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Opinión

  • | 2007/04/28 00:00

    ¡Estoy mamada de Petro!

    En su último debate Petro sí que hizo gala de su herramienta secreta: el sofisma

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No voy a caer en el generalizado instrumento de descalificar a Gustavo Petro por su pasado guerrillero.

Él me merece el respeto suficiente por haberse desmovilizado, para lo cual se necesita más valor que cobardía.

Por eso no voy a juzgar a Petro por su pasado, sino por su presente. Por la manera como expone sus argumentos ieológicos de cara al país desde el Congreso, donde es, y no lo reconozco por primera vez, uno de sus más activos y aplicados miembros.

Lo que me está mamando de Petro es su fórmula de argumentar, que se basa en mencionar premisas incontrovertibles, irrefutables y documentadas para llegar a conclusiones falsas, lo que se conoce con el nombre de sofisma.

En el último debate sí que hizo gala de su condición de sofista. Indudablemente lo ganó, apoyado en documentos y piezas procesales reales. Cualquiera -o no cualquiera, porque mucha de esa información está protegida por la reserva del sumario- puede constatar su autenticidad. El truquito consiste en que al citar por ejemplo los renglones de un testimonio, procesalmente no sabemos si fue desmentido, refutado, o descartado probatoriamente por el fiscal o por el juez. Es decir, que sólo saca el renglón que le conviene para defender su argumento, con lo cual la evidencia que cita, que es auténtica, resulta procesalmente mutilada.

Eso sucedió con los cuatro argumentos centrales de su debate contra Álvaro Uribe y su familia. Que Uribe, como gobernador, apoyó a las Convivir e incluso le dio aprobación a una que era comandada por un actual paramilitar, es cierto: lo reconoció el propio Presidente. Que por una finca en la que tiene interés la familia Uribe Vélez atravesaban paramilitares, seguramente es cierto: por lo menos alguien lo sostiene ante la justicia. Que el hermano de Uribe aparece retratado en una foto con Fabio Ochoa cuando ya se sabía que era narcotraficante, es cierto: el propio Petro la exhibió en el debate. Que el jefe de inteligencia nombrado por Uribe está enredado con la justicia, es cierto: la Fiscalía lo está investigando. Por lo tanto, nadie que quiera defender al Presidente puede controvertir ninguno de los anteriores argumentos.

Lo que sí puede es controvertir la conclusión: ¿Alguna de esas evidencias, por ciertas y auténticas que sean, es suficiente para concluir que Álvaro Uribe es un paramilitar? Les dejo la conclusión a los lectores, (sí, Zuleta: ya sé la suya), y sigamos con Petro.

Alcanzado su estrellato por cuenta de su debate, sucedió otra cosa absolutamente cierta que nuevamente le sirvió para llegar a una conclusión falsa. Que una fiscal "en un arranque de originalidad", según su jefe Iguarán, ordenó allanar su oficina en busca de unos papeles. Pero de allí no se puede concluir que la orden la haya dado el presidente Uribe como venganza por el debate de Petro, o que sea prueba de su falta de garantías como parlamentario, o que alguien esté pretendiendo censurarlo.

Pero quizá lo que más me ha molestado de Petro son sus viajes a Estados Unidos. No porque no tenga derecho a conocer Disneylandia o a contactarse con parlamentarios afines a su ideología. A eso tiene todo el derecho. Sólo me pregunto si en alguno de esos viajes ha sido invitado por la unión sindical más grande de Estados Unidos, la Afl-Cio, a la que asesora un staff de los abogados más poderosos de ese país, cuyas directivas coinciden con Petro en que van a oponerse con pies y manos al TLC, pero por una razón que los favorece a ellos: porque los sindicalistas gringos creen que el TLC sí podría desplazar una buena serie de empleos allá, que se abrirían espacio aquí, y han encontrado en el senador Gustavo Petro una buena cuña para evitar que ese daño les pase a los trabajadores gringos.

Es una tremenda contradicción que dos colombianos como el senador Petro y el senador Jorge Robledo terminen ayudando a defender los empleos de los gringos en contra de los de los colombianos. Por eso el debate contra el TLC lo deberían dar aquí y no allá, y menos utilizar allá argumentos como los supuestos lazos del gobierno de aquí con el paramilitarismo y la persecución estatal contra la clase sindical, que no son argumentos contra las bondades del TLC, sino contra el gobierno.

¿O es acaso probable que los sindicatos gringos quieran tumbar el TLC en solidaridad con los senadores Petro y Robledo, a quienes les parece que no es beneficioso para los colombianos? ¿Desde cuándo se preocupan tanto por nuestro bienestar económico?

Hasta la actitud de los congresistas demócratas me da la razón: argumentan no querer aprobar el TLC porque Colombia, donde hay paramilitares, se violan los derechos humanos y asesinan sindicalistas, no merece la generosidad de Estados Unidos.

El fin con qué está de acuerdo Gustavo Petro: ¿con que nos dejen sin TLC para castigarnos, o con que nos castiguen para protegernos de los perjuicios del TLC?

Me quedo con el guerrillero desmovilizado. El que me mama es el sofista.

 

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