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Opinión

  • | 2003/08/31 00:00

    Elecciones capitales

    Uribe congeló la política nacional. Y un efecto natural fue nacionalizar la política bogotana, convertir en gordo al premio seco

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Si no se cuentan Gran Hermano y Protagonistas de novela, la gran intriga de estos días es quién será alcalde de Bogotá. Y la intriga se debe a que hace poco todo mundo sabía que el alcalde sería Juan Lozano.

En efecto, igual que los gringos creen en el pie de manzana y el día de la madre, los bogotanos creen en tres cosas: en la modernización que ha vivido la ciudad, en el presidente Uribe y en que los políticos son corruptos. Pues Lozano es la suma de las tres cosas, el hombre de Peñalosa, el uribista de corazón y el abanderado del anticlientelismo. Con la ñapa, si faltara, de ser el candidato natural de los medios que pesan en Bogotá.

En circunstancias normales, pues, nadie serio se le habría medido a Lozano -y Lozano habría barrido en la ciudad-. Pero no estamos en circunstancias normales (y a lo mejor no volveremos a estarlo): la elección del presidente Uribe cambió el rumbo de la política colombiana.

La cambió porque el batatazo fue tal que Uribe sigue copando el espacio electoral. Algunos incluso opinan que continúa la campaña (consejos comunales en cada pueblo, fotos de candidato a más no poder...). Pero al margen de esas hipótesis socarronas, hay dos hechos contundentes y evidentes: que tres docenas de congresistas hayan propuesto la reelección y que hasta Peñalosa la esté apoyando.

Si el sucesor obvio y gran favorito no menea su candidatura ¿qué diremos de los aspirantes secretos o hasta vergonzantes del oficialismo liberal y el conservatismo en vía de extinción? Uribe congeló la política nacional. Y un efecto natural de este hecho fue nacionalizar la política bogotana, convertir en premio gordo al premio seco.

Juan Lozano fue la primera víctima del fenómeno. Sin saber cómo ni cómo no, sus predios fueron invadidos por unas disputas de alcance nacional y por pesos -de hecho- más pesados que él. Lo que antes fuera su as -ser copia de Peñalosa- de pronto está pasando a ser su karma: ser una copia y no el original, para enfrentarse a otros originales. Igual que en los vestidos Everfit, la campaña le hubiera quedado chica al uno pero al otro le puede quedar grande.

Así y todo Lozano conserva la ventaja de encarnar aquellas tres cosas que los bogotanos creen a pie juntillas, y esta ventaja -sumada por supuesto a sus virtudes y a una buena campaña- muy bien podrían llevarlo a la Alcaldía. Pero ya no tiene el monopolio de las tres imágenes y en cambio tiene al frente a candidatos que añaden otras imágenes.

Comenzando por Garzón, cuya apuesta de fondo no es la Alcaldía sino la consolidación del PDI como fuerza política nacional. De las tres ideas-fuerza del electorado, Garzón clasifica alto en anticlientelismo, bien en modernización (aunque lo van a acusar de populismo) y mal en uribismo. A cambio de eso aporta la imagen más creíble en un asunto que, si los medios dejaran, podría convertirse en el eje final de la campaña: la pobreza agobiante del pueblo bogotano.

Para María Emma, igual que hace dos años, la Alcaldía es un pasaje de vuelta a las ligas nacionales. Su encanto y el aparato heredado de la campaña pasada le daban la partida. Su estrategia inicial era ser un Lozano con corazón. Anticlientelista o por lo menos "independiente", modernizante o por lo menos no serpista, y uribista o cuando menos amiga del referendo, también quiere pasar por izquierdista o al menos por amiga de Garzón. Su fuerte es apostarle a todo y su debilidad es apostarle a todo.

Jaime Castro es el Partido Liberal que vuelve por sus fueros e intenta frenar el cisma Uribe-Peñalosa. A cambio de ser político y estar contra el referendo, Castro tiene la ventaja de haber gestado el milagro bogotano: padre de la descentralización y de las normas constitucionales que hicieron posible el cuento, fue su "Estatuto Orgánico" el que acabó el clientelismo y fue su reforma tributaria la que trajo la bonanza. De todos los candidatos, más aún, Castro es quien podría resolver el problema que bajo Mockus se ha convertido en gran cuello de botella: el bloqueo del Concejo a las medidas financieras necesarias para que siga el milagro. El problema de Castro es lo que añade, vale decir, el Partido Liberal.

De los dos conservadores no me ocupo porque no tengo espacio ni ellos tampoco.
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