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Opinión

  • | 2002/05/18 00:00

    Intelectuales

    Como Saramago o Neruda, pero de signo opuesto, Vargas Llosa y su clan son ideólogos más que intelectuales. Creen que la vida no es un trajín confuso sino una idea cuadrada

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El físico no es un intelectual cuando analiza el átomo sino cuando protesta por la bomba atómica". Esta definición del siempre lúcido Sartre nos hubiera ahorrado el riquirrafe en torno al silencio y las palabras de García Márquez sobre Fidel Castro.

Y es porque Gabo no es un intelectual. Harto mejor que eso, es un mago de la lengua y un prosista al que no le llegan sino tal vez Cervantes entre los muertos y Saramago entre los vivos. Sus creencias políticas, igual que sus ideas sobre el átomo, no le quitan ni le ponen a ese hecho formidable.

La prueba de que Gabo no es un intelectual fue su réplica a la Sontag: "Durante 20 años he ayudado a que presos, disidentes y conspiradores salgan de Cuba; algunos de ellos no lo saben, y con los que saben basta para tranquilidad de mi conciencia". O sea que no apela a su estatura pública sino a su nexo personal con Castro y que no responde ante el público sino ante sí mismo. Igual, para entendernos, hubiera podido decir un compañero de colegio o un hotelero amigo de Fidel.

Vargas Llosa, por supuesto, abusó del momento para estrujar a Gabo por "cortesano" y "cínico repugnante". Digo "abusó" porque se estaba sacando un clavo viejo, no porque Castro no sea un vejete atrabiliario que mandó asesinar a tres fugados y encarcelar 78 disidentes.

Y sin embargo, Vargas Llosa es un intelectual, alguien que usa su imagen pública para atacar o defender toda suerte de causas y gobiernos. Claro que Vargas Llosa es un mal intelectual: es cantante del coro donde cantan Plinio, Montaner y otros idiotas perfectos de América Latina cuyo oficio consiste en machacar los eslóganes simplones de la derecha.

Igual que Saramago, Neruda o Galeano, pero de signo opuesto, Vargas Llosa y su clan son ideólogos más bien que intelectuales. Son gentes cultas que sin embargo creen que la verdad preexiste y que ellos la conocen y que la vida no es una trajín confuso sino una idea cuadrada.

Un intelectual, al revés, es impredecible, es alguien que descubre cosas, que aprende cosas y nos enseña cosas, alguien que mira con cuidado y sin anteojos, que se cuida de sus propios supuestos y prejuicios pero se juega por la verdad como valor y por el interés público como principio.

El intelectual no reparte certezas sino opiniones razonadas y fogueadas. Por eso, porque la vida real no está hecha sólo y acaso no principalmente de razones, las democracias con razón recelan de los intelectuales. El elitismo, la distancia y el airecito de superioridad que van con el oficio explican la apatía del ciudadano, el miedo del poderoso y la fobia del populista contra los intelectuales.

El intelectual no existe sin el público. Su papel es charlar con argumentos serios sobre problemas serios de carácter público. Esa charla supone oyentes o lectores que deliberen, ciudadanos que no pidan certezas, que prefieran lo que les hace dudar porque así aprenden, que no hayan desertado, en fin, de su ciudadanía.

Pero un país posmoderno que nunca fue moderno como el nuestro, aturdido y atropellado por la noticia de cada día, no tiene en realidad un espacio de deliberación ciudadana. A cambio tiene radio y televisión en los que un sonido hace las veces de un argumento, una campaña de imagen vale por un programa político y una celebridad se confunde con un mérito.

Más allá de la tentación ideológica, del recelo que despiertan y del ruido de los medios, los intelectuales sin embargo siguen siendo necesarios. Si ellos no inician y no provocan el diálogo serio que necesitamos sobre los problemas serios que confrontamos, nadie lo hará por ellos. Que se sacudan pues de sus verdades a priori, que abandonen sus torres de marfil, que no se disculpen en el tecnicismo, que se unten de país, que no se aferren a un halo que no tienen y que charlen a tiempo y a destiempo con argumentos serios sobre los serios problemas que tenemos.

Tenemos, no se me escapa, el problema agobiante de la violencia que condena al silencio a los que piensan. Pero un oficio, para citar de nuevo a Sartre, es un juramento, y el juramento del oficio intelectual es no callar. Esta violencia bruta incluso les aumenta el espacio: cuando las mentiras del establecimiento y las de la guerrilla son tan evidentes, la verdad, la verdad verdadera y bien contada es el modo de acabar con ambos males.
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