos caras de una moneda en este caso. Si la captura de Hussein puede tomarse como un logro militar, el siguiente paso es político. O viceversa.

El gobierno Bush ha demostrado insensatez desde el origen del conflicto iraquí. Ese aire imperial le puede costar demasiado. Parte del pueblo iraquí experimenta rencores contra los países aliados. Contra la ONU.

¿Cómo reorientar un adecuado manejo político sin manipulación? ¿Cómo integrar a las tribus minoritarias a fin de contener eventuales brotes de resentimiento colectivo que lleven a más terror? Si la peor parte de la guerra tiene fracasos de índole militar, ¿Pueden los militares ser los más influyentes en el destino de Irak?

En la extensa región del mundo árabe, confluyen variadas zonas distintas con semejantes convicciones. La tarea por delante en Irak impone cuanto menos tres tipos de orientación. Primero, el fortalecer progresivamente una gran inversión de capitales que puedan facilitar la reconstrucción de la infraestructura del país. Segundo, elevar los niveles básicos de empleo y, tres, fomentar una mayor estabilidad política e institucional. Los tres tipos de orientación corresponden a criterios válidos para el cambio político de sociedades en crisis. Algo observado hace cincuenta años por Samuel Huntington.

Los problemas de Irak no se encuentran por debajo del subsuelo. La captura del sonámbulo de Tikrit lo que pone de relieve, es la relativa diferencia entre una caricatura y una fotografía. El problema político sigue pendiente.

*Director del Centro de Estudios Regionales CER. Universidad Industrial de Santander
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