opinión

Alberto Donadio  Columna
Alberto Donadio - Foto: DAVID ESTRADA LARRAÑETA

Fabio Castillo recuerda a Mauricio Gómez

“Mauricio nos dejó un legado no solo por su trabajo y dedicación, sino también por su afabilidad, si se tiene en cuenta que se trata de una de las pocas características humanas que enriquecen a quien la da y a quien la recibe”.    


Por: Alberto Donadio

Fabio Castillo es una leyenda viva del periodismo. En El Espectador fue la mano derecha del director, Guillermo Cano. Se enfrentó a Pablo Escobar y está vivo. Le cedo el espacio para publicar esta adaptación de la remembranza que escribió sobre Mauricio Gómez: “Así como las personas usan un nombre para diferenciarse, también hay una palabra que los individualiza. Y en el caso del periodista Mauricio Gómez Escobar, esa palabra era afabilidad. Esa característica fue el primer aporte de Mauricio al proyecto que acababa de relanzar su padre, el periodista, abogado y político, en ese orden, Álvaro Gómez Hurtado, quien había integrado una plantilla de redactores y reporteros, todos sometidos a la presión intrínseca de las grandes plumas que ya habían desfilado por el vetusto edificio de La Capuchina de Bogotá, en la calle 15 con la carrera 13. Yo había entrado a trabajar a El Siglo un viernes de agosto de 1976. Venía del Noticiero Todelar.

En El Siglo, tan pronto pasábamos el periodo de prueba de dos meses, nos entregaban una cartilla de unas 50 páginas, el Manual del reportero: una concisa y precisa lección de reportería y de trucos del oficio. Su autor, el director, Álvaro Gómez Hurtado. La redacción, en la tercera planta del edificio, era una redacción juvenil, dinámica, solidaria, creativa. En el cuarto piso, donde estaba la dirección, tenían escritorio María Isabel Rueda y el inolvidable Juan Diego Jaramillo. En esa redacción irrumpió un día Mauricio Gómez, con una impecable bata blanca que le llegaba a la rodilla y unos guantes desechables que empleaba para manejar las fotografías en blanco y negro. El periódico, por cuestiones obvias de presupuesto, no imprimía sino en negro. Lo primero que hizo Mauricio fue apersonarse de la sección de fotografía. Enseñó técnicas novedosas de revelado, explicaba cómo al momento de pasar el negativo al positivo de papel se podía volver a encuadrar la fotografía, no solo para mejorar el foco, sino también su campo de profundidad y su composición por el juego de espacios por las dos pirámides invertidas. Un maestro.

Pero su más sonado aporte fue el marco de las fotografías. El borde de las fotografías en la prensa era muy irregular, los puntos de negro/gris que definían su cuerpo se difuminaban en la página con la impresión y el resultado era casi siempre lamentable, en términos estéticos. Mauricio llegó con una solución, hacer un marco al papel con cinta aislante, que, al ser llevada a la plancha de impresión, se convertía en una línea negra. Al tener un marco de referencia, la fotografía impresa ganaba en nitidez y profundidad. Ese avance se mantuvo en secreto por más de dos años, sin que los otros periódicos pudieran descifrar cómo el diario de La Capuchina se les adelantaba en algo clave para el impacto visual del diario impreso.

Álvaro Gómez a las cuatro de la tarde, en mangas de camisa, preguntaba temas, resolvía titulares, diagramaba la página y cuando ya creía tenerla resuelta, la tiraba al piso y la inspeccionaba desde todo ángulo, con minuciosidad de entomólogo. Esa reingeniería de ensamble de las piezas del periódico que concibió Mauricio dio también lugar a dinámicas creativas espontáneas para resolver temas de primera plana. Así salió, por ejemplo, la reconstrucción del asesinato de un alto funcionario de la Aeronáutica Civil, Osiris de J. Maldonado. Álvaro Gómez preguntó por datos relevantes del hecho para elaborar el titular y Eduardo Carrillo, el reportero judicial, describió un ataque de sicarios en moto contra el carro de Maldonado, un Dodge azul largo. ‘Como el mío’, dijo Gómez, y eso desató la lluvia de ideas, en esa misma calle 15 había un concesionario de motos, nos prestaron dos con sus motoristas, y con el apoyo escolta de Gómez se hizo la reconstrucción simulada del atentado, para tomar la secuencia de fotos.

En la primera página aparecieron las cinco fotografías de la reconstrucción, bajo el título ‘Así asesinaron a Maldonado’. La leyenda de las fotografías precisaba que se trataba de una reconstrucción periodística, pero el golpe de impacto informativo fue inolvidable. Después, Mauricio inauguró clases de inglés para la redacción, que nos daba juicioso a las nueve de la mañana, día de por medio, mientras nos acercaba a las revistas Time y Newsweek en sus técnicas de redacción. Yo por entonces estudiaba Filología e Idiomas en la Universidad Libre de El Bosque, así que también era el complemento perfecto para mi desarrollo. Mauricio nos dejó un legado no solo por su trabajo y dedicación, sino también por su afabilidad, si se tiene en cuenta que se trata de una de las pocas características humanas que enriquecen a quien la da y a quien la recibe. R. I. P., Mauricio”.