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Opinión

  • | 2018/11/14 02:16

    El síndrome de la mujer golpeada

    Si la mitad de los ciudadanos de la nación asegura ser feliz transitando el límite de la pobreza, instaurando tutelas para que las EPS les presten el servicio de salud, trabajando bajo la modalidad de prestación de servicios y otras degradaciones de carácter social, entonces no estamos ante un país feliz sino masoquista.

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Ya no sé si Colombia es un país de pasión, como el recordado comercial de televisión que promocionó el gobierno Uribe, o una nación de locos apasionados, o de olvidadizos que solo recuerdan selectivamente algunos “instantes felices”. Digo instantes porque la “felicidad” no es un estado natural de los individuos sino la suma de varios momentos a lo largo de la vida. Una inyección --o quizá varios disparos cerebrales-- de endorfina. A menos que los colombianos permanezcamos en una traba colectiva y eterna, resulta sumamente chistoso pensar que esta República del Sagrado Corazón tenga en sus manos el truquito para alcanzar la felicidad y una consulta nos ubique hoy entre los 10 países más felices del planeta.

El fondo del asunto es de coherencia, ya que es imposible sustentar un hecho sin tener en cuenta otro, u otros, que son la base del primero. Por ejemplo, a cualquier persona, por muy erudita que sea, le resultaría imposible explicar el concepto cultural de belleza si no tiene claro el de fealdad. Es apenas una relación de reciprocidad semántica que es aplicable a otros conceptos de la vida. Colombia es un país pobre y más de la mitad de sus habitantes son repobres y las riquezas económicas recaen solo en un 10 por ciento de su población. Eso para empezar. Lo anterior produce un promedio mensual, solo en La Guajira, de unas 27 muertes de niños por hambre, según un estudio del 2017 del Banco de la República. El robo del presupuesto en esa región del país es enorme porque todos los dineros, o una gran mayoría de estos, pasan a los bolsillos de una red de políticos corruptos, encabezada por Oneida Pinto, Kiko Gómez, Wilmer González y una larga lista de descendientes políticos.

El problema real del asunto en Colombia no es que los administradores del país roben, sino la permisividad regular de los entes de control, encargados de velar porque situaciones como estas no se presenten. Pero la podredumbre, para ser sincero, va más allá, ya que la corrupción es como un caudaloso río que atraviesa todo el país y se ramifica en todas las direcciones. Lo anterior podría explicar el desfalco administrativo y económico de una ciudad como Cartagena de Indias, el paso de nueve alcaldes en ocho años por el Palacio de la Aduana y la llegada a este de figuras tan cuestionadas y con un pasado tan oscuro como Curi Vergara, García Romero, Alberto Barboza y, más recientemente, Quinto Guerra, Sergio Londoño y, por último, Pedrito Pereira, que, según sus compañeros de aula, ha sido el peor estudiante de derecho que ha pasado por la Universidad de Cartagena.

El asunto, por supuesto, no se queda allí, pues con el robo de casi 700 mil millones de pesos de la refinería de petróleo más moderna de América Latina, según el gobierno, se hubieran podido construir unos cinco hospitales de alta complejidad y salvado la vida de miles de niños que han muerto a lo largo y ancho del territorio nacional por la falta de agua potable y alimentos. Se hubiera podido cubrir gran parte del hueco fiscal de la nación o aportar el faltante que no le ha permitido a la educación superior pública (desde hace más de 25 años) cumplir satisfactoriamente con sus funciones de formadores de futuros profesionales.

Hasta ahora, nada de lo expuesto podría darnos elementos de juicios para resaltar la felicidad que desborda el país y que nos pone casi a la cabeza de las naciones más felices del planeta. Los escándalos de corrupción, los asesinados selectivos de líderes sociales, el penoso y célebre caso de Odebrecht que hoy está más vivo que nunca, pues a la manguala que ya el país conoce se le ha agregado el asesinato como una vieja fórmula para acallar testigos y que nos hace recordar los envenenamientos famosos durante la Guerra Fría llevados a cabo por la desaparecida Unión Soviética y que hoy Putin parece reivindicar, son indicativos de que Colombia no tiene estructurada una plataforma para satisfacer las necesidades básicas de una población que hoy supera los 50 millones de habitantes aunque el DANE diga lo contrario y que nos pone, esta vez sí, a liderar la lista de las naciones más desiguales no solo del continente sino del planeta.

A lo anterior, como lo estamos viendo y seguramente lo veremos a lo largo de los próximos cuatro años, habría que agregarle el aumento (la sola intención ya es perversa y criminal) del 19 por ciento del IVA al resto de la canasta básica familiar, el casi seguro gravamen a las pensiones que pasen de los 3.900.000 pesos y los salarios que superen el 1.800.000. Asimismo, el aumento de la edad (en mujeres) para pensionarse y la posibilidad de que ese 30 por ciento de ciudadanos que hoy cotiza pensión solo la mitad alcance a recibirla, nos pone a pensar si en realidad Colombia es un país feliz o, si, por el contrario, es una nación que sufre del síndrome de la mujer golpeada que defiende las acciones del marido cuando las autoridades lo requieren por violencia intrafamiliar.

Ante un panorama tan desolador, donde el Congreso de la República parece que legislara para las clases poderosas del país y el hombre más rico de Colombia asegure que le gusta la idea de que se graven los alimentos básicos, nos dice dónde estamos y hacia dónde vamos. Si la mitad de los ciudadanos de la nación asegura ser feliz transitando el límite de la pobreza, instaurando tutelas para que las EPS les presten el servicio de salud, trabajando bajo la modalidad de prestación de servicios y otras degradaciones de carácter social, entonces no estamos ante un país feliz sino masoquista.

En Twitter: @joaquinroblesza

E-Mail: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.        

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