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Opinión

  • | 2001/07/09 00:00

    Guerra contra los inocentes

    El reconocido filósofo francés Bernard Henry – Levy estuvo en Colombia durante dos semanas y acaba de publicar en Le Monde un informe sobre el conflicto colombiano.

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En Colombia, las FARC, las fuerzas revolucionarias, explotan la droga en nombre del marxismo y administran un cuasiestado, en tanto que las milicias fascistas denominadas "paramilitares", organizadas como un ejército, les libran una guerra sin cuartel a espaldas de un ejército ausente y en detrimento de la gente del común que se encuentra atrapada entre dos fuegos.

¿Quién mata mejor? ¿A manos de quién es preferible morir? ¿De los fascistas o de los guerrilleros marxistas? Los campesinos de Quebrada Nain aún discuten el asunto. Hace un mes fueron los primeros, los paramilitares de Carlos Castaño, quienes llegaron al pueblo y asesinaron a 20 personas sospechosas de "colaborar" con la guerrilla marxista. Ocho días más tarde fueron los de la guerrilla, es decir de las Farc o Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, quienes aparecieron y que —so pretexto de que los sobrevivientes no habían resistido lo suficiente, o de que inclusive habían fraternizado con el enemigo— mataron otras 10.

Hoy están allí. Finalmente, tres sobrevivientes de esta doble matanza están allí, de vuelta en el lugar del drama, en este pueblito perdido en el extremo del mundo, en los confines del departamento de Córdoba. Han ido a recuperar lo que queda de sus herramientas, efectos personales, objetos, que abandonaron tras de sí en medio de la precipitación de esas dos noches enloquecedoras de huida. Está Juan, el más viejo; Manolo, a quien llaman ‘El Mono’ por ser de tez un poco más clara; y está también Carlitos, el maestro. Fue éste último quien me propuso que los acompañara el día de mi visita al campo de Tierra Alta, la cabecera municipal: "Es bueno para nosotros que venga un gringo; es una protección; les impedirá caernos encima".

Salimos temprano por la mañana en el bus sin vidrios en las ventanas que hace el recorrido hasta la represa hidroeléctrica de Frasquillo. Anduvimos una hora a lo largo del río Sinú, por una carretera en bastante buen estado bordeada de árboles en flor y en la cual no encontramos ningún retén (¿acaso la prueba de que en Córdoba los paramilitares están en su casa?)

En Tucurra, sobre el río, atravesamos la represa, así como el campamento en materiales sólidos construido por los rusos y los suecos y fuimos un poco más lejos, hasta Frasquillo, para tomar una chalupa de fondo plano que nos dejó dos recodos del río más lejos, en la orilla opuesta a la que la tomamos, al pie de la montaña.

Es poco antes del mediodía que llegamos a ese paraje desolado en que quedó convertido Quebrada Nain, luego de una hora de camino por una trocha abierta a machete en una de esas zonas marcadas en los mapas con la leyenda: "Relieve y topografía poco conocidos".

Encontramos campesinos venidos del pueblo vecino: ¿Cómo están las cosas en Tierra Alta? ¿Hay trabajo? ¿Hay plata? ¿Es cierto que el municipio está entregando tierras? ¿Que está pintando las casas gratis?

Hay otro grupo: indígenas venidos de un pueblo situado más al norte, en los límites del Parque de Paramillo, en plena "zona de las Farc", que también vinieron por noticias: ¿Qué hace el ejército? ¿Es cierto que ya no protege a la gente y que está decomisando las escopetas de cacería? ¿Es posible que esté aliado con los paramilitares? Pero, sobre todo, ¿hay informaciones sobre el asesinato en Tierra Alta, en plena calle, de José Angel Domico, el líder indígena del Alto Sinú, que bajó a discutir las compensaciones debidas por las 400 hectáreas de buena tierra inundadas por la represa?

Pero el pueblo mismo está desierto. No está destruido, no. Ni siquiera fue saqueado. Sólo vacío. Absolutamente, espantosamente vacío. Humildes chozas de paja y de madera, dispersas a lo largo del torrente y que a través de miles de señales cuentan el drama que las dejó desoladas; el huracán enloquecido del doble asalto: las puertas abiertas; una sandalia tirada y medio podrida; un pedazo de tubo tirado en el piso, ya oxidado; un pedazo de overol raído...

