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Opinión

  • | 2007/02/03 00:00

    En Defensa de Angelino

    “No me gustó el artículo de Maria Isabel Rueda porque en su texto está extraviado, en medio de acusaciones y juicios, el punto al que quiere finalmente llegar”, opina Diego Arias

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Se despacha con todo la columnista María Isabel Rueda en su artículo de la semana anterior en esta revista titulado ‘Nanay Cucas’. Lo hace contra la administración del Gobernador del Valle dejando entre muchos de sus permanentes lectores, entre quienes me incluyo, una sensación confusa y, por qué no, de decepción. Es cierto que el género de opinión se permite licencias que el periodismo en rigor no concede. En cualquier caso, aun para opinar, se requiere algo que es más de sentido común que una regla de la ortodoxia periodística: estar bien informado. De María Isabel y su trabajo como periodista aguda, crítica, profesional a toda prueba es lo menos que se espera. Para el caso en mención se conjugan elementos de tratamiento, juicio y análisis que trata en el texto que han provocado distintas reacciones, la mayoría adversas, a juzgar por los comentarios de los lectores.

Yo arriesgo también mis propias consideraciones, no tanto para juzgar a la columnista como sí para controvertirle con el relato y la consideración de otra lectura del tema que ella trata.

No me gustó el artículo de Maria Isabel porque en su texto está extraviado, en medio de acusaciones y juicios, el punto al que quiere finalmente llegar. Muchos nos preguntamos si acaso se trata finalmente de ‘atravesarse’ en la eventual posibilidad de que Angelino dispute la Alcaldía de Bogotá. Y uno se pregunta: si eso llegare a ocurrir ¿Cuál es el problema? ¿Qué afectos o intereses lastima?

A los columnistas de talla nacional les atribuyen, lo mismo que a los editoriales de los grandes diarios, la capacidad de tumbar ministros y hasta gobiernos. Ocurre más en otras latitudes de Occidente pero nadie niega la influencia en Colombia del periodismo en general y del de denuncia y opinión en particular.

El artículo ‘Nanay Cucas’, por más que sea opinión, falta a la verdad en un amplio número de situaciones que menciona; se apoya en versiones recurriendo al viejo truco de “se rumora… como se dice… menciona… etc.” para destilar su propia animadversión. Pero si no me gustó el artículo, menos aun la respuesta del Gobernador: bastante elemental, escueta y “educadita”. Le falta fuerza y también argumentos. Podría haber sido mejor, más contundente sin caer en el agravio, el irrespeto o la temeridad de la periodista.

No soy defensor de oficio del Gobernador del Valle. Él ha hecho ya su propia defensa en comunicación a la columnista y en declaraciones a distintos medios. En mi caso, prefiero ubicarme como lector y ciudadano que vive, siente y le interesa el Valle. Me reconozco sí cercano a él, en lo personal por su talante humanista y cristiano, y en lo político por hacer parte de un discurso y un ejercicio fundado en certezas democráticas y de la no-violencia.

Desde esa claridad previa no tengo problemas en expresar acuerdos parciales con la columnista e incluso hacer mención de otros asuntos que a muchos no nos ‘cuadran’ de la administración de Angelino: su sobreexposición en el canal Regional (Telepacífico), el desacierto en muchos de los nombramientos clave (no siempre han sido los mejores, ni los más capaces), las presiones mediáticas y de opinión a la Corte en el caso de la vía a Candelaria, y hasta asuntos de estilo de gobierno como los extenuantes consejos de gobierno a que somete a su gabinete y colaboradores (pueden durar hasta 14 horas, comenzando a las 4:00 a. m., e incluyen sábados, domingos y hasta festivos). Algunos critican incluso su excesiva y cansona reiteración en el tema de “los niños y las niñas”, haciendo de ello sus opositores incluso objeto de burla, cuando por lo mismo creo que debe haber reconocimiento. ¿Acaso un enfoque prioritario de políticas y recursos sobre esa población infantil no es un asunto crucial para el futuro de una sociedad y de la humanidad toda?

Como estos asuntos hay otros, pero pocos dudan de que la de Angelino ha hecho una muy buena gestión. Lo señalan la opinión, los balances (financieros y sociales) y análisis especializados. Ha sido una gestión pulcra y excesiva en el manejo y la defensa de lo público en la que para mantener la “gobernabilidad” no ha habido transacciones políticas, burocráticas ni de presupuesto que contradigan los principios básicos de su programa de gobierno. Por el contrario, mantenerse firme en estos asuntos es lo que en buena parte le ha granjeado algunos, aunque fuertes, opositores. Pero, para ser franco, a pesar de ser una muy buena administración, muchos esperamos aun más… porque lo necesita el Valle y porque lo necesita la izquierda democrática de la cual el se reclama parte activa.

Y es en los temas de la militancia de izquierda, el manejo de los temas de la guerra, el orden público y la paz, en donde son más desconcertantes, desubicadas, desinformadas y riesgosas las opiniones (¿juicios?) de la columnista.

