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Opinión

  • | 2019/06/04 21:03

    El testigo

    Las noticias diarias nos acostumbraron a ver nuestra guerra con la banalidad de un espectáculo televisivo. La verdad se nos convirtió en ficción y nos blindamos contra el dolor. Seguimos mirando a otro lado mientras nos roza la muerte (y ahí está el asesinato de líderes sociales). Mucho peor: interiorizamos la negación al dolor. No nos hicimos fuertes para superar la tragedia sino para acomodarnos en ella.

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A la entrada al Museo Claustro San Agustín el par de niños, de entre 5 y 7 años, no paraban de saltar y gritar. La mamá trataba infructuosamente de disciplinarlos. Intenté adelantarme, pero el tumulto lo impidió. Era domingo por la tarde y me sorprendí al ver a tanta gente observando El testigo, una muestra de 557 fotografías del conflicto nacional tomadas por Jesús Abad Colorado López durante estas últimas décadas.

En el primero de los cuatro salones que alberga la exposición hay, al centro, una enorme instalación del artista Miller Lagos: un par de árboles construidos con toneladas de papel periódico que estos niños “hojearon” como si fueran las Páginas Amarillas. No pude evitar mirar a la madre con reproche. Tenía los ojos aguados. Los niños lo notaron. “¿Qué te pasa?”, preguntó uno de ellos. “Este país… “, dijo ella sin terminar la frase. Frente a nosotros estaba el retrato de una niña desplazada de Puerto Alvira que abraza y besa con ternura a una gallina. La ficha cuenta que la mamá le pidió que dejara todas las pertenencias en la casa y ella le preguntó “¿Puedo llevarme la pollita?”.

Pude recorrer con tranquilidad el siguiente salón, más espacioso. Los murmullos habían dado paso al silencio y el desasosiego. La mayoría de rostros a mi lado eran de tristeza, a veces rabia, a veces sorpresa: Abad Colorado ha embellecido el horror con su lente, pero ha dejado intacta la espeluznancia de la guerra. Al salir del siguiente salón me topé de nuevo al par de niños jugueteando en el pasillo. La mamá estaba sentada en una banca con la mirada de agobio perdida en los cerros bogotanos. La miré y ella hizo como que no me vio, pero me preguntó, como si necesitara una respuesta urgente: “¿Dónde estábamos cuando pasó todo esto?”. Contesté: “Aquí, en Bogotá”.

Las noticias diarias nos acostumbraron a ver nuestra guerra con la banalidad de un espectáculo televisivo. La verdad se nos convirtió en ficción y nos blindamos contra el dolor. Seguimos mirando a otro lado mientras nos roza la muerte (y ahí está el asesinato de líderes sociales). Mucho peor: interiorizamos la negación al dolor. No nos hicimos fuertes para superar la tragedia sino para acomodarnos en ella.

Esto escribió Anna Ajmátova, la destacada poeta rusa: “En los terribles años de Yezhov hice fila durante diecisiete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me "reconoció". Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con el frío azul en sus labios y que, evidentemente, nunca había oído mi nombre, despertó del desasosiego habitual en todas nosotras y me preguntó al oído (allí todas hablábamos entre susurros): ¿Y usted puede describir esto? Y yo dije: Puedo. Entonces algo similar a una sonrisa se asomó en lo que una vez había sido su rostro”.

Al salir del claustro nos queda una leve sonrisa al constatar que en Colombia están pasando cosas buenas. Poco a poco, pero están pasando: la exposición hiere justo en ese punto del nervio que escalofría, hace chillar y nos da permiso para sentir. Como cuando comenzamos a despertar de una profunda anestesia y estamos todavía tan adormilados que apenas somos capaces de preguntar “¿Todavía estoy vivo?”.

@sanchezbaute

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