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Opinión

  • | 2001/08/06 00:00

    Entre el fuego cruzado

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Los indígenas en Colombia somos tan sólo el 2 por ciento de la población, por eso cuando matan a uno de nosotros nos quitan gran parte de lo que somos.



Aún así las soluciones son más escasas que nuestra población. Si miramos a nivel de estructura gubernamental y de políticas estatales no existe la costumbre de resguardar, de valorar y respetar las culturas indígenas, pues por lo regular en nuestros territorios no hay presencia del Estado, entonces las interpretaciones que hacemos nos conducen a que no solamente ocurre una guerra a nivel de armas sino a nivel ideológico.



En 1991 ya teníamos una experiencia de dos décadas tratando de plantearle al Estado colombiano lo que queríamos ser. Sin embargo fue hasta ese entonces, con la Constitución, que se formuló un Estado multiétnico y pluricultural que se desvaneció con la práctica por no existir un factor educacional que corrigiera la conciencia de los colombianos. Ese desamparo se ve reflejado en dos puntos fundamentales que se concatenan y responden a la pregunta de por qué matan a nuestros líderes y de por qué el infortunio de las poblaciones indígenas.



Por un lado está el interés en las tierras. Antes nuestros territorios sobresalían por los zancudos y su poca productividad. Sin embargo, con el paso del tiempo, las multinacionales y el Estado comenzaron a descubrir las riquezas que ahora el sistema añora para el desarrollo. Y no es que estemos en desacuerdo con el desarrollo y el progreso, lo que criticamos y tratamos de evitar son los procedimientos que se utilizan cuando se ejecutan los megaproyectos, pues parece que exterminar pueblos para adquirir territorios y explotar sus recursos se ha convertido en una de las finalidades de las multinacionales. En ninguna parte del mundo esos megaproyectos han dignificado al hombre, han valorado culturas ancestrales y han respetado nuestra madre tierra.



Por otro lado cuando se involucra a los pueblos indígenas en el conflicto armado, es tal el riesgo del que nadie es consciente, que se puede acabar con toda una población comenzando por sus líderes. En aspectos como el idioma se generan confusiones que terminan siendo un problema para todos los indígenas pues por el poco entendimiento vienen las acusaciones y por ende las muertes. Los paramilitares nos confunden con guerrilla y la guerrilla con paramilitares. Los actores no investigan sólo van matando al indígena, y es precisamente para eso que están nuestras autoridades, sólo que no las están respetando y están imponiendo las propias dentro de nuestro territorio. Por eso las muertes y desapariciones que ha habido, entonces se crea la necesidad de investigar para encontrar soluciones y allí nace otro problema que es el miedo de la gente pues nadie se atreve a plantear hasta dónde deben llegar esas investigaciones.



A partir del secuestro de Kimy Pernía Domicó, líder de los embera-katío, el pasado 2 de junio, optamos por hacer manifestaciones independientes, conscientes de lo que se podía venir después. Sabíamos que los costos eran altos pero lo más importante era demostrar a Colombia que los pueblos indígenas no teníamos nada y que lo único que queremos es seguir viviendo como tales. Sólo nos fuimos con la boca y con nuestro corazón abierto para pedirle al actor que nos diga porqué secuestró a nuestro hermano y para pedirle que nos lo devuelva si aún está vivo.



Para los pueblos indígenas hoy más que nunca es incierta la vida. Peleamos por defender una identidad, por nuestro territorio, por nuestra cultura, por nuestras tradiciones, pero cuando lo hacemos también somos el enemigo de distintos actores, lo que nos lleva a pensar que lo único que nos queda es plantear nuestra autonomía, seguirnos manteniendo como una cultura, y para eso hay que globalizar la problemática indígena.



* Presidente de la Organización Indígena de Antioquia (OIA).
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