"¿Por qué?", pregunta Manolo, erguido e inmóvil en lo que fue su casa, a la cual la humedad, el polvo y la fuerza de la vegetación ya empiezan a devorarle los muros, a podrirle el techo, a desnivelarle el suelo de tierra pisada. ¿Por qué vinieron aquí? ¿Por qué hicieron esto? Aquí, en Quebrada Nain, nunca supimos nada de la violencia...". Y se siente en el tono cansino, canturreante, de su voz, que estas preguntas lo rondan día y noche, invariables, desde hace meses.

"Por culpa de los narcos, responde Juan, en el mismo tono, mientras lleva una pica oxidada en una mano y una bacinilla esmaltada en la otra. Parece que van a instalar una "cocina", una planta de procesamiento de coca. Y no querían que quedara nadie por aquí.

- ¿Sí crees?, pregunta Carlitos. Por lo general prefieren estar en zonas despobladas para que los helicópteros de los "antinarcóticos" no puedan llegar. Nosotros estábamos tan cerca...

- Pues, no sé... "

Juan se persigna, y vuelven a empezar su ronda entre las casas vacías.

Colombia en guerra, es también - por supuesto - Bogotá con sus asesinatos en plena calle, sus sicarios, sus gentes que son secuestradas "al por mayor" y revendidas "al detal" a las unidades urbanas de las Farc. En Soacha, el barrio más descompuesto de la ciudad, un oficial de policía retirado, con vínculos entre los paramilitares, cuenta cómo reunió cincuenta vecinos en una "junta de limpieza social", cómo les impuso una contribución cobrándole a cada uno 80.000 pesos y cómo armó 30 contratos que le ponían precio a la cabeza de 30 niños que: 1) se drogaban inhalando boxer o gases de escape de los camiones; 2) pertenecían a bandas de sicarios; 3) tenían el culposo hábito de alimentarse de ratas, de vivir en las alcantarillas y el descaro de ir luego a exhibir su miseria y su suciedad ante las gentes de bien; 4) hacían bajar, como es apenas evidente, los precios de las edificaciones del barrio. Veinte de esos chicos fueron eliminados.

Colombia en guerra es esa banda, que puede pertenecer por igual a las Farc, a los paramilitares o a grupos de simples "bandoleros", y que va a encontrarse con los de la "ciudad subterránea", es decir con indigentes de los barrios pobres y los convence, mediante el pago inmediato de algunos miles de pesos, para que contraten un seguro de vida a favor de uno de los miembros de la banda. "No tienes nada que hacer, le dicen al indigente, sólo firmas aquí, en la parte de abajo del papel; nosotros nos ocupamos del resto y de los papeleos con la aseguradora. Y sólo por firmar te damos aquí mismito estos pesos". El indigente, por supuesto, firma, atraído por los pesos. No lo piensa dos veces y firma. Solo que, tan pronto lo hace, comienza la cacería humana, la persecución en las alcantarillas o en los barrios de Belén y Egipto. Y cuando lo atrapan y lo matan, cobran la prima del seguro ¡Operación Bogotá limpia!

Colombia es Medellín, donde me costó algo de tiempo entender qué nuevo grupo se ocultaba detrás de la extraña sigla "MAT" que veía pintada sobre las paredes de la ciudad: ¿Movimiento de Acción y Trabajo? ¿Movimiento por el Ascenso de los Trabajadores? ¿Mas Amor y Tierra? ¿Movimiento Atípico Terrorista? ¿Movimiento Anarquista Temporal? ¿Movimiento por la Autonomía del Trabajo? No. Se trata de: ¡Maten a los Taxis! Háganles la cacería, mátenlos, sobre todo a los de los grandes taxis amarillos y que van equipados con radio; porque el cartel de la droga tiene pruebas que usan los radios para comunicarse con la policía y denunciar a los expendedores de droga. Desde comienzos del año ya han caído 23. En Bogotá 30. Así no más; por un simple rumor. Baleados por sicarios a sueldo, que resultan tan invisibles como impunes.

