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Opinión

  • | 2018/03/14 07:16

    Ahora todos contra Iván Duque

    El resultado de las elecciones demuestra que tras las polémicas y maquinaciones para imponer a las malas la “paz” que polarizó al país, el péndulo regresa al centro y a la derecha y que el nuevo fenómeno de la política colombiana es Iván Duque.

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En la suite principal del pabellón de los quemados, tras las elecciones del pasado domingo, quedaron instalados el presidente Juan Manuel Santos, Timochenko, el Partido Comunista, el Partido de la U y todos los integrantes del andamiaje político y publicitario que en los últimos años han querido convertir en una prioridad nacional el proceso con las Farc.

Los más de 6 millones de votos que puso el Centro Democrático en la consulta interpartidista y en sus listas de Congreso son una señal inequívoca y potente de que tras una dura etapa de polémicas, cuestionamientos y maquinaciones para imponer a las malas la “paz” que polarizó al país, el péndulo regresa al centro y a la derecha.

Lo que ocurrió el domingo fue en el fondo la ratificación del triunfo del No en el plebiscito de octubre de 2016 (con casi idéntico número de votos). El rechazo masivo a un acuerdo de paz suscrito sobre 200.000 hectáreas de coca, con disidencias que actúan con violencia en antiguos territorios de droga y minería, listados incompletos e imperfectos de excombatientes y decenas de criminales colados.  Con una justicia propia y a la medida que hasta ahora solo garantiza impunidad. Con un inventario tramposo de bienes y evasivas en la indemnización a las víctimas. Con reclutamiento forzado y abusos sexuales impunes, contra niñas y niños.

También es una consecuencia de la angustia y la zozobra que habita en la mayoría de los colombianos por el estado calamitoso en que entregará Santos el país a quien sea su sucesor.  Las finanzas públicas en llamas en buena parte por los elevados costos del clientelismo y la corrupción. Ocho años sin plan, ni estrategia, ni fundamentos para incentivar crecimiento económico a largo plazo y un gobierno que puso en manos de cualquiera, temas vitales como educación, ciencia y tecnología, innovación y emprendimiento.

Las consecuencias están a la vista: la productividad cayó en promedio 0,15 por ciento durante cada año del Gobierno Santos, la informalidad laboral llegó a 63 por ciento de todos los ocupados y a 90 por ciento en el sector rural, en un país ubicado entre los 15 con mayor inequidad en el mundo. Un país que vive de actividades primarias o extractivas y que quiere entrar a la Ocde con su industria, agricultura y servicios fuera del modelo 7.0, y de la cuarta revolución industrial. Un país con tributación empresarial muy alta, con una amenazante crisis pensional, con un sistema de justicia corrupto e ineficiente, que se resiste a ser reformado. Inseguridad y territorios arrasados por el narcotráfico y la minería criminal.  Con un sistema de salud capturado por un cartel de EPS que convirtieron en negocio la salud de la gente y se ferian los recursos públicos negociando con medicamentos, tratamientos, ambulancias, tecnologías innecesarias, cirugías, víctimas de accidentes de tránsito, y recobros al Fondo de Solidaridad y Garantía del Sistema General de Seguridad en Salud (Fosyga). Con un sistema educativo que perdió 515.783 estudiantes en preescolar, básica y educación media en el sector oficial entre 2013 y 2016. Que pierde por deserción cerca de 400.000 estudiantes por año y que sigue afectado por graves problema de la calidad.

Esos temas son la esencia del discurso de Duque y los que le dieron fortaleza: recuperar la economía, estado eficiente, bajar impuestos a las empresas que generan empleo, seguridad, legalidad, lucha contra la corrupción, nueva agenda social, mejorar el servicio de salud y desarrollar una agenda de formalización laboral. Hasta hace menos de dos meses estaba anclado en la zona débil de las consultas de opinión y ahora aparece como primera opción para las elecciones presidenciales.

Falta un tiempo importante hasta la primera vuelta y en Colombia toda realidad es voluble e inestable.  Pero lo que queda del domingo es un fenómeno nuevo y sin antecedentes, con perfil ganador.  

Petro fue inteligente en colarse a las consultas desafiando el huero contenido de su competencia con el exalcalde de Santa Marta Carlos Caicedo. Circuló en redes sociales su comentario: “La consulta tiene ese papel, no es cómo le ganamos a Caicedo que es mínimo, que es un marginal en la política, sino cómo le ganamos a la otra consulta”. Obtuvo una votación importante pero no le ganó a Duque y pudo haber alcanzado su techo electoral.   

Germán Vargas logró una importante votación, pero es un logro relativo porque las parlamentarias son elecciones amarradas. Lo ratifica que también les fue bien al Partido Liberal y al Conservador –el único castigado fue La U del Gobierno-.  Los ases del clientelismo invierten sus ganancias en esa reelección y la colección de amistades peligrosas de su Cambio Radical puede ser un lastre para Vargas Lleras en las elecciones de opinión de la primera vuelta.

Sergio Fajardo y su coalición Polo-Alianza Verde también obtuvieron un buen resultado, pero sus 2 millones de votos son apenas la tercera parte del capital que mostró la derecha. Los 80.000 votos que registró la lista de las Farc y lo que encontraron Timochenko, Iván Márquez y otros excomandantes cuando se aventuraron al proselitismo en la calle ilustran a las Farc acerca de los niveles de respeto y aceptación que tienen hoy entre los colombianos.

Nada está ganado, pero es claro que Duque despegó fuerte. Nunca se había visto un candidato presidencial que arrancará hacia la primera vuelta con un patrimonio de más de 4 millones de votos. Enfrentará en las próximas semanas gracias a ello un implacable “todos contra Iván” al estilo de 2014 y mirándose en ese espejo su meta es ganar en mayo para no ser molido, como Óscar Iván Zuluaga, por la maquinaria del Gobierno y de las Farc en la segunda vuelta. No ser la segunda víctima presidencial del “santismo leninismo”.

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