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Opinión

  • | 2019/03/25 04:32

    Aguas

    Aquí en Colombia los afluentes que alimentan a nuestros grandes ríos nacen y ruedan por nuestro territorio, las tierras bajas donde sobreviven las culturas anfibias no dependen de otra legislación y otro sistema político aguas arriba para existir. El privilegio que tenemos en Colombia no es solo la cantidad de agua que brota de las cordilleras sino también, y sobre todo, contar un sistema integrado y autónomo, cuya supervivencia depende de lo que nosotros mismos hagamos.

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A propósito del Día Mundial del Agua tuve el gusto de escuchar a Gustavo Wilches que, como siempre, nos sumerge en un curso intensivo de desprendimiento de la perspectiva individual para poner la cabeza en la dimensión territorial y global. Magnífico. Y en algún momento de la charla, recordé las clases de geografía en la primaria, cuando dibujaba con colores las venas azules que se desprendían de las montañas para unirse, curvas y meandros adelante, a las líneas azules más gordas, que eran en mi mapa el Magdalena, el Cauca, el Caquetá, el Atrato, el Meta, el Patía. Cuando terminaba la tarea de geografía de los ríos y las cuencas de Colombia, mi país era como el cuerpo humano en la cartelera de ciencias, lleno de venas que transportan líquido vital a todo el organismo.

Somos un país tremendamente privilegiado, decía Gustavo, porque nuestras grandes cuencas están alimentadas por ríos que nacen y mueren en el país. Esto significa que, en términos administrativos y políticos, afectar o proteger nuestros ríos nos incumbe exclusivamente a nosotros mismos, a los colombianos. Por ejemplo, no tenemos los problemas del Nilo que atraviesa 10 países, o el Amazonas que rueda por 9, de manera que cualquier política pública de protección del río supone poner de acuerdo a un reguero de países, de gobiernos, de intereses.

Aquí en Colombia los afluentes que alimentan a nuestros grandes ríos nacen y ruedan por nuestro territorio, las tierras bajas donde sobreviven las culturas anfibias no dependen de otra legislación y otro sistema político aguas arriba para existir. El privilegio que tenemos en Colombia no es solo la cantidad de agua que brota de las cordilleras sino también, y sobre todo, contar un sistema integrado y autónomo, cuya supervivencia depende de lo que nosotros mismos hagamos.

¡Y hay que ver lo que hacemos! Cuántas atrocidades se cometen a diario en contra de los ríos en Colombia, y qué admirable es la capacidad de resiliencia de esta tierra que todavía nos regala generosa tanto líquido vital. Páramos, manantiales, cursos de las aguas envenenados, atrofiados, explotados sin piedad. Si no fuera por la lucha de unos pocos que defienden hasta con su vida la existencia de las aguas en Colombia, y menos mal cada vez son más, cuánta escasez de agua estaríamos padeciendo en las ciudades, donde abrimos el grifo creyendo que el agua nace por generación espontánea en el tubo.

Con la arrogancia heredada de todas las generaciones de humanos depredadores de la naturaleza, hoy en día arremeten los intereses de explotación de riqueza legal e ilegal de los ríos colombianos desde su nacimiento hasta la desembocadura. Basta ver la torrencial cuenca del Pacífico, envenenada con mercurio y destrozada por las dragas incesantes, o la devastación social de los pueblos del Bajo Cauca por cuenta de ese monumento a la ambición desenfrenada que es Hidroituango. En Colombia se matan impunemente las aguas, las culturas, y a quienes las defienden. Como ellas, y como la vida misma que es terca, las comunidades logran resurgir después de pasar por los peores momentos. Pero la historia parece de nunca acabar, porque los asesinos de aguas y de gente acechan permanentemente, por todo el territorio nacional.

Nuestros mapas fluviales son tan intrincados como la violencia, así es la turbulencia de las aguas, así su fuerza y su obstinación. No es fácil ser preciso en el curso de un río, ubicar exactamente en dónde nace y por cuál montaña se desliza. Tan difícil como tener claras las sinuosidades de la guerra. Tal vez si aprendiéramos a leer los mapas entenderíamos que tanta violencia nace en algún momento, en un punto, en un lugar preciso; y que la verdad consiste en ubicar ese orígen para entender su curso sobre nuestra historia, porque como las aguas del río que más tarde o más temprano llegan a la desembocadura, el dolor y la violencia algún día tendrán que morir en su propio mar.

  1. El paro sigue creciendo, cada vez más pueblos étnicos y organizaciones campesinas y sindicales se le unen. De acuerdo con los pronósticos, en materia de agistación social, abril aguas mil.




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