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Opinión

  • | 2018/01/22 10:14

    Odio (12). ¿What's up?

    A pesar del fuego en las redes, la protagonista de estas elecciones será una aplicación: WhatsApp se está convirtiendo en un terrible dolor de cabeza. Los publicistas la prefieren porque se trata de mensajes persona a persona que son distribuidos entre amigos y gente de confianza, lo que le “aporta” credibilidad al mensaje.

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Corre por WhatsApp un supuesto homenaje a Antonia Santos, la heroína comunera. En su primer minuto, el video muestra unas bellas imágenes de Santurbán. Ese es el gancho. Lo que sigue es una perorata en contra del presidente Santos. Como este, corren por estos días muchos más videos con mensajes parecidos. El virus del odio se inocula por igual a través de chistes flojos o de videos costosos y de alta calidad. ¿De dónde sale este dineral? Directamente de las campañas políticas es poco probable. Quizás de personas cercanas a esos candidatos que ofrecen el odio como “argumento” del voto.

Hace unos años, cuando los medios impresos comenzaron a publicar las noticias también en la web, muchos políticos contrataron a través de sus amigos una nómina de “lectores” encargados de azuzar a sus oponentes con insultos de gran calibre en el espacio de opinión. Lo que inicialmente era una opción democrática, pronto se corrompió al volverse un espacio de matoneo en el que entre más grosero y calumnioso el comentario, mejor. En este gusto por el olor a sangre ajena, muchos lectores habituales leían las ofensas antes que las noticias. Por fortuna poco a poco han entendido que mucho de lo que se dice en estas cloacas es falso y lentamente se han ido alejando (los comentaristas de hoy no suman tantos como en el pasado). En realidad el odio no desapareció: se mudó a las redes sociales.

“Con desinformación y con falsedad, las redes están desgarrando el tejido social”. Esta frase de Chamath Palihapitiya, hasta hace poco vicepresidente de Facebook, coincide con la opinión de Carolin Emcke, la autora de Contra el odio, que esta semana estará en el Hay: “Facebook y Twitter están programadas con algoritmos que benefician a quien suba su nivel de agresividad. Por eso las redes son cada vez más violentas. Las sociedades hoy no solo se están fragmentando, sino que están creando atmósferas de resentimiento”. Twitter ya no es una herramienta política. Es un arma de guerra que utiliza “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. Las vueltas de la vida: las palabras de este “castrochavista”, nada más y nada menos que el Che Guevara, son usadas hoy desde la otra orilla política.

A pesar del fuego en las redes, la protagonista de estas elecciones será una aplicación: WhatsApp se está convirtiendo en un terrible dolor de cabeza. Los publicistas la prefieren porque se trata de mensajes persona a persona que son distribuidos entre amigos y gente de confianza, lo que le “aporta” credibilidad al mensaje. A veces es difícil no contestar con la misma virulencia que trae el mensaje. Sin embargo, hacerlo genera ruido y publicidad a favor del mensaje (y de paso de los políticos que los envían en la sombra).

El silencio es el antídoto para frenar el odio y la agresividad. Es justo esto lo que ha venido acabando con aquellas cloacas de los medios digitales: ¿por qué pagar por escribir sandeces si nadie las va a leer? Y es también el arma para no hacer de idiota útil de los políticos y para no pelear con -ni distanciarse de- la familia y los amigos. ¿Vale la pena acabar con una amistad de tantos años por cuenta de un mensaje en el WhatsApp? ¿Vale la pena envenenarse para que gane otro, en este caso un político con ansias de ladronear? ¿Vale la pena ser un agente del odio sabiendo que, al hacerlo, Colombia cae cada vez más al desbarrancadero?

@sanchezbaute

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