Colombia es todo eso. Pero el pueblito asolado de Quebrada Nain, con esa pobre existencia petrificada por el doble salvajismo de los paramilitares y de las Farc, esa felicidad destrozada, esa desesperación casi muda de cada uno de sus antiguos habitantes, la imagen de Carlitos andando a la deriva en esa que fue su calle, con el brazo medio levantado como si quisiera protegerse de otro golpe; esos inocentes que, frente a dos ejércitos enloquecidos y también frente a un tercer ejército, el ejército regular de Colombia que no mueve un dedo para protegerlos, no saben a quién dirigirse ni en dónde fincar sus esperanzas. Esos hombres, esas sombras humanas, me parecen ser la quintaesencia de esta guerra que, una vez más, agrede ante todo a los pequeños e inermes.

Antaño, hace dos o tres décadas, que para el caso es lo mismo que decir un siglo, uno iba al fin del mundo a buscar destinos ejemplares, hombres de excepción, héroes. Antaño, en 1969, yo iba —no exactamente a Colombia sino a México— a los pueblos de Chiapas muy semejantes a Quebrada Nain, a buscar hombres y mujeres que, por modestos que fueran sus orígenes, me parecían llevados, elevados por encima de la tierra, enaltecidos por el soplo de la insurrección mundial de los oprimidos y tan solo me interesaban por eso. En cambio Juan, Carlitos, Manolo, no son impulsados por nada. No son ni héroes, ni personajes de excepción, ni destinos. Son pequeñas gentes, existencias minúsculas —Michel Foucault habría hablado de hombres "infames"— carentes de "fama" y de "historia" —cuyo papel esencial en la vida se reduce al intento de supervivencia—. Allí, en la tibieza de la noche, tendido sobre la tierra apisonada de la choza en donde instalaron nuestro campamento y donde me impiden dormir el ruido del torrente que corre más abajo, pero sobre todo las legiones de insectos, no puedo evitar que mis pensamientos se dirijan hacia el camino recorrido -el otro camino, el verdadero, el de los recodos y meandros, no del río, sino de la Idea: humanismo año cero; la Historia reducida a su humanidad viviente: al pasar de las dimensiones infinitamente grandes de los hombres de mármol de antaño y de sus trazados biográficos fulgurantes, a las dimensiones infinitamente pequeñas de estos hombres "hechos de todos los hombres, que valen igual que todos los demás y que cualquiera equipara en valor", al pasar de la sal de la tierra a su residuo, hemos cambiado de infinitud. Así es...

¿Qué fue lo que pasó en Quebrada Nain? ¿"Es posible que sus hombres hayan asesinado a sangre fría a los sobrevivientes de una matanza perpetrada por los de enfrente, sus enemigos jurados, los paramilitares?

El hombre a quien le formulo esta pregunta se llama Iván Ríos. Es un responsable de alto rango de las Farc. Estamos en su oficina en San Vicente del Caguán, la base roja, la zona libre que los colombianos llaman "de despeje", que el gobierno terminó por otorgarles luego de treinta años de combates encarnizados y a cambio del compromiso de abrir negociaciones de paz. Está en plena selva amazónica, a 600 kilómetros a vuelo de pájaro al sur de Bogotá. 42.000 kilómetros cuadrados de buena tierra. El equivalente de Suiza o de dos veces El Salvador. Y, sobre toda la extensión de ese territorio, tanto en el casco urbano de San Vicente como en la carretera que me condujo al campo militar de Los Pozos, ni un solo policía, ni un solo rastro del ejército regular, ni un solo indicio —en suma— del Estado central colombiano aparte de una nebulosa "guardia civil" desarmada. Sólo hay bunkers, trincheras, cárceles subterráneas donde parece ser que han sido agrupados cientos de secuestrados provenientes de todo el país; sembrados de coca, cubetas, canecas de ácido sulfúrico y de acetona; y, por doquier, en todos los puntos estratégicos, hombres y mujeres en traje de fatiga pero relajados, sonrientes, casi informales de tanto que se sienten en su propia casa.

"Todo puede ocurrir", me responde Ríos, con su pequeña silueta redonda, sus cabellos teñidos y su collar de barba negra. Pasa por ser la eminencia gris de las Farc, uno de los consejeros políticos del jefe supremo, Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, de quien la prensa colombiana gusta decir que es "el guerrillero más viejo del mundo."

