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Opinión

  • | 2006/11/25 00:00

    Fosas comunes y política

    Gustavo Salazar Arbeláez reflexiona sobre lo que significa el hallazgo –ahora casi a diario– de restos de cadáveres en todos los rincones del país.

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En pleno vuelo se abrían las puertas. Sobre el mar Atlántico o sobre el río de la Plata, iban cayendo uno a uno los cuerpos aún vivos, a veces desnudos, y siempre amarrados de los que serían los desaparecidos. Los “vuelos de la muerte”, durante la dictadura militar en Argentina, se convirtieron en un método para tratar de ocultar la verdad, para callar, para asustar, para reprimir, para no enterrar. Uno de los protagonistas, el entonces capitán de Corbeta Adolfo Scilingo, disfrutó de la autoamnistía impuesta a un país por la dictadura, como condición para ceder el poder. La paz se convirtió en un chantaje.

En 1997, en reunión con un investigador de la Procuraduría General de la Nación, tuve el sórdido privilegio de ver fotos de los cuerpos de hombres flotando en el Atrato, que, uno a uno, hasta llegar a varios cientos, daban testimonio de la operación “Reconquista” de Urabá. Eran los intocables, cuerpos maltratados, desmembrados, materia en putrefacción, restos malditos y casi desleídos que nadie se atrevía a tocar, que nadie podía enterrar, que nadie podía mirar, porque ya estaban desaparecidos y sobre ellos pesaba la orden del olvido.

La escena se repetiría años después en Putumayo, en Buenaventura, en Barrancabermeja, en el sur de Bolívar y todo el río Magdalena. Miles de desaparecidos que los ríos se llevaron, se han llevado y aún se llevan al Caribe o al lejano Atlántico a través del Amazonas. El negro Vladimir, jefe paramilitar del Magdalena Medio afirmaba en 1989, hablando de 19 comerciantes desaparecidos: “Nosotros los llevamos de la escuela 01 hasta el Palo de Mango en Puerto Sambito y ahí los matamos, los picamos y los echamos al río”. Desaparecidos.

Pero para los verdugos no siempre hubo un río cerca, no siempre el mar ha estado en sus dominios, sus víctimas han sido, con frecuencia, campesinos que habitan en las montañas, en las selvas, en sabanas lejanas. Para callar hay que enterrar los cuerpos, y esperar que la manigua, el tiempo y el miedo, sepulten los crímenes.

Casi 700 cadáveres han aparecido, otros cientos, ya miles, esperan ser desenterrados para contar un poco la verdad de su sufrimiento. Los restos dan testimonio de sevicia, muertes a machete, torturas, desmembramientos, violaciones, hombres y mujeres humillados, apaleados, reducidos, seres que agonizaron su muerte y la padecieron en las pausas, la arrogancia y el poder de sus victimarios. En Sucre, sólo en Sucre, ya han aparecido a la fecha más de 105 cadáveres, de los cuales al menos 64 en la finca El Palmar, el lugar en donde Rodrigo Mercado Peluffo, alias ‘Cadena’, un carnicero, llegó a regodearse con las víctimas en ejercicio de las habilidades derivadas de su oficio. Allí mismo, en ese campo de exterminio, se realizaban reuniones y no pocos agasajos, con y para hacendados y políticos de turno.

La política en Sucre, como en muchos otros sitios, se construyó a partir de la máxima violencia, el poder de los barones electorales de ese departamento se edificó a partir de las masacres, el miedo, los desaparecidos, las fosas comunes. La relación, la connivencia o la complicidad de parlamentarios con grupos paramilitares no se puede limitar al establecimiento de alianzas electorales, ni al hurto continuo y descarado de las regalías petroleras. En Sucre la participación de parte importante de las elites locales no está centrada, no se reduce a la simple tolerancia, sino que, además, estuvo orientada hacia la promoción y el pago, en no pocos casos, de asesinatos y masacres.¿Quiénes pagaron las masacres de Macayepo, Pichilín, El Salado, Ovejas, María La Baja? ¿Quiénes sostuvieron, alentaron y financiaron el exterminio de campesinos, sindicalistas, disidentes o ciudadanos “sospechosos” durante 10 años en Sincelejo, Tolú y Corozal? ¿No tendrán nada que decir los Comandantes de la Infantería de Marina en la zona, en especial el oficial de la Armada Rodrigo Quiñones, nombrado diplomático en Israel por el presidente Uribe?

Esas curules están llenas de sangre, la política que creció bajo la excusa de la venganza, para construir codicia, los hace cómplices, coautores. Las razones, las justificaciones no faltan, como decía un militar francés que practicó torturas durante la guerra de Argelia “Era preciso vengar los actos monstruosos cometidos por nuestros enemigos”. Actos monstruosos contra enemigos monstruosos, un régimen sostenido y alimentado a partir de la violencia máxima, nuestra débil democracia agoniza, jadeante, a partir de su total negación; del voto popular gozan los máximos depredadores; la representación ciudadana quedó en manos de verdugos, de vulgares criminales; la misma democracia se niega.

La verdad será incompleta, poco o nada podrán decir los muertos que nunca existieron y que sin duda murieron. Todorov, el magnífico pensador europeo señala que “al parecer, tiene que transcurrir un lapso de alrededor de un cuarto de siglo para que un acontecimiento traumatizante pueda llegar a la conciencia colectiva”. Parece mucho tiempo para quienes esperamos que se castigue tanto oprobio, actuar y esperar es lo sensato; la captura del teniente coronel Edilberto Sánchez Rubiano como uno de los posibles responsables de las de las desapariciones sucedidas en la toma del Palacio de Justicia, hace 21 años, enaltece la acción y la paciencia. ¿Y Alfonso Plazas Vega, estará tranquilo, “maestro”?

Los victimarios han gozado de las prebendas del Estado, como parlamentarios, como usurpadores del patrimonio público, como diplomáticos, como Salvador Arana en Chile. Los “vuelos de la muerte” en Argentina ya tienen responsables, Adolfo Scilingo fue condenado en el 2005 a 640 años de prisión por un tribunal de Madrid. La arrogancia del verdugo se derrumba, casi 30 años después de haber vejado a sus víctimas. Durante el juicio, ni una palabra de arrepentimiento, nunca se retractó, su silencio, sin embargo, no le evitó la pena, una condena que empezó con sus palabras “Yo dije un montón de disparates, con la idea de que se investigara”. Disparates que en el país acabamos de escuchar.

*Profesor de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
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