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Opinión

  • | 1995/01/02 00:00

    ELOGIO DE LA MORDAZA

    En el mundo civilizado no existe la censura porque el comportamiento de los medios de comunicación la hace innecesaria

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EL GOBIERNO ESTA ATERRADO POR EL desbordamiento de los medios de comunicación en medio de su proceso de paz. Cuando ya tenía buena parte del diseño de su política de negociación con la guerrilla se vino a tierra el mecanismo legal que mantenía a los medios de comunicación en cintura y les impedía entregarles sus cámaras, micrófonos y primeras páginas a los delincuentes para que éstos expresaran abiertamente sus opiniones.
El pánico gubernamental radica en que, desde cuando esa norma cayó por vicios de forma, han desfilado por los medios de comunicación delincuentes de todas las pelambres dando declaraciones sin ninguna clase de limitación. Estadistas de la talla del cura Pérez, Francisco Galán y Gabino, y próceres de la patria como 'Popeye', 'Osito' y 'Tomate' han aparecido en prensa, radio y televisión expresando sus opiniones con una serenidad, una profundidad y una inteligencia más dignas de quienes han de dicado su vida al análisis que a los horrores de la violencia.
Esta exhibición pública de los delincuentes es un obstáculo insalvable para cualquier proceso de paz. Para algunos, el perifoneo de esas opiniones es de la propia esencia de la democracia, inherente a la definición misma de la libertad de expresión. Pero resulta que un proceso de paz es un mecanismo complejo de negociaciones que, por su delicada naturaleza, deben ser en buena parte reservadas. Pero, además, el derecho a que su voz se oiga libre y clara debe ser el resultado y no el punto de partida de las conversaciones de paz.
Si los guerrilleros pueden hacer sus propuestas, sus comentarios, sus análisis y sus críticas en público y a través de los medios de comunicación, no existe la más remota posibilidad de que ese proceso culmine en un acuerdo de paz. Si le entregamos los medios a la insurrección -como ya está sucediendo-, lo previsible es que ellos prefieran mantener ese status privilegiado de ser deliberantes públicamente en política y estar al mismo tiempo armados hasta los dientes para enfrentarse a quien opine diferente.
Ese es el sentido fundamental de la autorregulación. No se trata de hacerle un favor a un gobierno para que pueda hacer componendas secretas con unos guerrilleros. Se trata de tener conciencia de que a partir del momento en que un periodista le acerca un micrófono a un guerrillero no le está haciendo un favor a la audiencia ni a la democracia sino al guerrillero.
No se trata, por supuesto, de ignorar lo que piensa la guerrilla. Al contrario. Si un gobierno se declara en conversaciones (públicas o privadas) con un grupo insurgente, los periodistas no sólo tenemos el derecho sino también la obligación de decirles a nuestros lectores-oyentes-televidentes de qué se trata esa charla. Pero entregarle los medios al delincuente es convertir a éstos en mesas de negociación y a los guerrilleros en los árbitros del proceso. Sería algo así como permitirle a un torero ser el comentarista oficial de su propia faena. Suena democrático pero es una arbitrariedad.
Por eso es explicable (no justificable) que ante este tipo de eventos los gobiernos dicten medidas de censura. Simplemente porque la situación se vuelve ingobernable y los presidentes acaban por preferir la crítica por la censura al aumento artificial de las fuerzas de los delincuentes gracias al desbordamiento de los medios.
De seguir las cosas como van, es previsible que el presidente Samper tenga que tomar una de dos decisiones: abortar el proceso de paz o ponerle una mordaza a los medios. Y a juzgar por los antecedentes históricos en esta materia, resulta muy probable que caigamos en la censura.
En ese caso lloverán las críticas por el comportamiento arbitrario y arcaico del gobierno. Pocos se detendrán a pensar que la razón por la cual no hay censura en el mundo civilizado no es porque los presidentes de allá sean más civilizalos que los nuestros, sino porque los medios son tan civilizalos que hacen de la censura un mecanismo innecesario.
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