"Todo puede ocurrir. En todas las guerras se cometen errores; pero..."

Una mujer soldado acaba de entrar. Trae un mensaje. Se anuncia la llegada hacia el mediodía de Camilo Gómez, alto comisionado para la paz del presidente Pastrana, quien viene a reanudar el hilo de un diálogo del que todos saben en Bogotá, que ha entrado en un callejón sin salida.

"Hay errores; pero esa no es nuestra línea. Somos un movimiento revolucionario; marxista, leninista y, por lo tanto, revolucionario. Usted le pone demasiada atención a nuestros adversarios."

Parece sincero. Simpático y sincero. ¿Pero qué sabe él de la situación en el terreno mismo? ¿Qué sabe él, aquí, en el campo atrincherado de Los Pozos, de todos los casos, debidamente documentados por Naciones Unidas, en que sus "revolucionarios" fueron quienes quemaron, violaron, torturaron y degollaron?

"No estoy escuchando a sus adversarios, le respondo; sino a las víctimas. A los sobrevivientes. Y a todas las ONG independientes que los acusan de tantos crímenes: reclutamiento forzado de niños soldados, masacres, secuestros masivos..."

Me interrumpe.

"Los secuestros colectivos no son cuestión nuestra. Son los guevaristas del Ejército de Liberación Nacional; el ELN".

Para mis adentros observo que él no ha tenido inconveniente en colgar sobre sus paredes cuatro retratos del Che Guevara. Pero continúo.

"Vale por los secuestros colectivos. ¿Pero y los otros? Son tres mil secuestros individuales tan solo el año pasado. Cerca de la mitad de ellos le son imputados a ustedes".

"Eso sí, de acuerdo, eso lo reivindico. Secuestramos a los ricos; es decir a los culpables de esta guerra. Son ellos los que quisieron la guerra, ¡entonces que la paguen!"

Le respondo citándole los casos de gente sencilla, que está siendo secuestrada por 10 dólares y de la que me habló en Bogotá Andrés Echavarría, uno de los fundadores del movimiento de protesta contra la violencia Ideas para la paz. Hace como si no me oyera.

"Es un impuesto. Es normal que la gente pague un impuesto. Además...".

Sonríe. Es demasiado inteligente como para no darse cuenta de la extravagante mala fe presente en las palabras que siguen:

"Además, existe una manera muy sencilla de no ser secuestrado: pagar por anticipado. Con frecuencia es lo que hacen las personas. Así todo el mundo está contento. Ellos porque nadie los secuestra, y nosotros porque no tenemos que incurrir en los gastos del secuestro. Es el secuestro virtual. ¿Estamos, o no, en la era de Internet?"

Me muestra, detrás de él, mientras estalla de risa, un enorme computador, conectado con Internet, que le permitió documentarse sobre mí antes de mi llegada y de encontrar, en particular, un antiguo artículo mío contra Fidel Castro.

"¿Porque usted es castrista? - le pregunto. Cuba, para usted, ¿es un modelo?"

"No tenemos modelo. Es lo que nos salvó en el momento de la caída del muro de Berlín. Pero por lo menos admita que en Cuba, que es diez veces menos rica que Colombia, nadie se muere de hambre".

Eludo el tema de Cuba; pero salto sobre la alusión a la riqueza de Colombia, que me brinda la transición perfecta para abordar la responsabilidad de las Farc en el narcotráfico.

"Eso es propaganda norteamericana, gruñe. No piensan más que en su preciosa juventud. No en la nuestra. Su única idea es desestabilizar a Colombia y destruir su tejido social."

"Bueno, pero ¿están las Farc, sí o no, en el centro del tráfico de coca?"

"Ese no es el problema. El problema es que estamos presentes, en efecto, en las regiones de producción intensiva. Entonces, frente a esa situación concreta, la pregunta concreta es: ¿qué hacemos? ¿Fumigación? ¿Destrucción de cultivos? Nos asociamos con los norteamericanos que caen sobre los campesinos y destruyen el país? ¡Mire!".

Se levanta y se aproxima al mapa colgado sobre el muro.

