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Opinión

  • | 2019/07/10 00:59

    El uribismo y el espejo retrovisor

    El uribismo como expresión política es una peste. Sin Uribe el proyecto paramilitar representado por Castaño y Mancuso no habría tenido vida. Aún más: no habría tenido la oportunidad de gestarse y, por lo tanto, el narcotráfico, que lo alimentó económicamente y desató toda esa historia de sangre que el país conoce, no habría llegado hasta donde llegó.

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Ni el paramilitarismo es un asunto del pasado ni la muerte de líderes sociales es un hecho reciente. Ambos están ligados a la historia de Colombia. Ambos están asociados a los intereses particulares de pequeños grupos con poder. Las FF.MM. han contribuido, sin duda, al desarrollo de este fenómeno. Que el exgeneral Montoya sea hoy investigado por ser uno de los oficiales de alto rango con mayores implicaciones en esa directriz llamada falsos positivos no debería sorprender a nadie. Tampoco que el departamento de Córdoba sea la cuna (al igual que Antioquia) de esa desgracia. 

Hace unos meses, Daniel Coronell aseguró en Barranquilla, en la inauguración de la maestría en periodismo de la Universidad del Norte, que Álvaro Uribe era el culpable del 90 por ciento de los problemas del país, y hace unos años Antonio Caballero escribió que “no es por ser uribistas que la justicia persigue a tantos uribistas, sino porque muchos uribistas son proclives a delinquir”. Si hiciéramos una lista de los exfuncionarios y cercanos a esta colectividad involucrados en actos delictivos, no alcanzaría el espacio de este artículo para nombrarlos. Si hiciéramos una lista de los fugados de la justicia y sus respectivos delitos, entonces lo expresado por Coronell y lo escrito por Caballero tendría todo el sentido del mundo. 

El uribismo como expresión política es una mierda. Sin Uribe el proyecto paramilitar representado por Castaño y Mancuso no habría tenido vida. Aún más: no habría tenido la oportunidad de gestarse y, por lo tanto, el narcotráfico, que lo alimentó económicamente y desató toda esa historia de sangre que el país conoce, habría sido solo un aborto. O, en el menor de los casos, un muchacho mal nacido. Pero no: el paramilitarismo emergió robustecido, con todas las cualidades mortales de la serpiente al nacer. Sin Uribe, Pablo Escobar no habría tenido la oportunidad de convertirse en el capo del narcotráfico más celebrado del planeta, según lo expuesto por Virginia Vallejo. Sin Uribe, las aeronaves del mítico bandido no habrían podido aterrizar (atiborradas de dólares) y despegar cargadas de cocaína desde sus haciendas, según alias Popeye. Sin Uribe, la reelección inmediata de presidentes no habría producido todos esos hechos de corrupción en el Congreso, convirtiendo el legislativo en el “nido de ratas” que crea leyes para beneficio propio y de algunos amigos. Sin Uribe, el DAS no se habría convertido en una agencia de delincuentes y las interceptaciones ilegales a magistrados, periodistas, opositores y otros enemigos del Gobierno no serían parte de los ocho años de infamia que vivió el país. Sin Uribe, los asesinatos selectivos de jóvenes para hacerlos pasar por guerrilleros dados de baja en combate (cinco mil, según los estudios más optimistas) no se habrían producido jamás.

De manera que asegurar que este señor es el culpable del 90 por ciento de los problemas que hoy agobian al país no es una exageración sino la evidencia de un hecho que, como el sol, no se puede tapar con una mano. Decir, pues, que Uribe es el mayor corruptor del sistema democrático de Colombia es una afirmación “tibia”, ya que no solo corrompió a las Fuerza Armadas, haciéndolas parte de un proyecto delincuencial para asesinar jóvenes que “no estaban recogiendo café”, sino que convenció con mentiras a un gran porcentaje de ciudadanos (con la ayuda de algunos medios de comunicación) de que él era el líder que el momento histórico por el que atravesaba el país necesitaba.

El resultado de ese liderazgo está a la vista de todos: una Colombia más desigual, 30 millones de pobres, 10 por ciento de la población sin trabajo formal y el regreso de un desangre que ya creíamos superado. A esto habría que agregarle los estragos de un sistema de salud hecho caca por los intereses políticos, un ranking de desplazamiento que superó a Siria, con casi 8 millones, unos niveles de corrupción que tienen al Ejército de Colombia contra la pared y en la Casa de Nariño al único presidente en la historia democrática de esta nación con ‘jefe inmediato‘. Nada más ridículo, por supuesto, pero este país es ridículo, conservador y tarado, pues no solo tiene la tasa de pobreza más alta del Cono Sur, no solo tiene la gasolina más cara de la región y del mundo, a pesar de ser productor de hidrocarburos, no solo tiene un salario básico pírrico (muy por debajo de la inflación), sino que somos uno de los países más felices del planeta.

Uribe no solo tiene casi 400 investigaciones abiertas en la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, no solo se le acusa de paramilitarismo y de estar detrás  de otros actos delincuenciales como la compra de votos de algunos congresistas para su reelección, de ser el promotor de una Ley 100 que hizo agua la salud de los colombianos, pauperizó los ingresos de los más pobres y estuvo a punto de privatizar la universidad pública, sino que también fue uno de los mandatarios que más privatizó empresas del Estado: 50 en total, según una nota de 2010 de Caracol Radio. Pero, para algunos, el problema de este país sigue siendo la guerrilla y una izquierda política que jamás ha sido inquilina de la Casa de Nariño.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

(*) Profesor universitario y magíster en comunicación.

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