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Opinión

  • | 1994/04/18 00:00

    ¡HAGAN COLA!

    En las filas indias de hoy, los aspirantes estàn al lado y no detràs del otro

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DURANTE LOS ULTIMOS AÑOS LA política colombiana se ha movido a un ritmo tan vertiginoso que todavía nadie sabe con claridad qué es lo que realmente está pasando en esa materia. Ni siquiera los propios políticos.
Todo empezó durante la campaña presidencial en el ocaso del gobierno de Virgilio Barco, cuando el terrorismo provocó un reacomodamiento apresurado de todos los actores de la política tras el asesinato de tres de los candidatos a la presidencia. La muerte de Luis Carlos Galán fue vista como la interrupción forzosa de una alternativa de cambio, pero aunque Galán efectivamente representaba todo eso, para aquel entonces era ya un veterano y conocido dirigente, cuya llegada a la Presidencia nadie ponía en duda desde hacía ya mucho tiempo y era ya considerada como un hecho natural.
El surgimiento de Gaviria, en cambio, tenía no sólo el ingrediente de la juventud sino también el de la novedad. A pesar de que todo el mundo sabía quién era y aunque se oía hablar de él como polìtico desde hacìa mucho tiempo, César Gaviria era una figura que descollaba apenas en el gobierno de Barco como ministro de Hacienda primero, y luego de Gobierno. Nadie (seguramente ni siquiera él mismo) pensaba que podía estar como candidato presidencial antes de cuatro u ocho años. De manera que cuando Gaviria se sentó en la silla de mandar lo ùnico que se sabía era que había llegado a esa posición por el empujón que la violencia le metió a la política, y que se había producido un cambio generacional que sacaba automáticamente del juego presidencial a un buen número de dirigentes de todos los partidos.
Pero como si el remezón anterior hubiera sido poco, el 7 de agosto de 1990 Gaviria calificaba de revolcón lo que se proponía hacer durante los siguientes cuatro años. En lo que tiene que ver con la política, durante este tiempo se perfiló un número grande de aspirantes a jugar en las grandes ligas. Aparte de Ernesto Samper y Andrés Pastrana, cuando se habla de los pesos pesados del futuro hoy se menciona, con distinto grado de opción, a Humberto de la Calle, Juan Manuel Santos, Noemí Sanín, Rafael Pardo, Fabio Villegas, Luis Alberto Moreno y Fernando Botero, entre otros.
Hace cuatro años el único de todos estos que figuraba con una opción real era Ernesto Samper.
Hasta hace cuatro años, para ser presidente de Colombia había que tener una paciencia digna de un oriental. Antes de soñar con entrar en el escalafón de presidenciables había que pasar varios períodos en el Concejo y otro tanto en alguna Asamblea. Si el paso por ahí era exitoso, había que solicitarle a un directorio el permiso para formar parte de una lista a la Cámara y después lo mismo para el Senado. Y tras varios períodos de ese trajín, salir a pelear a codazos un puesto en la fila india del respectivo partido, fila en la que -como en la entrada al cine- le chiflaban al que se tratara de colar.
Pero ha cambiado tanto y tan rápidamente el panorama político en Colombia que todos los que acaban de saltar creen que pueden ser presidentes de la República. Lo cual no está mal. Lo grave es que muchos creen que pueden suceder al que gane entre Pastrana y Samper. Y ahí, por supuesto, se equivocan. El error es comprensible, pues el ritmo vertiginoso de los acontecimientos ha creado una situación atípica, que consiste en que nadie ve un enemigo político al frente sino al lado. No se sienten alineados en una fila india sino emparejados, hombro con hombro, en el punto de largada a una carrera que dura apenas cuatro años. Es tan exagerada esa creencia, que se volvió lugar común en esta campaña electoral rechazar las ofertas a la vicepresidencia para no inhabilitarse por ocho años, plazo que hasta hace poco era considerado un parpadeo en el paso del tiempo en la política.
A pesar de todo lo cierto que pueda haber en que la política moderna tiene que ser más rápida y sencilla que la del pasado, el engaño está en tomar el ritmo de los últimos años como el ritmo que va a seguir la política en el futuro. Es imposible que eso sea así. Como en los terremotos, la calma viene apenas se reacomode todo después del sacudón. Pero a muchos de los que figuran como los grandes protagonistas del mañana los veremos quemados por el afán de echar los restos en los primeros metros de la carrera. Castigo de Dios por no hacer cola.
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