"Estas son todas las zonas que han sido destruidas por los aviones de los gringos, sus Turbo Trush, sus helicópteros de combate Iroquois. ¿Sabe usted que aquí, en los departamentos del Putumayo y del Huila, están utilizando en este mismo momento agentes defoliantes de la misma familia de los que utilizaron en Vietnam? Nadie sabe cuál es el efecto a largo plazo que tendrán sobre la fauna, la flora y la salud de la gente".

Pienso de nuevo en los letreros muy abundantes en la plaza de San Vicente, y a todo lo largo de la ruta de Los Pozos: "No ensucie las aguas... No queme el bosque... La fauna y la vida son una sola, cuidémosla...". Estas gentes, que tienen que responder por decenas de miles de muertos, estos maestros cantores, estos secuestradores, estos especialistas de la "guerra sucia", cuya imaginación tecnológica no tiene aparentemente límites (me dijeron en Medellín, que en las pipetas, esos cilindros de gas explosivos cargados de clavos, cadenas, de ácido sulfúrico y de granadas, y que son una de sus armas favoritas, acaban de introducir excrementos humanos con el fin de infectar las heridas propinadas...) estos auténticos asesinos ¿serían también acaso, grandes abanderados de la ecología?

"La verdadera cuestión, reanuda, es política". Se sienta de nuevo, docto, dialéctico.

"Es la cuestión del proletariado rural que trabaja en los campos de coca. Pregunta número 1: ¿Es acaso ilegal el trabajar, sostener su familia y sobrevivir? ¿Lo convierte eso en un narcotraficante? Respuesta: no. El campesino que cultiva coca sigue siendo lo que siempre ha sido: un campesino. Pregunta número 2: ¿Es acaso normal ver pequeños propietarios que, además de trabajar como mulas resultan teniendo que venderle sus parcelas por un mendrugo de pan a los latifundistas? Respuesta: no. No vamos a aceptar, sin reaccionar, el progreso —bajo el impulso de la coca— del gran capital en el campo colombiano."

"¿Entonces?".

"Entonces cobramos impuestos. Tasamos a los latifundistas. Y, adicionalmente, impedimos que los enormes flujos de riquezas generadas por el comercio de la pasta de coca vayan a parar a los paraísos fiscales. Además, le voy a decir que...".

Se inclina sobre la mesa, con el rostro muy cerca de mí, como si fuera a confiarme un terrible secreto.

"¿Sabe qué es lo que más les molesta a los norteamericanos? Que la coca es un recurso natural, que hace parte del patrimonio nacional, y que en un mercado mundial en el cual todas las materias primas padecen la ley de hierro del intercambio desigual y bajan inexorablemente de precio, la coca es la única cuyos precios se sostienen. Pero perdóneme. Ya es hora. El Alto Comisionado me espera. ¿Quiere que lo presente?"

Afuera, bajo el sol, con el brazo derecho en cabestrillo, se encuentra en efecto el Alto Comisionado para la paz, Camilo Gómez, uno de los hombres más amenazados de Colombia, aquel cuya cabeza es la más valiosa a los ojos de Iván Ríos y de los suyos. Junto a él, con la mirada torva y la sonrisa taimada; embebido hipócritamente en una animada conversación, está el viejo Joaquín Gómez, miembro de la dirección política de las Farc. En realidad es uno de los mayores narcotraficantes del país. "¿Y el brazo, señor Alto Comisionado? Nada, querido Joaquín, nada; una mala caída. Bueno, eso me tranquiliza. ¡Que no nos vayan a echar la culpa a nosotros y que la prensa no escriba mañana que se peleó con las Farc! ¡Ja, Ja, Ja!".

Regreso a San Vicente del Caguán y luego a Bogotá en un estado de total perplejidad. Marxistas, sin duda. Esta gente es, sin duda alguna, marxista y leninista. Pero hay algo en este marxismo-leninismo que, a pesar de la impecable retórica, no se parece en nada a lo que he podido ver y escuchar en otras latitudes. Yo conocía el comunismo de tendencia soñadora de quienes se tomaban por asalto el cielo partiendo en dos la Historia del mundo. Conocí también en Berlín oriental y en el Moscú de los años 80 a los doctores de la ley estalinistas, para quienes la ideología no era más que un rejo de domesticar el ganado humano. Pero he aquí el comunismo traficante. El comunismo con rostro de gángster. He aquí un comunismo impecable; el último comunismo de América Latina junto con Cuba, y, en todo caso, el más poderoso —puesto que es el único que dispone de ese cuasi Estado que es la "zona libre" de San Vicente del Caguán— y no es más que una mafia.



