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Opinión

  • | 2018/10/12 11:23

    Hacia una dictadura de los partidos políticos

    La reforma política que hace trámite en el Congreso incluye dos medidas que, de aprobarse, nos llevarían hacia un sistema político en el que los partidos actuales serían prácticamente el único camino para competir en la democracia.

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En primer lugar, la reforma plantea que para ser candidato una persona debe estar registrada como militante del partido -por el cual se piensa presentar a la elección- por lo menos un año antes de los comicios. Es decir, el aspirante debe inscribirse en un partido sin saber aún cuáles serán las reglas de juego internas para el proceso electoral. 

Algunos dirán que los partidos tienen, en todo caso, que hacer un proceso democrático que les de garantías a todos los aspirantes. No es cierto. Hoy esa norma que exige procesos democráticos internos está vigente y lo estuvo durante el proceso electoral del 2018 y a pesar de eso en el Partido Liberal, por ejemplo, decidieron acomodar la consulta presidencial organizándola en una fecha en la que se sabía que habría muy baja participación y la mayoría dependería de quien tuviera la maquinaria y de esa forma beneficiar a un precandidato en particular. 

Otro ejemplo también involucra a los liberales y las condiciones que ese partido impuso para ser quienes quisieran ser precandidatos presidenciales. Menos de un año antes de las elecciones, los liberales decidieron obligar a los aspirantes a comprometerse con darles continuidad a los puntos esenciales del proceso de paz. Viviane Morales, quien tenía reparos de fondo al proceso, quedó amarrada pues ocupaba en ese momento una curul en el Senado lo cual la inhabilitaba para participar representando a otro partido en la siguiente elección. Después de la primera vuelta, ese mismo Partido Liberal salió corriendo a apoyar al candidato puntero que proponía exactamente lo contrario de lo que el partido le había impuesto como agenda a sus precandidatos.

¿Cómo pedirles entonces coherencia a los militantes si los primeros en ser incoherentes son los partidos? ¿Con qué deben ser coherentes los militantes? Los partidos suelen apoyar al que tenga más posibilidades de ganar así eso sea ir en contravía de lo que han defendido por años. Otros –casi todos- hablan de lucha contra la corrupción pero avalan candidatos investigados por corrupción o herederos de personas condenadas por corrupción. Por esta vía podríamos llegar al absurdo de exigirles a los militantes que sean coherentes con la incoherencia de los partidos.

En segundo lugar, el texto de la reforma que fue aprobado en primer debate establece que no podrán apelar al mecanismo de recolección de firmas para participar en una elección quienes hayan pertenecido a algún partido político durante los dos años previos a la etapa de inscripciones para la respectiva elección. 

Es decir que la única vía que existe para participar en la democracia por fuera de los partidos existentes quedaría drásticamente restringida. Si una persona considera que el partido en el que milita no lo representa, y no ve que las otras colectividades existentes lo hagan, le toca salirse más de dos años antes de las elecciones para poder iniciar un proceso con apoyo ciudadano y así intentar construir una nueva opción política. En la práctica de esta forma se cierra la posibilidad de construir una nueva expresión democrática y quedan los ciudadanos condenados a escoger entre los partidos existentes.

Los principales argumentos que soportan estas propuestas tienen que ver con la intención de frenar el desorden que se genera por aquellos candidatos que simplemente están buscando un aval para lanzarse y también tienen que ver con la intención de garantizar que haya un responsable político por los candidatos que participan en las elecciones y no se abuse de los ejercicios ciudadanos. En principio eso tendría sentido. Sin embargo, la experiencia demuestra que son los partidos los que, en la mayoría de los casos,  ferian los avales a última hora al mejor postor, no por coherencia con las ideas de los candidatos sino simplemente para lograr reclutar aspirantes con votos, sin importar qué piensen ni qué trayectoria tengan. Además, a pesar de que son los partidos políticos los que han avalado a la mayoría de candidatos que terminaron presos o destituidos, esas organizaciones no han recibido ninguna sanción real por sus graves errores.

No se puede discutir el hecho de que los partidos políticos son fundamentales para una democracia. Sin embargo, el camino escogido para fortalecerlos no ha funcionado. Después de la proliferación de organizaciones políticas que surgió de la Constitución de 1991, el país ha endurecido progresivamente las normas para participar en elecciones con el fin de que los partidos se fortalezcan. Y, mientras se ha han reducido los espacios y se ha aumentado la dificultad para que se creen opciones por fuera de las organizaciones existentes, no se ha logrado que los colombianos se sientan plenamente representados por los elegidos. Las colectividades siguen plagadas de casos de corrupción y han contribuido, en buena medida, a la distancia creciente entre la sociedad y la política. 

Por consiguiente, además de que sería inconstitucional tratar de aprobar estos dos puntos para las elecciones de 2019, pues ya empezó a correr el calendario electoral y el Congreso estaría cambiando las reglas de juego a mitad de camino, tengo la convicción de que esas medidas resultarían contraproducentes en la intención de profundizar la democracia y reconciliar al país político con el país nacional, como lo describía Gaitán.

No es estableciendo un sistema limitado a los actuales partidos políticos que se va a lograr que esas organizaciones sean realmente representativas de todos los sectores de la sociedad colombiana. Se requiere competencia. La competencia es lo que va a obligar a los partidos a ser coherentes, a asumir posiciones claras y a ser mucho más cuidadosos a la hora de avalar candidatos. Sin competencia, estaríamos encaminados a establecer una suerte de dictadura de los partidos que hoy existen en Colombia. 

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