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Opinión

  • | 2018/10/30 01:40

    Democracia amenazada

    El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil es un campanazo de alerta a la democracia en América Latina.

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A lo largo de la campaña presidencial, este excapitán del ejército fue dibujando una plataforma de gobierno antiderechos que riñe con el consenso democrático contemporáneo. De no unirse los demócratas de cara a las elecciones, la tendencia por él representada, seguirá en ascenso.

Sus célebres insultos a la población afrodescendiente, a las mujeres y al sector LGBTI, son propios del irrespeto por la diversidad y el modo de vida en igual libertad al que toda persona tiene derecho. A ello se suma su admiración por las dictaduras de su país y de Pinochet en Chile a las cuales critica por no haber “matado suficiente.”

Las palabras tienen consecuencias en los hechos y en la forma de gobernar. En Estados Unidos, no pocos culpan a la retórica presidencial de haber estimulado a un fan de Donald Trump a enviar 13 cartas bomba a críticos del presidente, incluidos los expresidentes Clinton y Obama, y a un supremacista blanco, a atacar a una Sinagoga en Pittsburg, con saldo de 11 muertos.

La violencia sectaria que refleja el discurso de Bolsonaro también afloró en Brasil. La red pública de periodismo investigativo dio cuenta de 70 agresiones sucedidas entre el 30 de septiembre y el 9 de octubre, 50 de las cuales fueron atribuidas a seguidores de Bolsonaro. Una de ellas, con enorme carga simbólica, fue cometida contra una mujer en Sao Paulo, quien fue pateada por un policía y golpeada por tres hombres que le grabaron una esvástica nazi en el vientre con un cuchillo.

Muchas personas piensan con el deseo que una cosa es la campaña donde se da licencia al lenguaje y otra la forma de gobernar. Pero ese no es el caso de Bolsonaro. En sus primeras declaraciones, ha anunciado que gobernará con la Constitución y la Biblia, una contradicción de términos en una democracia secular donde la igualdad de derechos de las mujeres y de los grupos poblacionales no puede quedar supeditada a las creencias de los demás, por muy mayoritarios que sean.

También ha reiterado como piedra angular de su política de seguridad ciudadana, la promoción del porte de armas personales, al lado de la instrucción a la policía de matar a los delincuentes, imitando al presidente Rodrigo Duterte de Filipinas, donde las fuerzas de seguridad han asesinado a más de 9.000 personas sospechosas de actos criminales.

Sus políticas equivocadamente dirigidas a favorecer la economía también prenden las alarmas ambientales del continente. Anunció que retirará a Brasil del Pacto de París sobre cambio climático y que se propone dedicar la Amazonia a la agroindustria, con grave incidencia sobre todo el planeta y, en particular, sobre Colombia y sus páramos, que dependen de la selva amazónica para la producción del agua que surte, entre otros, a sus grandes ciudades, incluida Bogotá.

Promete, igualmente, privatizar el patrimonio público de Petrobras y otras compañías que nutren el presupuesto de inversión social con sus utilidades, llevando a reversar el gran logro mundialmente reconocido de Ignacio Lula da Silva en materia de inclusión social y de reducción de la pobreza en más de 35 millones de personas.

Con Lula, quien encabezaba todas las encuestas, encarcelado por un acto de corrupción sin pruebas –se le acusó de haber recibido un apartamento como coima, pero nunca lo ha utilizado, ni está registrado a su nombre- los sectores alternativos se durmieron y no actuaron a tiempo para organizar, con las demás fuerzas democráticas, lo que habría podido ser una alianza ganadora.

La convergencia de fuerzas democráticas que finalmente se congregaron en segunda vuelta alrededor de Fernando Haddad, el sucesor de Lula, logró reunir 45 millones de votos, el 45 por ciento del total, volumen insuficiente para detener la amenaza a la democracia que representa Bolsonaro.  El costo que pagará el pueblo brasileño y la democracia será muy alto. En Brasil está la lección aprendida para evitar, mediante una oportuna la convergencia de todos los demócratas, que se repita una situación semejante en otros países de la región.

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