CARLOS CASTAÑO, alias ‘El Rambo’, es el otro actor mayor de esta guerra. Encabeza, él también, un verdadero ejército y reina sobre los departamentos de Urabá, Sucre, Magdalena, Antioquia, Cesar, Córdoba, Cauca, Tolima, sobre territorios aún más extensos en donde se le imputan crímenes pavorosos.

No me presenté como periodista. A través de diversos canales —en particular un alto funcionario del Estado colombiano de quien descubrí a raíz de esto que estaba en estrecho contacto con él, dije que era un "filósofo-francés—que-investiga-acerca-de-las-raíces-de-la-violencia-en-Colombia". Y fue así como, luego de varios días de negociaciones, recibí una llamada telefónica que me citaba para el día siguiente en Montería, capital de Córdoba, el mismo departamento en donde tuvo lugar la matanza de Quebrada Nain.

A Montería, pues. Un Toyota. Un chofer casi mudo. Un tipo de cachucha y con una enorme camisa a cuadros amarillos que, durante todo el trayecto, independientemente de la pregunta que le hiciera no me respondería más que con un "sí señor" o un "no señor". Tres horas de mala carretera destapada en dirección a Tierra Alta, a través de un paisaje de pastizales, de laguitos y villorrios en donde no cruzamos más que vacas, jinetes al galope, mulas arrastrando cargas de bambú y, a veces, cuando nos detenemos, un hombre con walkie-talkie que surge súbitamente de los arbustos y se acerca a saludar respetuosamente al hombre de la camisa amarilla. Finca Milenio... Finca El Tesoro... Los pueblitos se suceden también: Canalete, Carabata, Santa Catalina... Estamos en el corazón de la zona de los finqueros, los grandes propietarios que en los años 80 constituyeron el origen de las Autodefensas de Córdoba y Urabá y a quienes actualmente se denomina "los paramilitares" y que fueron el embrión del ejército de Castaño. Pero estamos, sobre todo —y si mis deducciones son correctas— en el límite entre el sur de Córdoba y de Urabá, allí donde pasa la línea del frente de combate contra las Farc.

Llegamos a El Tomate. El poblado de El Tomate, con su estadio de fútbol agobiado por el calor, sus billares y su gallera. Y allí, de repente, un gran portón de madera, y otro, y otro más. Cuento siete. ¿Las siete puertas del infierno? pregunto. El hombre de la camisa amarilla se ríe. Por primera vez desde que salimos de Montería se relaja y se ríe. Hay carpas, cabañas de color caqui, troncos de árboles repintados, también, de color camuflaje, un garaje lleno de blazers 4 x 4 y de Jeeps, un letrero gigante que dice: "La mística del combate integral", una casa con techo de paja en donde se encuentran reunidos alrededor de una pantalla de televisión una treintena de hombres cubiertos con sombreros tipo ranger, blancos en su mayoría, algunos negros, un intenso movimiento de armas que son transportadas de una carpa a otra y, exactamente en el medio de ese inmenso campamento, a la entrada de la carpa más grande, rodeado de hombres en uniforme y armados, un pequeño personaje de temperamento nervioso, que me escudriña: Carlos Castaño.

"Entre, señor profesor."

No hay ninguna ironía en su voz. Hay más bien consideración hacia alguien que él piensa es una autoridad universitaria venida a visitarlo en medio de su jungla.

"Yo soy un campesino. Todos aquí somos campesinos."

Señaló, a mi intención, con un gesto modesto y como excusándose, a los comandantes que tomaron lugar, como nosotros, alrededor de la mesa.

"Mejor decírselo de una vez. Lo que me interesa a mí, aquello por lo cual me rebelé hace veinte años contra las Farc, es la justicia. Soy un hombre de justicia."

Habla rápido, muy rápido. Sin dejarme tiempo de hacerle preguntas. Hay en su voz un acento juvenil, una fiebre, que contrastan con el uniforme, los galones y la gorra colocada en forma desafiante sobre la cúspide de la cabeza.

"¡Díselo, Pablo, que soy un hombre de justicia!"

