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Opinión

  • | 1986/03/03 00:00

    EL TURPIAL

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El otro día, en los periódicos y la radio, divulgaron una noticia que me produjo una emoción profunda y duradera. Me reconcilió con el género humano y supongo que a la demás gente le ocurrió algo parecido. Me refiero, naturalmente, al impresionante caso del jovencito Garza.
Era mexicano. Un chicano de los que viven en la frontera con Estados Unidos. Un hijo de esos emigrantes que cruzan ilegalmente de territorio en busca de trabajo y comida. Bellas tierras las de esos parajes: el desierto de Sonora, la música de Nuevo Laredo, los caballos briosos de San Diego.
Tenía el muchacho una cara largirucha, pecosa, salpicada de espinillas. No era apuesto. Se le veía, por el contrario, el aspecto doloroso de un seminarista pálido y lánguido. Pero es que la fuerza del alma va por dentro, como la mandarria de los huracanes, y a veces no se nota. No había nada más frágil, por ejemplo, que Simón Bolívar. Y ahí tienen ustedes. Omaira parecía indefensa en medio del barro de Armero, y sin embargo murió con la entereza pintada en la cara. Los campesinos de mi tierra, que son sabios, dicen, a propósito del tema, que el acero viene en barras y la espuma, en cambio, es voluminosa.
Garza se enamoró de una compañera de colegio, gringa ella, casi tan feucha como él, de dientes saltones y pelo desteñido. Tenían 15 años. A los 15 años ningún hombre es desmirriado y ninguna mujer es fea. A esa edad el corazón pesa más que los ojos.
Una tarde, al regresar de la escuela, Garza le dijo a su madre que iba a morirse para que pudieran transplantar su corazón a la chica, que estaba al borde de la muerte. Después que pasó lo que pasó, y la casa se llenó de gente y de lágrimas, la madre dijo a los periodistas que a ella le parecieron cosas de muchacho enamorado. Como en las malas novelas. Como en los dramas de la televisión.
Pero Garza se murió en serio. Lo fulminó el estallido de una arteria cerebral. La cabeza le quedó inundada de sangre. El corazón, que era lo importante, estaba como acabado de estrenar. Lleno de vida y de amor. Más de amor que de vida, según indican los hechos, y se lo pusieron en su pecho acongojado a la gringa de las pecas y el pelo color de fique.
Estas cosas -pensaba yo- ya no suceden en el mundo. La gente se muere de infarto, de cáncer, de vieja, de accidente de tránsito, pero no se muere de amor, como en los tiempos de Romeo y Julieta o como en las noches desgarradas en que Penólope esperaba el regreso de Ulises, tejiendo y destejiendo, mirando el mar más allá de sus lágrimas.
Enseguida me acordé del turpial que tenía en San Bernardo del Viento la señora Josefa Julia Calonge de Corrales, en una casona solariega, llena de ramas de cerezo y ventanas que daban a la calle. El turpial gordo y pesado como suelen ser los pájaros de su especie, era de un reluciente plumaje amarillo y negro. Era torpe. Trataba de beber agua en una latica que le pusieron en su jaula gigantesca, y lo único que hacía era derramarla. Pretendía picotear pedacitos de banano, y lo que lograba era atragantarse y untarse hasta la coronilla.
Pero cantaba como los dioses. El concierto empezaba cuando iba despuntando el día. El pueblo entero se acostumbró a que el turpial hiciera las veces de reloj despertador.
-Levántate ligero-me decía mamá, tirando de las sábanas- que ya cantó el pájaro de Josefa Julia.
Salíamos entonces camino a la escuela. Nos deteniamos a mitad de la ruta para contemplar, durante unos minutos, el espectáculo de aquel animal viejo, casi tan grande y gordo como un gato, saltando torpemente para columpiarse en las tablas que bailaban en la jaula. Y cantaba sin cesar, cantaba siempre, con su flauta de vidrio atravesada en la garganta.
Hasta que un día se escapó la turpiala compañera, la que vivía con él, y era esbelta y gallarda, con un pico rosado y una juventud que se le notaba en el brillo de los ojos. Josefa Julia, acosada por las preguntas de los muchachos, confesaba que la pajarita se fugó con un azulejo que vino a cortejarla cerca de la ventana, un azulejo atlético y de largas patas elegantes.
Al día siguiente no se despertó el carnicero, ni tampoco la vendedora de leche, la señora Ramona no cocinó las arepas del desayuno ni los alumnos nos percatamos de la hora. El pueblo siguió durmiendo por la sencilla razón de que el turpial no cantó. Ni volvió a cantar jamás. Se aculó contra un rincón de la jaula, olvidados los columpios y el banano y abandonada la lata del agua, y volteó la cara para el lado interior de la casa de modo que, desde la calle, nadie pudiera darse cuenta de que estaba llorando.
No comió. No saltó. No cantó. Murió una semana después. "De hambre", dijo Josefa Julia, pero en pueblo todos sabiamos que había muerto de amor. La vida no volvió a ser la misma desde entonces. Y en San Bernardo del Viento nunca más se vio otro turpial. Ni la gente quiere verlo, por supuesto...
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