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Opinión

  • | 2019/11/26 07:51

    Indolencia

    La indolencia es tan profunda que ha pasado a ser “bien vista” por “la gente de bien”, quienes justifican el asesinato de los hijos ajenos sin una pizca de empatía, solidaridad y compasión mientras rezan, hacen retiros en Emaus y van a misa todos los domingos.

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La primera imagen que me vino a la cabeza cuando supe que un agente del ESMAD había herido a un joven el sábado pasado fue la de Omaira Sánchez, aquella niña morena, de cabello corto y ojos cafés atascada entre los escombros tras la tragedia de Armero, que durante dos días se aferró a un palo delgado -se aferró a la vida por lo más delgado que encontró- mientras Colombia entera sufría viéndola morir. “Voy a perder el año porque ayer y hoy falté a la escuela”, dijo varias veces.

Eso era lo único que le preocupaba mientras agonizaba: su educación. Algo similar ocurrió con Dilan Cruz. Salió a marchar el 23N indignado porque el Icetex le había negado la oportunidad de adelantar estudios universitarios y fue asesinado justamente por lo que representa este paro: la lucha por oportunidades en un país excluyente. Por supuesto, y está de más decirlo, no se trata de justificar la violencia o el vandalaje de unos pocos, pero todos los videos de ese día muestran a un muchacho indefenso que huía de las balas aparentemente recalzadas del ESMAD. Y ahí está el video que muestra un pedazo de tela en su cerebro.

Nada confuso ocurrió esa tarde, como pretenden ahora hacer creer algunos. Todo quedó grabado en docenas de cámaras. Más bien hay que tener claro que no se puede comparar al aparato represivo del Estado con sus armas en la calle, que van desde tanques de guerra hasta bolillos y gases lacrimógenos, con unos jóvenes que marchan pacíficamente por unos derechos establecidos plenamente en la Constitución Nacional y amparados en la Ley, que garantiza la protesta.

Marché el 21N en Bogotá entre la calle 72 y la avenida 19. Aquello era un Nilo humano de gente pacífica que cantaba y bailaba. Sólo vi a una decena de policías -no del ESMAD- frente al Parque Nacional. Tres horas después apareció el ESMAD en la Plaza de Bolívar y, casi al mismo tiempo que estos agentes, llegaron los vándalos, tal cual sucedió la noche del 22N. ¿Por qué los vándalos sólo aparecen cuando hay presencia del ESMAD?

Dilan no es la primera víctima fatal del ESMAD en Bogotá. Y ahí están los nombres de Oscar Salas, Johny Silva, Giovani Blanco, Edison Franco, Yoel Jácome, Hermides Téllez, Diomar Quintero, Nicolás Valencia, Celestino Rivera, César Hurtado, Jaime Acosta, Nicolás Neira y siete más para un total de diecinueve.

En todas estas ocasiones, al igual que sucedió con los dieciocho menores bombardeados por el ejército, con Rosa Elvira Cely y con muchos más casos, sorprende el grado de indolencia de una parte del pueblo colombiano, muchos de ellos justamente los más privilegiados, los que han tenido oportunidad de viajar, vivir en otros países y educarse en otros idiomas -que no es ni de lejos la educación básica que pedían Omaira y Dilan-, pero que han perdido por completo el corazón y se han resguardado tras una caparazón tan fuerte como la que usa el ESMAD.

 Lo peor es que esta degradación humana y ética ya no escandaliza. De hecho, la indolencia es tan profunda que ha pasado a ser “bien vista” por “la gente de bien”, quienes justifican el asesinato de los hijos ajenos sin una pizca de empatía, solidaridad y compasión mientras rezan, hacen retiros en Emaus y van a misa todos los domingos. No hay duda: la indolencia es mil veces peor que el odio.

@sanchezbaute

 

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