Pablo, sentado a mi lado, lo dice. Coloca sobre la mesa su sombrero de campaña y confirma que el señor Castaño es, en efecto, un hombre de justicia.

"La droga, por ejemplo...". Es él que, de entrada, aborda la cuestión de la droga.

"Yo no quiero perjudicar a este país. Me duele hacerle daño. Pero, ¿qué puedo hacer si el conflicto está vinculado con la droga y que no se comprende nada si no se está pensando constantemente en la droga?".

Nuevamente, los comandantes opinan.

"¡Pero cuidado! Allí donde se plantea la cuestión de la justicia es que nosotros no estamos metidos en el tráfico. Le prohibo que diga que estamos metidos en el tráfico. Solamente estamos respaldando a los campesinos que cultivan. ¿Qué se puede hacer si una tierra es estéril y no puede cultivarse más que con eso? ¿Vamos a prohibirle a los campesinos que se ganen la vida?"

Le hago notar que está hablando como Ríos, como las Farc.

"No. Le prohibo también que diga eso. Porque la diferencia es que nosotros, con las utilidades de la droga, hacemos el Bien. El Bien. ¿Por dónde vino usted? ¿Por la carretera de Tierra Alta? ¡Pero si somos nosotros que hicimos la carretera de Tierra Alta! ¡Es con la plata de la droga que hicimos esa buena carretera!"

Carlos Castaño se exalta. Casi podría decirse que se sale de casillas. El sudor le perla el rostro. Hace gestos grandilocuentes. Abre ojos enormes. Despliega una energía considerable para que me de bien cuenta de que él es el responsable de que exista esa carretera y que es un hombre de justicia.

"¿Me hago entender?"

"Sí, por supuesto".

"¿Tú crees que entiende?".

"Sí jefe, tiene cara de entender".

La verdad es que le estoy encontrando un aire cada vez más extraño. Esa nerviosidad jadeante. Esa vehemencia. Los resoplidos con los que puntúa las frases y de los cuales no me percaté inmediatamente. Esos dolores en los oídos, en la cabeza. Esa manera de golpear la mesa con el puño, para luego pasarse febrilmente la mano por la cara como para quitarse de encima un agobiador cansancio, o una idea insoportable.

"Me enloquece la injusticia... Me vuelve loco... Le voy a dar otro ejemplo. El ELN, las conversaciones con el ELN. Esa idea de darles a ellos también una zona. ¿Cómo puede Pastrana, el presidente Pastrana, plantear conversaciones con el ELN que es una organización de secuestradores, de torturadores, de asesinos?"

Le hago notar que me parece que su organización también parece practicar atentados ciegos contra la población civil y, especialmente, esa misma semana, contra sindicalistas. Se sobresalta.

"¿Atentados ciegos? ¿Nosotros? ¡Jamás! Siempre hay una razón. Los sindicalistas, por ejemplo. ¡Le impiden trabajar a la gente! Por eso los matamos".

"Bueno, y el jefe de los indígenas del Alto Sinú, para el caso; ¿a quién le impedía trabajar él, ese pequeño jefe indio que bajó a Tierra Alta?".

"¡La represa! ¡Impedía el funcionamiento de la represa!".

"¿Y el alcalde, entonces? Me dijeron en Tierra Alta, en la carretera que lleva a Quebrada Nain, que justo antes de las elecciones las Autodefensas hicieron asesinar al alcalde".

"Los alcaldes son otra cosa. Nuestra labor es la de llevar al poder a los representantes del pueblo. Cuando en Córdoba hay alguien que insiste en presentarse cuando nadie lo quiere, lo amenazamos, es cierto. Le mandamos advertencias, es normal".

"Sí, pero a ese alcalde no sólo le advirtieron, sino que lo mataron...".

"Le había robado dos millones a la ciudad. Además, estaba acusando a otros. Le estaba endilgando a otros la responsabilidad de sus robos. ¡Primero la corrupción y luego la mentira! ¡Era demasiado! Había que ser implacables. Además...".

Se toma su tiempo. Retoma alientos. Luego, con una voz estridente, casi una voz de mujer y como si tuviera allí la incuestionable prueba de la culpabilidad del alcalde:

"¡Además es muy sencillo: llevaba un chaleco antibalas!".

