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Opinión

  • | 1996/04/01 00:00

    GENTE DE LA UNIVERSAL

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Un nuevo personaje, que parece sacado de la exitosa película que le sirve de nombre a esta columna, ha irrumpido con todos sus trastos en la vida nacional. Se trata de Sherlock Tulio Gutiérrez, nuevo director del DAS, quien a pocas semanas de haber asumido su cargo anunció la forma en la que lo ejercería, con las siguientes palabras: "Ahora sí elDAS va a hacer lo que antes no estaba haciendo".Y lo hizo. En un operativo que mereció más carcajadas que otra cosa, detuvo durante varias horas a la asesora gringa de Fernando Botero, le fotocopió sus documentos, la acusó de conspirar contra la seguridad nacional y después la dejó ir.Fue el primer paso concreto de un Estado policivo que viene amenazando con instalarse en Colombia desde que se radicalizó la opinión alrededor del proceso 8.000, pero que requería en el DAS de la presencia de un íntimo amigo del Presidente que estuviera dispuesto a utilizar la infraestructura de inteligencia del Estado las 24 horas del día al servicio de mantener al primer mandatario en su cargo.Desde luego, la gente ya venía preparándose para el Estado policivo. Hace muchos meses, creo yo que desde que se hizo evidente que Alberto Giraldo no hablaba ni muchísimo menos desde "teléfonos seguros", los colombianos comenzamos a realizar nuestras llamadas telefónicas con la sensación de que podíamos estar siendo grabados. Como precaución, los más descarados comienzan sus conversaciones haciéndole un saludo al Presidente, diciéndole que lo creen culpable, para que no queden dudas, y luego sí hablan de lo que iban a hablar. Los más cautos hablan en clave. Pero los colombianos somos malos para eso de las claves.De antes, son famosas anécdotas como la de alguien que informaba por teléfono, recién posesionado Laureano Gómez, que su próximo ministro de Defensa, Jorge Leyva, se encontraba escondido "dans le batallon Caldás". O como la de una señora que aseguraba que la situación estaba muy peligrosa el 9 de abril, porque podían "matar a M O". O como la de un famoso espía colombiano en la guerra con el Perú, que firmaba todos sus informes de inteligencia con el nombre clave de "Espi-Col".Para no ir muy lejos, el proceso 8.000 está lleno de ejemplos de lo malos que somos los colombianos para las claves. "El número uno" es el nombre clave menos original de la historia para hablar del presidente Samper. "El número uno de los verdes" no dio mucho trabajo para ser identificado como Fernando Botero. "K. Becerra" no obligó siquiera a consultar el directorio telefónico. "Santi, el tesorero", se caía de su peso. "El doctor Garavato" es una referencia más cariñosa que clandestina. Y "el Bandi" como nombre clave solo podía sorprender en la medida en que uno descubría que los Rodríguez pensaban como uno.Ahora la gente común y corriente habla por el teléfono de "el piloto", o del "señor que le ganó a Andrés" para referirse a Samper, del "hombre de la escuela de caballería" para hablar de Botero y de "el señor del Parque Nacional" para referirse al Fiscal. El otro día un amigo me hablaba insistentemente de un funcionario de Palacio al que se refería como "Inri", para que nadie supiera que estaba hablando de Cristo, ex asesor de Comunicaciones de Samper y actual vicecanciller. Con esas claves, lo que sí es seguro es que entre los colombianos no hay conversaciones secretas.Pero el incidente con la asesora de Botero nos introdujo a un léxico que jamás se había utilizado en Colombia, y que parece más propio de Fidel Castro derribando aviones. Según Sherlock Tulio, la periodista llevaba documentos que revelaban "acciones abiertamente conspirativas contra el Estado colombiano y su Presidente". También habló de un "plan urdido hasta en sus más mínimas consecuencias por parte de agentes extranjeros para actuar contra Samper". Y de escritos elaborados "con los más modernos instrumentos de comunicaciones", por parte de una turista que, según el director del DAS, no debía ser tan turista, puesto que "ni pasó por Cartagena, ni compró artesanías de Ráquira".El incidente con la periodista Mir le permitió al gobierno acusar a Botero de algo muy común por estos días: de querer que se caiga el Presidente. Más o menos lo que, según la última encuesta publicada por El Tiempo, consideran una aspiración justa el 57 por ciento de los colombianos, solo que ellos, a diferencia de Botero, no lo dejan por escrito en memorandos elaborados en un sencillo computador que no es, ni muchísimo menos, el "más moderno instrumento de comunicación" que describe el director del DAS, a menos que no conozca los computadores todavía. Y en cuanto a la lista de amigos y enemigos elaborada por Botero, no veo cómo una pendejada semejante pueda desestabilizar a un gobierno, a no ser que el señor Gutiérrez tema, como muchos, que la estabilidad de Samper esté de un pastorejo.Pero, despejadas las risas que produce el incidente, todo en él es grave. Seguir a la gente, intervenirle los teléfonos, acusarla por no comprar artesanías de Ráquira y suponer que el 60 por ciento del país que no está con el Presidente conspira contra la seguridad del Estado, es el síntoma de la presencia de un Estado policivo que tiene como objetivo sostener a Samper en el cargo a cualquier precio.Por eso es importante releer esta frase de una columna de Juan Lozano y Lozano, escrita hace 50 años, cuando el problema de la ingobernabilidad obligó a López Pumarejo a retirarse de la Presidencia: "En medio de esta crisis se necesita una mano fuerte. Y él no es esa mano fuerte. Es un caballero inepto para servirse de la policía secreta y de la delación y el espionaje. Cuando un caballero se mete en esos menesteres, los desempeña en forma absurda".
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Enrique Santos Calderón cuenta las últimas cinco décadas en Colombia a través de su papel en el movimiento estudiantil de los sesenta, su militancia en la izquierda en los setenta, su pluma en ‘Contraescape’, su oficialismo como director de ‘El Tiempo’ y su relación con el hermano-presidente.

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