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Opinión

  • | 2003/04/28 00:00

    Iglesia y democracia

    En la Iglesia no existen ni libertad de expresión ni libertad de conciencia. Su modelo es monárquico y medieval, no ilustrado

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Tengo la impresion de que algunos liberales no entienden la libertad. ¿De cuándo acá les parece que todo un cardenal no pueda callar a un cura? Es como pensar que un general no pueda darle órdenes a un teniente. La Iglesia Católica es una institución jerárquica en la que el de arriba manda y el de abajo obedece, sin derecho siquiera al pataleo. Y si patalea, tam-bién tiene la potestad de suspenderlo a divinis. Los liberales ingenuos protestarán y dirán que esto no es democrático. Pues claro que no es democrático, ¿y qué querían, pues?

¿Quién les dijo a ustedes que la Iglesia es una institución democrática? Si lo fuera, sometería a votación de los fieles, o siquiera de los sacerdotes y de las monjas, asuntos tan espinosos como el celibato sacerdotal, la soltería monjil, el sacerdocio femenino, la virginidad de María, el control de la natalidad, la santidad de monseñor Escrivá, y hasta la nulidad del largo y fecundo matrimonio del ex presidente Turbay. Esas cosas no se votan, ni se deciden por mayoría, sino que son dogmáticas. La Virgen María fue virgen, como su nombre lo indica; el divorcio es abominable; los curas y las monjas deben renunciar al sexo, y usar condón es pecado. Punto. ¿Por qué? Pues porque la tradición y el Papa lo dicen. O mejor, porque esa es la Verdad, con mayúsculas, y lo demás es equivocación. La Iglesia no acepta la dictadura de la mayoría porque, como decía Borges, la mayoría puede estar equivocada.

Dirán que el Sacro Colegio Cardenalicio, cuando se encierra en el Cónclave para nombrar al Papa, procede democráticamente. Tal vez sí, y este es uno de los pocos casos. Como lo define la página web del Vaticano, el Cónclave es una "especie de retiro espiritual durante el cual los cardenales se disponen a escuchar al Espíritu Divino para elegir a aquel que consideran debe ser el Romano Pontífice". A veces el Espíritu Santo habla duro y claro, los cardenales le copian, y eligen al Santo Padre de una vez, por cuasinspiración. Pero otras veces el Espíritu está afónico, o no sopla tan duro y toca hacer votaciones, compromisos, escrutinios, alianzas, como en cualquier congreso de la república. Gana el que saque más de dos tercios de los votos, lo que no siempre es fácil; en ocasiones ha tocado poner a los cardenales a pan y agua, a ver si al fin se deciden.

Una de las cosas buenas que tiene el sistema liberal de gobierno es que permite que dentro del territorio de una república democrática puedan existir instituciones no liberales. Los boy scouts, por ejemplo, pueden resolver que no admiten gays en sus filas. Esto es una discriminación injusta contra los gays, claro que sí, pero son las reglas que se ponen por dentro los scouts, y allá ellos. Puede haber un club social que admita sólo hombres de corbata, y ninguna mujer, casi como si la corbata fuera una réplica en el cuello del adminículo colgante que también se les exige tener más abajo. La cosa es ridícula, sin duda, pero hay señores encopetados a los que les gusta ser cursis, y en una democracia abierta se debe dejar hacer bobadas a todo el mundo, si son adultos y si lo deciden sin que nadie los obligue. También hay conventos de monjas de clausura en los que no dejan entrar varón alguno (salvo de vez en cuando un confesor), y las mujeres están obligadas a levantarse a las 4, a bañarse con agua fría, a usar silicio en el muslo, rezar 15 horas al día y a no salir jamás de su recinto. No suena exaltante, lo concedo, pero allá ellas. También esto un gobierno liberal lo debe permitir, siempre y cuando dejen salir a toda monja o novicia que se quiera librar de su clausura.

Entonces, ¿tiene derecho el cardenal primado a llamarle la atención a un cura que escribe opiniones no dogmáticas y a ordenarle que se retracte, si fuera necesario? Pues claro que tiene derecho; esas son las reglas a las que él mismo se sometió al entrar en la Iglesia. A lo que no tiene derecho el cardenal es a obligarlo a permanecer en la Iglesia; y si se sale, ya no habrá desobediencia, puesto que no se la debe. ¿Tiene derecho el cardenal a obligar a escribir a todos los católicos seglares de determinada manera? No. Pero sí tiene derecho a excomulgarlos si quiere.

Precisamente por esto es tan sabio mantener separadas a la Iglesia y al Estado. Si se le da a la Iglesia el poder civil, ésta se comportará en el gobierno de la nación como se comporta en el gobierno eclesiástico: de un modo dictatorial que exige silencio y ciega obediencia. En la Iglesia no existen ni la libertad de expresión ni la libertad de conciencia. Un cura no debe pensar lo que piensa sobre algunos asuntos; debe pensar lo que piensan sus superiores; o si mucho puede pensarlo para sus adentros. En todo caso está obligado a predicar solamente lo que el Papa, los obispos y los doctores le indiquen que es lo correcto. Su modelo es monárquico y medieval, no ilustrado. El modelo laico e ilustrado (que por suerte es el que se ha impuesto en la mayor parte del mundo occidental) admite que haya instituciones dictatoriales en su interior: pero sus miembros se someten a esa dictadura de un modo voluntario. La Iglesia, por dentro, puede hacer lo que quiera, con una salvedad: no puede obligar a nadie a permanecer en ella.
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