opinión

JORGE HUMBERTO BOTERO
JORGE HUMBERTO BOTERO. PRESIDENTE DE FASECOLDA BOGOTA, OCTUBRE DE 2017 FOTO GUILLERMO TORRES - REVISTA DINERO - Foto: GUILLERMO TORRES

Igualdad, pobreza, crecimiento

Como era previsible, en su discurso de posesión el presidente Gustavo Petro se refirió a este tríptico esencial de la política.


Por: Jorge Humberto Botero

Ha hecho carrera entre los comunicadores la idea de que Petro es el primer presidente de izquierda que haya tenido Colombia. No es verdad. Decirlo implica ignorar las políticas adelantadas por el presidente López Pumarejo en su primer gobierno (1934-38), que fueron conocidas como “La revolución en marcha”, y el gran esfuerzo reformador del agro adelantado por el mandatario Lleras Restrepo (1966-70), ambos gobernantes liberales y de izquierda en el contexto de la época.

Como Petro es, sin duda, un dirigente de izquierda y ha prometido grandes cambios, es relevante preguntarse: ¿qué significa ser de izquierda? Responder esa cuestión nos ayudará a entender las propuestas que esbozó en su discurso.

Dos factores fundamentales ayudan a entender la izquierda, y, por el carácter binario de la política, la derecha. El primero consiste en la convicción de que el cambio social es, de ordinario, urgente, y, si toca, revolucionario, inclinación que contrasta con la visión de la derecha que asigna mayor valor a la transformación paulatina de las estructuras sociales.

En política, todos estamos volcados sobre el futuro, pero nos diferenciamos en la valoración del pasado y de la sociedad actual.

La otra dimensión que separa ambos extremos tiene que ver con los valores -antagónicos entre sí- de igualdad y libertad. En el punto de partida, la izquierda es igualitaria, la derecha libertaria. Una igualdad absoluta no podría lograrse sin sacrificar la libertad; conceder esta, sin restricción alguna, puede generar una desigualdad intolerable. Se trata, entonces, de lograr un punto medio, que no existe a priori, y que debe ser construido en el proceso político democrático; vale decir, por mayoría en los órganos decisorios y respetando las limitaciones constitucionales.

Consideremos las dimensiones relevantes de la igualdad que la Constitución establece:

(i) “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades”. Aquí se recoge la igualdad formal ante la ley o en el punto de partida que, en general, está garantizada, pero es preciso continuar avanzando en materia de oportunidades para ciertos sectores de la sociedad.

(ii) El Estado “adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados”. En este ámbito, el país ha progresado; lo demuestra la acogida brindada a millones de migrantes venezolanos, mérito incuestionable del pasado gobierno. Son notables las mejoras en el acceso de las etnias minoritarias a la educación y al empleo, aunque muchos de sus integrantes soportan condiciones de pobreza elevadas respecto de otros estamentos sociales. Es deseable avanzar en este campo.

Existe una tercera cláusula constitucional cuya interpretación es más compleja: “El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva”. A primera vista, parece que se está garantizando la igualdad material, económica o en el punto de llegada, un objetivo diferente a los ya enunciados. No es así. Si lo fuere, careceríamos de libertad para trabajar y cosechar el fruto de nuestro trabajo; la actividad económica y la iniciativa privada no serían libres; el Gobierno no fijaría el salario mínimo, sino todos los salarios; y, por último, tendría que darnos a todos un ingreso suficiente para solventar las necesidades si carecemos de recursos. La síntesis de lo deseable y posible sería la equidad, un concepto difícil.

Son populares las políticas redistributivas del ingreso y la riqueza; menos aquellas que buscan la reducción de la pobreza. Ambas son indispensables, pero es preciso establecer dosis adecuadas de una y otra. Para dar este debate con buenos argumentos es preciso saber que las sociedades tradicionales fueron pobres e igualitarias. Gracias a la revolución industrial, y al auge del capitalismo, la pobreza en el mundo, medida como proporción de la población total, tiende a reducirse desde los albores del siglo XIX, aunque, de manera simultánea, haya surgido la desigualdad.

¿Por qué? Porque algunos tienen mayor habilidad para aprovechar nuevas oportunidades, son más proclives a asumir riesgos, o viven en sociedades que están dotadas de mejores instituciones para asimilar una nueva realidad: el crecimiento económico. En Colombia ha pasado lo mismo: somos menos pobres que lo que fuimos hace doscientos años, aunque más desiguales.

Las políticas redistributivas, cuando deterioran el clima de inversión y disminuyen el crecimiento, pueden ser fatales para ricos y pobres. Argentina, por ejemplo, está al borde del colapso como consecuencia del otorgamiento masivo de subsidios financiados con emisión monetaria. Los ajustes para recuperar la estabilidad serán muy dolorosos, especialmente para los pobres. Por el contrario, Colombia ha concedido ayudas masivas a sectores vulnerables para soportar la crisis de estos duros años sin poner en riesgo su estabilidad financiera y logrando, al mismo tiempo, tasas elevadas de crecimiento.

Las políticas redistributivas se concentran en la política fiscal. Sin duda, es necesario que los que más tienen y perciben paguen más impuestos. No obstante, eso es insuficiente. En sociedades avanzadas todos los estamentos, incluidos aquellos que reciben beneficios directos del Estado, algo aportan a las arcas públicas.

Tampoco se concede entre nosotros un énfasis adecuado a la equidad en el gasto público. Los subsidios a las pensiones, la energía y la gasolina benefician, de manera desproporcionada, a sectores medios y altos.

Las políticas para reducir la pobreza son, así mismo, fundamentales; en ciertas circunstancias, al cumplir su loable objetivo, pueden tener, además, efectos redistributivos, en especial en un país cuya informalidad laboral es enorme. Reducir esta, digamos, del 60 % de la población ocupada a la mitad de esa cifra, tendría efectos positivos en ambas dimensiones: pobreza y desigualdad.

Leo en Granma, el periódico oficial de Cuba, que el modesto crecimiento de la Isla, derivado de algunas medidas de liberación de la economía, ha aumentado la desigualdad, y que esta es la necesaria consecuencia de que haya ricos. Horrible resultado para las autoridades Cubanas. Que todos seamos iguales, así no salgamos de la pobreza, es su paradigma.

Estos son los términos del debate ideológico que viene: ¿Qué tanto crecimiento sacrificamos en aras de la igualdad? ¿Qué tanta desigualdad es admisible para crecer y reducir la pobreza?

Briznas poéticas. De Sonia Scarabelli, poetisa argentina: Son tan poquitas al final las cosas / de las que me gusta escribir, / el número no cierra ni para contar cinco: / la familia / los pájaros, las plantas, / algunos bichos más, y casi ahí se queda / la preferencia es una lista corta / -como la vida, dirán los que más saben-.