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Opinión

  • | 2002/12/16 00:00

    El viejo, el burro y el niño

    En el artículo sobre Diego Londoño White yo no pregonaba el odio, sino todo lo contrario, los derechos de todo ser humano

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Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: "Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo". Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba:

"Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho". Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: "Qué abuso, pobre burrito con semejante peso". Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: "Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan". La moraleja es obvia: haga uno lo que haga, la gente siempre encontrará motivos para criticar sus actos.

Hace un par de semanas escribí un artículo con una intención que, al menos para mí, era evidente: protestar por un asesinato. Ahí decía que nada justifica esa falsa justicia despiadada que consiste en quitarle la vida a un ser humano, haya hecho lo que haya hecho. Después supe que los familiares de la víctima estaban muy adoloridos con lo que yo había escrito, porque al defenderlo había recordado algunas de las imputaciones que se le habían hecho en los últimos años. No me las inventé (circulan en libros, en periódicos, y en leyendas metropolitanas); tampoco las cité por molestar a nadie, ni por añadirle dolor al dolor. Como no eran nuevas, las señalé para resaltar que, fueran ciertas o no, ninguna justificaba lo que le habían hecho a la víctima.

La hija de Diego Londoño White, en carta a esta revista, opina que en mi comentario "hay más sevicia y barbarie que la que pretende descubrir y criticar el autor". Es decir, que mi artículo es más bárbaro y cruel que las balas, y más duro que los nueve años que pasó en la cárcel, según la familia sin haber cometido ningún crimen. Me parece absurdo que esas palabras mías puedan ser peores que el asesinato, pero entiendo que esta frase de Manuela Londoño la dicta el dolor filial, y en casos así no se puede exigir una lógica perfecta. Luego agrega: "Con ejemplos de periodismo como el de este artículo jamás se alcanzará la paz en Colombia. Ojalá algún día siembre semillas diferentes a las del odio que pregona en su artículo". Para mí era evidente que yo no pregonaba el odio, sino todo lo contrario, los derechos de todo ser humano. Si así no lo entendió la familia, lo lamento de verdad y creo que no me entendieron.

Además de esta carta publicada por SEMANA, recibí privadamente cartas y comentarios en los que se me atacaba por haber defendido a alguien que, según estas personas, por su pasado, no se merecía ninguna piedad ni defensa. Señalaban acciones que no voy a repetir, pues no me constan ni me interesan y probablemente no son ciertas. En realidad, con alguien que ha muerto asesinado, y sobre todo con su familia, uno debería callarse todo juicio, y no invocar viejos fantasmas. Yo aludí a lo que numerosos periódicos y personas habían dicho: la vinculación de la víctima con delitos muy graves. Su familia me aclara que él nunca fue condenado por secuestro, y que su única condena (por una infracción menor de drogas) estaba siendo examinada en tercera instancia, por lo que no se puede considerar definitiva. Uno de sus abogados me aclara también que la Fiscalía le había ofrecido "perdón y olvido" a cambio de informaciones. Que él había ayudado, pero no le cumplieron, y por lo tanto no obtuvo ni el perdón ni el olvido, en lo que para ellos fue un engaño de la Fiscalía.

Creo que estas observaciones son válidas. Ni como periodista ni como persona tengo pruebas del delito de secuestro, y la justicia colombiana no condenó nunca a Diego Londoño White por este crimen. En este sentido (así fuera para protestar por su muerte), le di voz a historias que no me constan. Acepto la crítica, aunque me doy cuenta de que, así, es prácticamente imposible escribir sobre cualquier tema, pues casi nada nos consta personalmente. Hasta el artículo más bien intencionado se puede interpretar de una manera sesgada, forzando la lógica y tergiversando los argumentos. Repito la sustancia de lo que dije: no se restablece ninguna justicia cometiendo la barbarie de matar o de mandar matar. Eso era lo fundamental, y no escarbar en la herida o en el dolor de la familia. Confío en que esta aclaración mitigue ese dolor. Aunque aumente la rabia de quienes protestaron y amenazaron porque yo defendí a alguien que, para ellos, era un criminal.

Algunos refieren otro final para la fábula del viejo, el burro y el niño. Al llegar a su casa, para evitarse más críticas y problemas, el viejo y el niño deciden regalar el burro. A veces eso sentimos los periodistas con nuestras columnas: ganas de no volver a escribir, con tal de no desatar tantas pasiones exageradas e injustas. O escribir sobre naranjas, mangos, peras y otras frutas, como hacía Klim en tiempos de la dictadura.
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