Su insinuación de que el Gobernador del Valle se la pasa en el monte negociando o tratando con las Farc es por lo menos de una irresponsabilidad y una gravedad inaceptables. El fundamento democrático de una visión de izquierda como en la que milita Angelino le ha permitido ser consecuente siempre entre las palabras y los hechos. Lo que tal vez confunde a la comunicadora y, la verdad, no sólo ella, es la existencia de un esfuerzo permanente, confidencial, discreto y efectivo de tipo estrictamente humanitario que la gobernación del Valle adelanta ante distintos grupos y actores irregulares, siempre con el conocimiento del gobierno nacional y las autoridades de Fuerza Pública. Es más, no pocas veces a petición o al servicio de solicitudes del gobierno central.

Por otro lado, que recuerde y conozca (y me precio de conocer bastante en el tema), nunca ha habido declaración o acto que insinúe solidaridad o simpatías con las Farc o la guerrilla en general, a menos, claro está, que María Isabel confunda la aspiración por un país con justicia social, una solución negociada al conflicto, o el apoyo al intercambio humanitario como sospechosas evidencias de afectos por la guerrilla. Por el contrario, no ha habido un solo acto de la guerrilla, sea terrorista o de guerra, afecte a civiles, a nuestra fuerza publica o a la infraestructura, que no haya merecido la condena pública y siempre en primer lugar del Gobernador. Ese repudio lo ha llevado a condenar el uso de la violencia y la clandestinidad en otros escenarios y dinámicas, como en el caso de algunos estudiantes de Univalle y sus manifestaciones de violencia. No es gratuito pues que en los documentos de las Farc se hable de Angelino en términos desapacibles o que en Univalle existan grafitos que hablan de “Angelino = Paramilitar”.

Pero, además del rechazo a la violencia insurgente, ha reivindicado dos conceptos cruciales para el ejercicio de la política y la democracia: una defensa de lo institucional (a pesar de todos los vacíos y las precariedades que ello tiene en nuestra actual democracia) y la reivindicación de la “seguridad” como un bien público y una aspiración básica de la condición humana. Eso le ha implicado estar en orillas opuestas en muchos aspectos con el Presidente de la República, pero igual asumiendo, con responsabilidad, sus obligaciones como gobernante. Y en esto toma distancia de esa otra izquierda, extrema, que aún no resuelve el viejo asunto de la “combinación de todas las formas de lucha”. Por eso sus incertidumbres sobre el futuro de la izquierda en Colombia; por lo mismo su cercanía conceptual a Lucho Garzón en Bogotá.

Al condenar el uso de la violencia no ha habido atenuantes ni ambigüedades y allí lo acompañamos muchos quienes provenimos de la izquierda e incluso de los pactos de paz con las guerrillas en los 90. Recuérdese justamente que a instancias de estos dos mandatarios surgió, a pocas horas del atentado en Bogotá, una declaración conjunta, contundente, condenando el hecho, proponiendo reconstruir un consenso por la paz (solución negociada e intercambio humanitario), reclamando la verdad en el proceso paramilitar y llamando a concretar un acuerdo prioritario para luchar contra la pobreza.

De las aspiraciones políticas de Angelino y los de su agrupación, pues es obvio destacar que tienen todo el derecho de postular nombres y programas a la Alcaldía de Cali y la Gobernación del Valle. Ni más faltaba… ¿Por qué no? ¿Sobre qué argumento serio se le ocurre a la columnista inferir que eso profundizará la polarización? Si a ella le duele tanto la capital (“…los bogotanos tendremos…”), ¿por qué los caleños tendríamos que deponer la aspiración de un buen alcalde (que obviamente no necesariamente el único es el candidato de Angelino) o un buen gobernador, a favor de un incapaz y corrupto para que “no se profundice la polarización”? De hecho, el tema de Alcaldía de Cali muy seguramente se definirá entre Jorge Iván Ospina (ex director del Hospital Departamental) y el ex ministro Francisco José Lloreda, ambos figuras jóvenes, reconocidas por sus capacidades y su integridad, y a pesar de las orillas opuestas en que están y el debate que ello implica, a la mayoría de caleños eso nos parece sano y conveniente y para nada factor de polarización.

Lo de la Alcaldía de Bogotá es otro asunto. A pesar de todo el derecho que le asiste, Angelino debe deponer esta aspiración, si es que aún la tiene. Una mayoritaria e histórica votación lo eligió para gobernar bien y gobernar hasta el final. Está haciendo lo primero, no nos vaya a defraudar gobernador con lo segundo.

PD: A cambio de una aspiración a la Alcaldía de Bogotá, ¿por qué no animar una reflexión para que Angelino Garzón pueda ser el próximo Alto Comisionado para la Paz? La renuncia sería un acto de consecuencia y no una concesión al comentario de la periodista o los críticos. El alto cargo en la gestión de Paz, estamos seguros, sería una ganancia para el país.
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