La conversación durará dos horas en ese tono. Castaño habla tan rápido ahora, con una voz tan enronquecida que cada vez con mayor frecuencia me veo obligado a inclinarme hacia mi vecino para que me repita lo que el jefe acaba de decir. El Presidente Pastrana, a quien respeta, pero quien no lo respeta - y eso lo desespera... Castro, que castró a su pueblo - y esa imagen le produce una risa de demonio... Todos esos militares echados del ejército, que como los generales Mantilla y Del Río, se precipitan a integrarse en las Autodefensas, ¡pero cuidado! ¡Hay una condición! ¡Pone una condición porque si no sería otra razón para volverse loco: no deben haber sido echados por corrupción! La injusticia de nuevo... siempre la injusticia... La letanía de las injusticias, las carencias, las disfunciones del Estado: él, Castaño, está allí para reemplazar al Estado que falla - es su brazo armado, su servidor fiel y mal querido... Y finalmente Quebrada Nain, el crimen de Quebrada Nain y, más allá, todos los crímenes que le endilgan a sus seguidores y que no le suscitan siquiera una palabra de compasión, ni un reparo: a todo lo más dice estar de acuerdo con que tal vez su ejército ha crecido muy rápido y que la masacre de la cual le hablo "carece de profesionalismo (sic)". Pero hay un punto en el cual no hace ninguna concesión: por poco que un hombre o una mujer tengan así sea un remoto vínculo con la guerrilla, dejan ya de ser civiles para convertirse en guerrilleros vestidos de civil y que merecen por lo tanto ser torturados, degollados y hacerse coser una gallina viva en el vientre en lugar de un feto...

Carlos Castaño está cada vez más acalorado. Se muestra cada vez más febril. Ese olor de supositorio invade la carpa. Esa manera de sobresaltar ahora, cuando escucha un ruido: "¿Qué fue eso? Nada, Jefe, sólo el generador que prendió." Esa manera de gritar cada cinco minutos: "¡Un tinto, Pepe, un café!" Y un soldado aterrorizado, se lo trae. Y se pone de nuevo a hablar en el mismo ritmo desenfrenado. Un último cuarto de hora para gritar, en completo desorden, que admira a Nixon y a Mitterrand... que está harto de la gente que dice pertenecer a las Autodefensas sin que sea cierto... que confía en mi objetividad... que es el defensor del orden y la ley... que también está harto de que le endosen todos los crímenes de la guerra sucia... ¿Cree usted acaso que esos cabrones del ejército son angelitos?... que él no es, ni será jamás, un Pinochet... que tan solo es un campesino, como me lo dijo al comienzo: todo lo que quiere es hacer reinar la justicia y el orden en este mundo...

Luego se calla. Se levanta y calla. Titubea un poco. Se obliga a permanecer un instante a la mesa. Me mira de una manera tan fija que me pregunto si simplemente no está pasmado. Se repone. Me regala un enorme maletín de skai negro, repleto de discursos y de videos. Sus lugartenientes lo rodean. Sale, vacilante, bajo el deslumbrante sol de mediodía. Un sicópata enfrentado con unos mafiosos. Una historia llena de ruido y de furor, contada bien sea por bandidos, o bien por este títere asesino. Una parte de mí se dice a sí misma que siempre ha sido así, y que los observadores más sagaces nunca se han dejado engañar por esos animalotes perentorios, descrestadores, henchidos de importancia y de poder, que reinaban sobre el infierno de la Historia "mayor" del tiempo pasado: el grotesco Arturito Ui de Brecht; el patético Laval de D'un château l'autre; el Caudillo de García Márquez; la fofa desnudez del Himmler de Malaparte en Kaputt... Pero hay otra parte de mí mismo que no puede quitarse de la mente la idea de que está presenciando aquí un cambio, una degradación energética, una caída, y que nunca antes se había visto una guerra reducida de semejante modo a una confrontación de hampones y marionetas, de clones y siniestros payasos. Es el nivel cero de la política. El estadio supremo de la bufonería y el estado elemental de la violencia desnuda, sin maquillajes, reducida a la médula de su verdad sangrienta. Hasta los monstruos se desinflan cuando llegan a su término las eras teológicas.
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