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Opinión

  • | 2018/10/03 18:26

    Jugando con fuego

    Políticos colombianos sacan cuentas alegres y hablan de una guerra con Venezuela, aunque no tienen la menor idea de la devastación que puede causar el bombardeo sobre un aeropuerto, una terminal de transporte, un centro comercial, una refinería o un barrio residencial.

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La única guerra regular que ha librado la república de Colombia fue con el Perú entre 1932 y 1933. La mayoría de colombianos ni siquiera habíamos nacido. Nadie se acuerda de eso. Los protagonistas están muertos. Las nuevas generaciones no tienen ni idea de esa guerra. El Abrazo de la serpiente, la aclamada película de Ciro Guerra, recrea algún pasaje de esa guerra. Una guerra primitiva, peleada por soldados analfabetas que calzaban alpargatas. El teatro de operaciones eran las aldeas indígenas de la Amazonia. Los indígenas más viejos, peruanos y colombianos, aún conservaban sobre sus pieles las marcas dejadas por los caucheros de la Casa Arana. A otros les faltaba una mano o un pie. Los caucheros castigaban con látigo, cortes y amputaciones. Arturo Cova, el personaje de La Vorágine, lo vio. Roger Casement, el personaje de El sueño del celta, lo vio y lo denunció en el Parlamento británico.  

A mí me contó la guerra con el Perú un soldado que estuvo en ella. Me la contó en un rancho de El Carrizal, un paraje situado en el Nudo de los Pastos. Hacía muchísimo frío. El viejo llevaba un pantalón con tirantes hecho con lana de oveja. Los historiadores militares de Colombia y Perú hablan de grandes gestas y actos de heroísmo durante la guerra. El viejo, en cambio, me contó que fue una campaña de escaramuzas, hambre, churrias y paludismo. Los soldados, decía el viejo, éramos campesinos que íbamos a donde nos mandaran. Cuando volví a casa -el viejo me mostró sus dedos gruesos y encallecidos-  volví a sembrar papa y arracacha.

Venezuela. Se habla de una posible guerra con Venezuela como si se tratara de una partida de naipes. Algunos políticos colombianos sacan cuentas alegres y hablan de una guerra con fines humanitarios. Son políticos necios que no tienen la menor idea de la devastación que puede causar el bombardeo sobre un aeropuerto, una terminal de transporte, un centro comercial o un barrio residencial. Ignoran que la inmensa mayoría de muertos y heridos en las guerras del siglo XX y XXI fueron civiles. Desconocen el poder de fuego que concentra una guerra regular, cuando las partes cuentan con flotillas de cazabombarderos, blindados, artillería de largo alcance, submarinos, buques de guerra, baterías de misiles antiaéreos y miles de soldados entrenados para matar.

Las guerras regulares no las ganan las naciones que tengan más soldados sino las que tienen más capacidad de fuego para destruir la retaguardia estratégica enemiga: centrales eléctricas, puertos, carreteras, centrales de comunicación, refinerías y un largo etcétera de objetivos relacionados con la vida cotidiana de la gente que habita en las grandes conglomeraciones urbanas. En Serbia, Irak y Siria hubo ciudades esplendorosas que fueron convertidas en escombros. Los únicos que pasan de puntillas en una guerra son los políticos que decidieron hacerla porque tienen búnkeres para protegerse y un plan de fuga en caso de derrota.

Las Fuerzas Militares de Colombia ha librado durante años una guerra irregular. Una guerra de guerrillas en el monte. Lejos de las ciudades. Los campesinos colombianos saben lo que es estar en medio de un combate terrestre. Los colombianos en las ciudades no saben lo que es eso. Los que combatieron en las selvas fueron principalmente soldados profesionales. Una guerra entre naciones, en cambio, lleva al reclutamiento forzoso de todos los ciudadanos que puedan disparar un arma. La movilización para la guerra es obligatoria. La muerte de soldados en el frente de guerra se cubre con reservistas. Los blancos son las ciudades.   

Colombia no es los Estados Unidos. Una potencia militar industrial que se puede dar el lujo de comenzar una guerra o desplegar una división aerotransportada en donde le de la puta gana. Lo que Colombia no se puede prestar es para hacer de mero peón de brega en una peregrina guerra con el vecino. La vida de millares de colombianos en las ciudades se verá alterada por la ruina, el caos y las privaciones. Los colombianos que viajan a Europa no solo deberían preocuparse por comprar ropa barata y tomarse selfies. Deberían, además, preguntarles a los locales qué tanta mierda les tocó comer durante las guerras o hacia dónde les tocó huir con lo que traían puesto para no morir aplastados por la caída de sus casas luego de los ataques aéreos. Un país no es el mismo luego de una guerra.

Venezuela vive una crisis humanitaria cuyas razones no voy a explicar en esta nota de alerta. Las crisis humanitarias se resuelven con humanitarismo, no con balazos. En el pasado miles de colombianos fueron a buscarse la comida en Venezuela porque en el país escaseaba. Ahora son los venezolanos los que tienen problemas. Cuando llegaron los ricos de Venezuela comprando apartamentos y ofreciendo negocios, los mercachifles colombianos se frotaban las manos. Ahora que llegan los pobres ponen el grito en el cielo. ¡Hipócritas!

Propaganda: les invito a leer mi libro Descansen Armas de Editorial Icono, lanzado en la penúltima FilBo, un ensayo anecdótico sobre la guerra. Quizá la lectura del libro les haga pensar un poco antes de alistarse para el combate.

Yezid Arteta Dávila

* Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

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