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Luis Carlos Vélez. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

Fracaso asegurado

Si no logramos construir juntos una democracia en la que no exista discriminación, pero tampoco una destrucción de la institucionalidad, tendremos un fracaso asegurado.

Por: Luis Carlos Vélez

“Nos escupen, insultan e, incluso, en una oportunidad agarraron a patadas a uno de nuestros compañeros en el piso”, me dijo una de las funcionarias de Migración Colombia con las que conversé desprevenidamente la semana pasada. Mientras renovaba mi suscripción a Migración Automática, tuve la oportunidad de dialogar con dos trabajadoras de la entidad sobre el desafortunado evento en el que un agente terminó pateando a un ciudadano. Y aunque ellas, como todos, coincidimos en que la reacción del empleado estatal es completamente reprobable, acá hay un espacio más profundo para la reflexión.

“Nos dicen que somos unos muertos de hambre; nos insultan cuando les exigimos documentación y constantemente nos golpean en las ventanas”, es lo que me dijo una de las jóvenes uniformadas. Y le creo. Si en Colombia es común ver cómo personas le pegan a la policía e incluso hay quienes arremeten contra soldados, no sería extraño que agredieran también a trabajadores migratorios que no portan armas.

Si usted quiere ver un curso acelerado de tres horas sobre civilidad y respeto a las normas, tome un vuelo desde Bogotá a Estados Unidos. Durante el periplo no es extraño ver cómo alevosos viajeros colombianos que increpan a las autoridades en su país llegan totalmente domesticados frente a los agentes de migración en la Unión Americana. ¿La razón? Todos tienen muy claro que si alguien agrede a un funcionario en Estados Unidos se va directamente a la cárcel, sin ningún tipo de pregunta o contemplación.

La narrativa antiestablecimiento que se está implementando en Colombia nos está llevando al caos. La hipervictimización de la sociedad y la explotación de nuestras diferencias económicas y sociales están creando un profundo y peligroso vacío de autoridad. 

El discurso contra la Policía y el Ejército que plantea un sector político mina la posibilidad de vivir bajo algún tipo de orden que garantice la democracia y la libertad. Si el Gobierno se empeña en hacerse más fuerte socavando la confianza en aquellos que nos protegen y nos defienden, legitimando el actuar criminal o delincuencial de organizaciones amigas o afines, o justificando las violaciones de la ley en una guerra de clases, creará un escenario donde solo imperen el caos y el descontrol. 

En su más reciente libro, El gran experimento, el citado politólogo Yascha Mounk dice: “Depende de nosotros y las instituciones que construimos que diferentes grupos puedan verse como enemigos o amigos, como extraños o como compatriotas. Para hacer que diversas democracias funcionen o incluso tengan éxito, necesitamos crear un mundo en el que nuestras identidades importen menos, no porque las ignoremos, sino porque logremos entenderlas”.

Mounk también sostiene que es precisamente la construcción de nuevas democracias en las que se reconocen múltiples grupos étnicos, sociales y religiosos bajo un mismo techo, el gran reto de nuestros días. Sin embargo, asegura que esa manufactura es altamente compleja, teniendo en cuenta el populismo y la irresponsabilidad de las redes sociales.

Lo que nos trae a lo que estamos viviendo hoy por hoy en nuestro país: el reconocimiento de grupos sociales ignorados históricamente, ahora participando activamente en el debate nacional. El problema es que si esta nueva transición de inclusión no se hace bajo parámetros de autoridad, diversidad y cohesión nacional, seremos víctimas de un esquema incluso peor al que nos encontrábamos.

Sobre el incidente de la patada, también hablé con el agredido por el funcionario de Migración Colombia. El hombre me dijo que se trató de un claro caso de racismo. Sin embargo, cuando le pregunté detalles de lo sucedido antes de la patada, únicamente atinó a relatar que le había mentado la madre al funcionario tras sentirse discriminado.

Repito, si no logramos construir juntos una democracia en la que entremos todos, no exista discriminación, pero tampoco la destrucción de la institucionalidad, tendremos un fracaso asegurado. En otras palabras, nada ganamos en castigar al funcionario de Migración sin entender bien qué ocurrió en los hechos que antecedieron a la agresión y cómo esta pudo ser evitada.