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Lucía Bastidas.
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Frente contra la delincuencia, para una ciudad en crisis

Basta ya de normalizar la violencia, de desconocer la presencia de los grupos criminales y hacer caso omiso a la evidente ola de delincuencia que toma cada vez más fuerza en las zonas urbanas del país.


Por: Lucía Bastidas

Ya no son esporádicos los casos de crímenes perpetrados en la capital del país. Decenas de sicariatos, ajustes de cuentas por microtráfico y control de territorios, atracos que terminan con heridos y homicidios, desapariciones, cuerpos en bolsas y lonas por toda la ciudad, uso de drogas para robar, fleteos, delitos de alto impacto al alza. Esto no recuerda de nuevo que la ola de inseguridad dejó hace mucho de ser percepción, para convertirse en la más cruda realidad. Ahora, ¿qué necesita Bogotá?

No se puede ocultar la preocupación que existe porque no surten resultados, ni las medidas improvisadas a las que acude el gobierno distrital. Que la percepción de inseguridad alcance el alarmante 88 % o que no pase una semana sin una desaparición violenta o un hurto, que termina en muerte, es alarmante.

La ciudad necesita una estrategia de gran alcance, que además se logre a corto plazo, mitigar el delito y menguar a las bandas criminales. Se debe trabajar sobre un ecosistema de seguridad, con la información que arrojan los observatorios, con la que entrega la inteligencia, la tecnología, la que aportan las redes de cooperantes y los frentes de seguridad articulados con las entidades y las comunidades.

También, se requiere el firme compromiso de las autoridades y la rama judicial, para solucionar las fallas persistentes en la captura y judicialización efectiva de los criminales que terminan libres a las pocas horas.

Preocupa que los hechos delictivos aumenten, pero que las capturas sean cada vez menos; pasamos de 47.214 en 2018, a 28.854 en 2021, ¿cómo es posible? Lo paradójico, es que la reducción de las mismas, no están ligadas a la disminución de los delitos, pues al comparar 2019 con 2021, se observa que se presentaron incrementos porcentuales en: homicidio (8,6 %), extorsión (68,3 %), hurto a automotores (6,7 %), hurto bicicletas (18,4 %), hurto motocicletas (14,4 %), lesiones en atraco (31,2 %) y lesiones personales (0,2 %) ¿Qué ha ocurrido con el proceso de captura? ¿Esa disminución se ha visto influenciada porque la Policía ha estado maniatada y su relación con la Administración está quebrantada por un discurso que demerita su papel en la preservación de la seguridad?

Otro asunto urgente para abordar, es el uso (en hurtos) de drogas como la escopolamina y otras similares, que ya han cobrado dos vidas en el último mes y registran más de 320 denuncias en 2022, bajo esta modalidad. Por eso, hay que conformar un frente común con Asobares, los gremios de taxistas y moteros, los cuadrantes y todos aquellos que intervienen en el sector de la rumba y el entretenimiento nocturno para identificar a las estructuras que atacan de esta manera y desarticularlas.

Como ocurre con el hurto a personas y los fleteos, que van en aumento, se puede contar con el apoyo de Asobancaria y Asomovil, igualmente con los empresarios y los 182.046 vigilantes y guardas de seguridad que custodian los conjuntos residenciales, oficinas y comercios, (153.263 hombres y 28.783 mujeres), registrados por la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad Privada.

Ese cúmulo de información, será el insumo principal para generar mapas de calor actualizados y precisos para saber: por dónde comenzar a actuar, qué acciones específicas se deben emprender, quiénes pueden cooperar y de qué manera, el tipo de modalidades, horarios y zonas afectadas. Así, las estrategias logran un mayor impacto; por ejemplo, conectando masivamente cámaras de seguridad con el C4, mejorando las existentes con reconocimiento facial y de placas, reportes de alarmas, líneas directas sin tantos intermediarios, actuar en dos líneas: prevención y georreferenciación que entreguen indicadores que sean evaluados y den resultados en operativos; capturas, herramientas operativas que sirvan a planes de contingencia, orientando gestiones para atacar a los comercializadores ilegales y los reducidores, porque acabando con los centros de acopio para estos elementos robados, se acaba con el negocio de compra y venta, y se perjudica a los delincuentes.

De la mano, va la recuperación de espacios y la apropiación de ciudad, luego de que a estas alturas el panorama de la capital sea de abandono de zonas e invasión de basuras, escombros, falta de iluminación y cambuches, que crean focos de inseguridad. Hacer control y censo de los vendedores ambulantes, porque el espacio público es de todos y no puede estar controlado por mafias y organizaciones al margen de la ley.

Ahora bien, es prudente tomar experiencias exitosas que puedan adecuarse a nuestro contexto, en donde se postule la seguridad ciudadana desde un enfoque ecosistémico en el que no se analice y trabaje exclusivamente en disminuir los delitos de alto impacto sino que los diferentes actores de la sociedad interactúen en pro de la seguridad.

Es pertinente hablar de gobernanza en seguridad que propicie y cree lazos de comunicación fluida para actuar de forma preventiva frente al delito (cuando sea posible), responder en tiempo real a situaciones y fenómenos delictivos. Cuando se involucran más actores y no nos quedamos únicamente en operativos e intervenciones, la gobernanza puede ser una alternativa para pensar la seguridad, llegando con apoyo y oferta social.

Basta ya de normalizar la violencia, de desconocer la presencia de los grupos criminales y hacer caso omiso a la evidente ola de delincuencia que tomó cada vez más fuerza en las zonas urbanas del país. Es momento de convocar a la ciudadanía, a públicos, privados y redes de apoyo en un ecosistema de seguridad que se soporte en la data y la inteligencia; solo así se combatirá el crimen, solo así se recuperará la confianza ciudadana y solo así, se mitigará la ola de delincuencia que se tomó a Bogotá.