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Opinión

  • | 2019/01/17 00:15

    El adiós a un maestro

    "Muy duro es dejar el mundo de los vivos con el alma cargada de sentimientos nunca expresados, y aún más duro es saber que los muertos jamás escucharán lo que tanto se pensó de ellos y solo se dijo junto a la tumba o lejos de ella".

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En las noches leo y releo. Observo las hileras de libros que reposan erguidos en los estantes de ese cuarto que llamo biblioteca y descubro la suave capa de polvo que los cubre. Es un polvo finísimo y ligero que siempre está allí sin importar cuántas veces pase el trapo para retirarlo. No sé cuántas verdades yacen en sus páginas ni cuánta pasión pusieron sus autores en estas. Pero de lo que no hay duda es que encierran verdades particulares del mundo: el encuentro de sus creadores con otros libros, con otros autores y otras formas de mirar los hechos que afectaron (o marcaron) sus vidas y la de esos seres que les rodeaban en un momento determinado de la Historia.

Todo libro es, por esencia, la narración del hombre: una porción de la calle, del barrio, de la ciudad y el país. Nadie es una isla en sí mismo, escribió el predicador de la catedral de San Pablo de Londres John Donne, ya que cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la Tierra. De manera que cada libro, cada una de las historias que leemos, están necesariamente conectadas por ese cordón umbilical que es la vida frente a las experiencias (positivas o no) que nos afectan en un momento determinado.

Hace tres noches (no sé si llamarlo premonición, coincidencias o azar) mientras retiraba por enésima vez el polvo de los estantes, tropecé con un libro blanco que tenía una mancha, al parecer de café, en el lomo y que llevaba por título Aún nos queda la palabra. Por un momento pensé que se trataba de uno de los tomos de lingüística que me habían obsequiado durante mi estancia en el Caro y Cuervo. Pero no. Era un libro del maestro Felipe Santiago Colorado, una compilación de algunas de sus columnas publicadas en el diario El Universal de Cartagena a lo largo de varias décadas. Mientras lo ojeaba, tuve esa rara sensación de estar reanudando un diálogo truncado, o, por lo menos, dejado en remojo durante largo tiempo. El taller literario Candil de la Universidad de Cartagena, el cual dirigió durante más de diez años y contribuyó a la formación literaria de un grupo de jóvenes brillantes, entre los que figuraban John Jairo Junieles, Margarita Vélez Verbel, Luis E. Mizar, Gary Gassán Caballero, Vicente Vargas Cera, Gregorio Álvarez, José Berthel, Miguel Torres y Adriana Almansa Iglesias, entre muchos otros, había desaparecido a finales de los noventa, dejando un profundo bache en nuestra rutina.

Atrás habían quedado esas largas tardes de conversaciones con Germán Espinosa, Héctor Rojas Herazo, Eligio García Márquez, Juan Manuel Roca, Manuel Zapata Olivella, Sánchez Juliao y una extensa lista de influyentes escritores colombianos que nos visitaron y aportaron con sus consejos un grano de arena a esa pasión por los libros. Atrás quedaron también esos largos recorridos de tardes sabatinas (casi siempre sin rumbo) por las tiendas y bebederos del centro amurallado. Las discusiones sobre literatura estaban siempre a la orden del día y en el tapete de esas charlas nunca faltaban nuestras diferencias o admiración por un escritor que considerábamos imprescindible o no en la formación de los noveles escritores.

Eran unos recorridos que a veces nos llevaban a Bocagrande, al Pie de La Popa o Manga. A veces terminábamos en el taller de algún reconocido escultor o pintor cartagenero. A veces nos perdíamos en las profundidades del patio de una casa de Turbaco o Arjona, debajo de unos palos de mango, tomándonos un litro de Tres Esquina y degustando un sancocho de carne salada y arroz de coco frito, como le gustaba al maestro Colorado. A veces las tardes de sábado eran solo largos monólogos en los que el profesor nos hablaba de esa eterna lucha entre liberales y conservadores. Su huida del país por los años en que los Pájaros y los Chulavitas iban de pueblo en pueblo, con lista en mano, asesinando a todos aquellos que no asistían a misa a la hora en que ellos iban.

Recuerdo haberme tendido en el sofá de la sala y haber abierto el libro al azar. Allí estaba ese artículo que tanto me había gustado en su momento y que me había sacado un par de lágrimas. Su título era Distancias insalvables y había aparecido en la edición de El Universal del 11 de septiembre de 1990. En uno de sus apartes el maestro Colorado había escrito: “Una de esas distancias, la más torturante, es la que existe entre lo que se siente y lo que dice. Solo los niños, los locos, los drogadictos y borrachitos consiguen dar ese salto mortal y salir ileso. Muy duro es dejar el mundo de los vivos con el alma cargada de sentimientos nunca expresados, y aún más duro es saber que los muertos jamás escucharán lo que tanto se pensó de ellos y solo se dijo junto a la tumba o lejos de ella”.

Recuerdo también la reacción de Francia, mi madre, cuando le leí una tarde ese artículo. Recuerdo el gesto de su rostro cuando terminé y un par de lágrimas atravesando sus mejillas. Recuerdo haberlo recortado y mi madre guardado en las páginas interiores de un álbum de fotografías. Yo le había hablado tanto de Felipe S. Colorado Hurtado que cuando lo conoció, una de esas tantas tardes sabatinas en que nos sorprendió con una visita, no pudo evitar darle un fuerte abrazo y un beso.

Mientras leía, un mundo de recuerdos se agolpó en tropel. Por alguna razón que no comprendí en su momento busqué el viejo álbum y extraje el recorte del artículo y miré varias fotografías en las que posábamos para la cámara. Francia siempre dijo que cuando las personas están muriendo hacen un meteórico recorrido por los lugares que conocieron. No sé qué tanto de verdad haya en esa afirmación, pero 24 horas después un viejo amigo del taller literario Candil me escribió para informarme de su muerte. Había cumplido, el año pasado, 97 años.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

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