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Opinión

  • | 1996/06/10 00:00

    EL VIGIA

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Cuando un artista de verdad advierte que algo importante va a suceder, quiere decir que sus antenas han captado que el acontecimiento ya está sucediendo. Lo que pasa es que el resto de los mortales se demora un buen tiempo (a veces demasiado) en percibirlo.Es por eso, y por nada más, que los cursos de historiamuestran siempre las obras de los artistas como los primeros síntomas inequívocos de que una nueva era ha comenzado.Este pensamiento me vino a la cabeza en el momento en que leí la dedicatoria de Gabriel García Márquez para su Noticia de un secuestro:Para todos los colombianos-inocentes y culpables-con la esperanza de que nunca másnos suceda este libro¿Para que nunca más nos suceda? A medida que uno pasa los ojos por ese relato siente que, más que un recuento de un episodio pasado, el libro de García Márquez es un alarido de alerta sobre el presente. Cuando él emprendió hace tres años este extraordinario trabajo periodístico, estaban mansas las aguas de la violencia del narcoterrorismo y la posibilidad de que un episodio como el secuestro de periodistas y personalidades por parte de Pablo Escobar parecía cosa del pasado.De hace dos años para acá, el tema central y casi único de la discusión y análisis nacionales había sido el de si Ernesto Samper era capaz o no de soportar el corcoveo de la Nación, aferrado a la cabeza de su poltrona presidencial.El país se convirtió en una galería de apostadores que se diferencian apenas en su posición frente al desenlace de la faena de Samper, y cada uno fue adquiriendo un carácter cada vez más energúmeno en la medida en que los indicios apuntan a que se sostiene o a que se cae. Ese radicalismo se volvió ya el eje de la discusión sobre la vida nacional.Mientras tanto los síntomas de desmoronamiento general se han hecho cada vez más evidentes. Los partidos se terminaron de destrozar a medida que cada grupúsculo buscó posición en pro o en contra de Samper, sin hacer un planteamiento adicional serio; la guerrilla sacó las uñas para buscar espacio en un escenario de discusión sobre la gobernabilidad actual y sobre cuál será el gobierno futuro; el gobierno se dedicó en forma casi exclusiva a su defensa, y como si lo anterior fuera poco, el narcotráfico parece haber asomado su cara más siniestra para defender los logros jurídicos alcanzados en el pasado a punta de secuestros y de bombas.Y en medio del caos, la falta de liderazgo es dramática. El hecho de que la gente de Dignidad por Colombia se dirija a García Márquez _primero como opción para la Presidencia y luego como notario de los bienes de la familia Gaviria_ es una muestra cruel de la falta de líderes cuando el país más los necesita.Existe la tesis de que en los momentos de crisis los países crean sus propios líderes como un mecanismo que está escondido en los resortes del instinto de conservación. Lo grave en nuestro caso es que la crisis ya se hizo vieja pero no se ve en el horizonte quiénes serán los llamados a orientar a Colombia en el futuro cercano.El propio Gabo descartó su nombre como opción con el argumento de que no quería ser el peor presidente de Colombia (modestia suya: hemos tenido peores), y estamos a la espera de su fórmula para encontrar un mejor contabilista de rentas.A García Márquez le ocurre ahora con el prólogo de su libro lo mismo que él cuenta que le sucedió un día navegando por el río Frío, cerca de la Ciénaga Grande. El hombre que remaba le dijo que desde la publicación de Cien años de soledad habían aparecido como por milagro unas mariposas amarillas que acompañaban ahora sus viajes por el río. Las mariposas estaban desde siempre, dice Gabo; pero sólo él se había fijado en ellas.Ese es el privilegio del artista. Pero no deja de ser siniestra la paradoja de que alguien quiera atrapar al visionario en las redes de su propia visión.
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